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León

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Miguel Ángel Muñoz Blas se sentó ayer junto a su abogado, con el que conversó, con la boca tapada, hasta la lectura de cargos. Adquirió entonces una postura que poco varió a lo largo de la mañana. No ocupó todo el asiento y apoyaba los brazos, cruzados, sobre el escritorio, en tensión. Son muchos años en juego. Un pestañeo muy frecuente acompañaba un rostro inexpresivo durante la mayor parte de la mañana. A veces parecía esbozar una sonrisa y miraba, durante sus intervenciones, a la fiscal y a los letrados de la acusación particular excepto cuando dirigía los ojos al jurado. Se movió poco en la silla, lo justo para aliviar en contadas ocasiones la rigidez y sólo apoyó la espalda en el respaldo cuando su abogado tomó la palabra. Se permitió el lujo de relajarse, pero no por mucho tiempo. Con una mueca de sonrisa anunció que guardaría silencio en el interrogatorio.

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