LEÓN DESDE LA CORTE//David Fernández

El logro de recuperar la política

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Después de seis años en el poder y cinco debates sobre el estado de la nación, en el último, el del lunes y el martes pasados, José María Aznar se encontró con un adversario político capaz de rebatir sus argumentos y trazar el trasfondo social en el que se enmarcan las grandes y vertiginosas cifras esgrimidas por el presidente del Gobierno. La gran mayoría de los analistas políticos coinciden: José Luis Rodríguez Zapatero se ha consolidado no sólo como líder del PSOE sino como alternativa de gobierno al PP post-aznarista. «Después del debate es un líder de la oposición mucho más sólido, aunque aún le faltan alternativas para convertirse en una clara opción de gobierno», decía un parlamentario del PP el día después. El debate sobre el estado de la nación deja a una oposición consolidada frente a un Gobierno remodelado y, como demostró el discurso de su presidente, con un buen número de proyectos en su agenda. El Ejecutivo tiene ideas, algunas buenas; la oposición, también. El hallazgo de un líder que ha devuelto la ilusión, como mínimo, a su electorado tradicional y, sobre todo, la recuperación de la política son los dos grandes avances de ese debate. Hacía tiempo que el Congreso de los Diputados no vivía un verdadero debate de política general. Y el que más contribuyó a que esta semana lo hiciera fue Zapatero. Aznar se subió a la tribuna por la mañana y pronunció un discurso monocorde: leyó 21 páginas bien trabajadas en las que desgranó veinte proyectos que se propone realizar en los dos años que le quedan al frente del Ejecutivo. Era la continuación lógica en su intento de recuperar la iniciativa política perdida en seis meses de grandes cumbres, alejamiento de la realidad y fuerte contestación social en la calle. Fue la segunda parte del discurso de investidura que leyó el 25 de abril de 2000: repitió proyectos, reformas y promesas, pero evitó la autocrítica o echar un vistazo sobre sus dos años de gestión, excepto para admitir su preocupación por el incremento de la inflación y de la inseguridad ciudadana. Dos problemas que había negado este mismo semestre. Habló mucho de grandes cifras y poco de los ciudadanos, mucho de su proyecto y poco de la realidad del país, mucho de reformas y poco de diálogo. El frío discurso inicial de Aznar le puso fácil a Zapatero animar el debate. Su discurso, sin leer, se dirigió a un electorado de izquierdas, al mismo que se quedó en casa en las últimas elecciones. Esbozó una descripción del estado de la nación dura, pero cercana a los problemas de los ciudadanos: vivienda, educación, paro, precariedad laboral y, sobre todo, inseguridad en todos los ámbitos fueron los ejes centrales de su intervención. El líder de la oposición situó las políticas del Gobierno del PP donde están realmente: a la cola de la Unión Europea en materia educativa y tecnológica, las claves de la «nueva sociedad»; a la cola en materia de bienestar y protección social; a la cola en la calidad y cantidad del empleo; y a la cola en liberalización y fomento de la competencia. Zapatero hizo pues un dibujo realista que acompañó de propuestas poco precisas y concretas, pero centradas en mejorar la calidad del Estado del Bienestar español, en el incremento moderado del gasto público y en convertir el crecimiento económico en desarrollo social, algo que no ha conseguido Aznar y que fue la crítica de fondo del líder socialista. Eso, su autoritarismo y su falta de diálogo. La respuesta del presidente fue tan demagógica como poco efectiva: «Ha pasado de la oposición tranquila a la oposición de pancarta y radical». Zapatero había neutralizado la crítica nada más subirse a la tribuna: le ofreció todo el apoyo de su partido en la crisis de Perejil (sin reprocharle su nefasta política hacia Marruecos) y en la defensa de la legalidad frente a la nueva deriva soberanista del nacionalismo vasco. Aznar negó las críticas hasta que Zapatero le echó en cara el cambio de Gobierno como la gran prueba de su fracaso, admitido indirectamente por el presidente. Fue una de las partes más brillantes de su intervención, que sirvió para recuperar en las Cortes el valor de la palabra, de la dialéctica, y, por tanto, de la política, que no puede limitarse a la gestión de los problemas, como defiende Aznar, sino que debe ilusionar y esperanzar a los ciudadanos. El presidente no tiene esa capacidad, entre otras cosas porque, como le recordó Zapatero, se va y no representa ningún futuro más allá de dos años. Zapatero se ha consolidado y ha presentado una alternativa de izquierdas que ahora deberá concretar y explicar a unos ciudadanos cansados de las grandes cifras que no resuelven sus problemas cotidianos. La ilusión y la esperanza son sólo los cimientos de una alternativa. Nada más, pero nada menos. El gran logro de Zapatero en el debate fue recuperar la política frente a la gestión del presidente del Gobierno.

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