león lucha por la minería
Los cinco de Santa Cruz del Sil dan la cara en «una guerra de desgaste y cabezonería»
Lamentan que el Gobierno les esté echando un pulso y confían en salir con una solución antes que los 7 primeros.

De pie, Miguel Á. González, Luis Á. Castañeda y Eliseo Otero. Sentados, Ivo Nitkov y José A. Páez.
A 700 metros de profundidad, donde el calor y la humedad aprietan dificultando la respiración y la única luz que entra es la de las linternas que portan sobre sus casos los visitantes, permanecen desde hace ya una semana los cinco de Santa Cruz —los del relevo—. Un encierro que al fin tiene rostro, el de Ivo Nitkov, Eliseo Otero, José Antonio Páez, Luis Ángel Castañeda y Miguel Ángel González, que finalmente dieron la cara después de entrar en el pozo con ella tapada para no restar protagonismo a sus siete predecesores.
Animados y sonrientes pero hambrientos —el reloj pasaba de las 13.30 horas cuando la prensa alcanzó la galería— recibieron los mineros a un nutrido grupo de periodistas ávidos por escuchar sus batallas. Se han hecho de rogar parar posar ante las cámaras y en ello invirtieron ayer toda la mañana. Están bien tanto física como psicológicamente, suplen las pocas horas de sueño que cogen por las noches durmiendo la siesta, comen bien —«como el ingeniero», bromeó Miguel Ángel González— e intentan no pensar en lo de fuera. En esto último está el truco para sobrevivir en la galería sin perder los nervios.
«Aquí la clave es desconectar, intentar olvidar lo que hay en el exterior», explicó uno de ellos, garantizando, eso sí, que sus familias están presentes en todo momento. Y entre mensajes de tranquilidad para ellas, hubo también uno de amor, el de Eliseo Otero, que decidió encerrarse en el pozo cuando su novia, Noelia, apenas llevaba unos días en el Bierzo tras viajar desde Torrevieja (Alicante). «Quiero que sepa que si me encierro es por ella y por poder tener un futuro juntos desde el mismo día en que salga de aquí», aclaró sin librarse de las bromas de sus compañeros. Y es que si hay algo que todos ansían es abandonar la mina con una solución bajo el brazo. «De lo contrario, qué hacemos aquí», se preguntó Miguel Ángel González, aún con un hilo de esperanza.
El humor y la ironía no abandonan nunca a un grupo de mineros que son, más que compañeros, amigos. Entre chistes y chascarrillos ellos cuentan su verdad, la más seria. «Esto es ya una guerra de desgaste, de cabezonería, de ver quién se rinde antes», se lamentó Otero. Palabras sentenciadas con un movimiento de cabeza por los otros cuatro encerrados. Así que, en este punto, sólo queda una salida: resistir y seguir peleando. Y como ellos, invitan a que lo hagan todos los sectores que están siendo «machacados» por los recortes. «Hemos sido un detonante, un punto de apoyo para las reivindicaciones de otros, pero todavía tenemos que unirnos más. Se están riendo de todos», afirmó Páez.
La realidad de la mina
Para aquellos que piensan que son unos privilegiados también hubo un mensaje. «No llegamos a 1.500 euros y trabajamos diez horas al día mojados, secos, de pie, tumbados, de rodillas, en ambientes polvorientos, siempre tirando de pesos y con un ruido excesivo», explicó Eliseo. Y aunque el hueco que habitan ahora en el caleyo cinco sur es un hotel de cinco estrellas en comparación con los agujeros de entre sesenta centímetros y un metro en los se meten diariamente, la estancia allí las 24 horas del día no es nada fácil. Entre los sacrificios a los que se han rendido, el tabaco. Todos son fumadores y llevan a duras penas eso de no poder llevarse un cigarro a la boca. Ahora están enganchados a los chicles de nicotina e incluso alguno ha decidido aprovechar la ocasión para dejar el hábito definitivamente.
Las gatas de Páez, la caza y la pesca que practica Eliseo, Internet, la Playstation y el sol del verano, son —al margen de su gente— algunas de las cosas que más echan de menos. Pero sobre todo, lo que más añoran es «un poco de caso» de un Gobierno que les ha olvidado. «El peor castigo es que se nos ignore», aseguran. Entre tanto, Ivo, el búlgaro, piensa en tener que volver a emigrar, tras llegar al Bierzo, hace cinco años, en busca de un futuro en la minería.