El arquitecto de las miniaturas
Pedro Pedrosa ha construido en el polígono de Astorga una maqueta de 48 metros cuadrados que recrea la ciudad y un viaje en tren entre La Bañeza y Ponferrada.
Pedro Pedrosa posa junto a la maqueta que bate su propio récord con 48 metros cuadrados.
Imagínense un viaje en miniatura entre La Bañeza y Ponferrada, pasando por Riego de la Vega, Astorga y Manzanal, como si de punto a punto sólo existiera una distancia de ocho metros que se pueden recorrer en menos de diez zancadas. Pues lo que puede parecer una utopía ha tomado cuerpo en una nave del polígono industrial de Astorga. Un recorrido en tren que, con la imaginación como aliado, ha desarrollado su autor Pedro Pedrosa, que pese a la paradoja ha construido con sus propias manos y mucha dedicación una maqueta gigante de 48 metros cuadrados que recrea este viaje.
«Me lancé a este proyecto porque me considero un apasionado de los trenes y las maquetas, sin embargo siempre me ha faltado el tiempo», comenta Pedrosa, quien durante dos décadas trabajó en Madrid construyendo máquinas para una casa de Bilbao, «incluso elaboramos un vagón que iba de Reus a Salou», añade orgulloso el arquitecto de las miniaturas.
Esta afición, una vez ya jubilado, se ha convertido en el entretenimiento de este astorgano, que cada mañana se acerca a su nave en el polígono para completar los pequeños detalles, o los añadidos que su autor, considera que le faltan. Esta maqueta de valor incalculable por el esfuerzo que requiere ha supuesto una inversión temporal de cuatro años.
Pedrosa explica concentrado los pasos previos antes de que la madera tome forma. «El principio, colocar los soportes, es tan importante como que la obra quede resultona».
Y así fue el origen de esta maqueta gigante. Un bastidor de hierro, sobre el que Pedrosa colocó los maderos, camufló los cables y fue dando forma al paisaje. Tanto que ha llegado a recrear la Catedral, las murallas y los alrededores del Palacio Episcopal de Astorga, así como la central térmica de Compostilla o varios túneles que atraviesan los trenes para llegar a su destino.
La materia prima de esta obra es la madera, «por ejemplo— continúa Pedro Pedrosa— para levantar una montaña, lo primero es hacer la forma con madera, luego se clava mosquitera, se esparce cola blanca y se pega papel de cocina. Hay que esperar a que seque para repetirlo tantas veces como sea necesario hasta que sea resistente». Una vez hecha la forma, Pedrosa sigue desvelando su secreto, «para que quede mejor, en la última capa suelo mezclar la cola con un poco de pintura verde para que los desperfectos finales apenas se aprecien». Para sacar adelante una montaña que es una mínima parte del conjunto de toda la maqueta, el autor invierte como mínimo una jornada.
Once trenes y un deseo
Poco a poco, primero las montañas, después los monumentos y finalmente las vías, la obra va pareciéndose a la realidad. Y para completar este viaje, Pedrosa nos da a elegir entre el tren y el automóvil, aunque él es fiel a los raíles, por ello ha colocado once trenes que se desplazan simultáneamente, aunque tiene dos máquinas digitalizadas que pueden controlarse y variar su velocidad desde un ordenador. Pero suma y sigue, y como buen reflejo de la realidad, también existen cuatro estaciones donde apearse.
A Pedro Pedrosa le queda un sueño por cumplir, convertir su nave del polígono de Astorga, donde comenzó a fraguarse este viaje en miniatura, en un museo que premie el buen hacer de las pequeñas dimensiones.