Diario de León
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León

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Carta te escribo martín martínez

Querido hermano: Porque uno ha arrancado ya tantas hojas del calendario que es rara la semana que no tiene una, o dos si se tercia. Si no es con la médico de cabecera (sigo siendo fiel a Viti) es con alguno de tantos especialistas que uno tiene que visitar. Las otras citas son con la santa cuya paciencia, a veces, hago rebosar.

Pero el casi enojo viene por lo de la cita previa. Te cuento. Sabes que hace unas cuantas semanas hemos estrenado centro de salud, con el rimbombante nombre de Centro de Salud y Especialidades. Allí podrían extirpar hasta el juanete de la deda grande. Leches; con los recortes hemos quedado como estábamos; eso sí, para unos más lejos y para otros más cerca. Empate. Hemos ganado, no se puede negar, en edificio, en amplitud, en comodidad; y por ende en atención. A mi parecer, querido. Pero hemos perdido, en ocasiones, cercanía, porque algún pero había de tener. Me refiero al asunto ese de la cita previa, que es cosa que antes solventabas con marcar el número del Ambulatorio y cualquiera de las tres señoritas, o señoras, de recepción, siempre amables y atentas te lo solventaban, te indicaban día y hora para visitar al galeno, o galena.

Ahora, hermano, con el centro brillante, reluciente y cómodo –aunque falte algún detalle- algo ha cambiado en eso de la cita previa. Te explico. Y tú, que eres dado a teatralizar las cosas, puede pergeñar un guión «cafquiano». Me ocurrió hace unos días.

Mi aversión a conversar con máquinas es patológica y ahí caí como Sansón con todos sus filisteos. Necesitaba que la enfermera de mi cartilla – por cierto es nueva en la plaza, se llama Valentina y te diré que es muy atenta- me retirara unos puntos de sutura de un buen corte que le hice al dedo índice de la mano izquierda el día de lunes santo. Y que conste que no cortaba jamón, que mi pensión no da para jamón los lunes. No estaba tu hermano para muchos paseos, por aquello de haber alejado el Centro y recurrió a la cita previa. Marqué el 987-618-552, a todas luces número de Astorga; y zás, hermano. Responde una voz metálica, bastante desagradable, por cierto.

Diga su nombre, su fecha de nacimiento, si quiere consulta de médico o de enfermero; a todo ello tienes que ir contestando a viva voz o marcando el número uno o el dos, según la circunstancia. Pulsé el dos porque quien tenía que eliminar los puntos era la enfermera. Y aquí, comenzó mi calvario; y poco a poco fui perdiendo la paciencia. Porque esa voz anónima me contestó: con la enfermera tiene usted dos citas, el día 26 de abril y el día 20 de mayo. Y le contesté ignorante de mi; sí ya lo sé, la del 26 es para ponerme una inyección antitetánica y la del 20 de mayo es para revisión del sintrón. Pero aquel artefacto no paraba de hablar y decir: no le he entendido, repita. Lo que sí le entendía yo, perfectamente, era su constante cantinela, para la enfermera ya tiene usted dos citas. Claro, mi enojo subía, colgué, volví a marcar pues me dije, esto es que soy un inútil yo; que lo soy. Comenzamos de nuevo, todo bien hasta llegar a la cita con la enfermera sin dejarme explicar que necesitaba otra más y con fecha anterior. El enojo llegó a cabreo. Coño, hermano, la máquina me dio una idea para cuando me des la tabarra. Cansada de mi, dijo: no le entiendo, le paso con la unidad de atención. Menos mal. Y ahí saltó la liebre. Me atendió una amable señorita a la que expliqué lo que no me dejó la maquinita de marras; pero resulta que yo había marcado un teléfono de Astorga y esta señorita me atendía desde León. A la cual expliqué aquello que no me dejó la máquina y de inmediato me dijo: le paso con la unidad de Astorga. En medio minuto se arregló. Y me pregunto. ¿Por qué ese desgobierno? Sé que estás pensando que soy un retrógrado; lo acepto, pero prefiero la calidez humana a la voz enlatada que a la vez no te resuelve nada. Cuídate para que no tengas estas experiencias.

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