«En público nos comportábamos con normalidad; el guardaba las formas y yo, mucho más»
-¿Sabía que en el momento en que usted sitúa el inicio del acoso el alcalde dice que estaba siendo sometido a una biopsia prostática? -Lo ha estado en muchas ocasiones, lo sé porque él lo comentaba. Yo no sabía si en ese viaje él estaba mal o estaba bien. -¿Podría precisar la fecha en que ocurrió ese viaje a Alija? -No me acuerdo del día, si me acordara ya lo habría dicho. Fue del 1 al 15 de agosto de 2000 porque los cabezudos hay que recogerlos antes de las fiestas. -¿Cuándo advirtió al alcalde de que lo iba a denunciar por acoso y por qué? -Decido advertirle porque ya no puedo aguantar más la situación. Fue antes del concejo, él no lo tenía convocado y precipitó los hechos en una semana. La situación llegó al límite tras las fiestas patronales: yo cansada del trabajo, si subía al despacho por algo me decía «dame un beso»,...estresada ya, decido terminar con esa situación. El concejo se celebró el 25 de agosto de 2001. El alcalde me cesó el día anterior, porque pretendía que yo dimitiera como concejal, y no lo hice. -Tras el cese ¿volvió al Ayuntamiento? -Sólo para entregar, el día 25 por la mañana y porque él me lo ordenó, un material que tenía en casa, del grupo de danza, las llaves del Ayuntamiento y de otras instalaciones municipales, porque lo mío eran las escuelas, el centro médico, etcétera. La entrega se hizo en presencia del secretario del Ayuntamiento. En ningún momento el alcalde me echó del despacho, sino que yo me despedí y me fui. -¿Qué sintió? -Un alivio tremendo, aunque también estaba muy frustrada, porque con la ilusión con la que yo había realizado esa candidatura, sabía que mis aspiraciones políticas terminaban ahí. Él me las truncó, me hizo polvo todo lo que yo pudiese desarrollar en el futuro. Nunca pensé dimitir y sigo siendo concejala de UPL. -¿Había tirantez entre ambos al estar juntos en público? -No, nos comportábamos normalmente, en plenos, o en reuniones del equipo de gobierno. Yo en todo momento guardaba la compostura. Y él, más. -¿Fue duro? -No, porque en las reuniones del equipo de gobierno y en plenos sólo hablaba él, los concejales estábamos de adorno como floreros. Todo lo defendía él, daba igual que fuese un asunto de cultura mío o un tema relacionado con el riego urbano. En el fondo nos tenía como peones. -¿Cómo reaccionó su familia cuando se enteró del acoso? -¡Huy! Mi madre no se lo podía ni creer porque lo tenían por una persona correcta. Se lo dije a todos a la vez, en la cocina, al día siguiente de advertir al alcalde que lo iba a denunciar. Mi marido se mantuvo al margen, si no, igual comete un disparate. -¿Cómo viven ambas familias estando tan cerca? -No te puedes imaginar mi familia lo humillada que se ha sentido, incluso de no poder salir a la puerta de la calle. Siento escalofríos por la situación. Incluso a mi padre un día le dijeron que lo iban a matar. También el propio alcalde, o a través de familiares, amenazó a gente que me firmó un papel diciendo que no habían estado en el concejo. La gente del pueblo se sentía cohibida al ir a casa de mi madre porque le llamaba la atención la suegra del alcalde, que vive enfrente. A veces la gente se encaraba a ésta, ha sido dantesco. -Eso ¿resultó más difícil que su propia situación? -Sí, porque yo he tenido a mi marido al lado, lo he superado con él. Pero mis padres han vivido un infierno, sobre todo mi madre, que está perdida de los nervios. Ahora creo que esto no puede cambiar mi vida, aunque sólo sea por mi marido, de verdad.