CARTA TE ESCRIBO Martín Martínez
Elena
Querido hermano: Espero, que al recibo de la presente, disfrutes de salud y vayas aguantando la cuaresma, así como la riada electoral que se vislumbra en el horizonte. De hoy en dos meses será la cita; nos encararemos a las urnas, y según las boletas designaremos a quienes podamos poner verdes en los próximos cuatro años. Con este motivo de los dos meses, tenía preparadas unas líneas -con falsilla y todo por lo de los renglones torcidos- sobre la utilidad, y la inutilidad, del voto. Andaba, además enredado en desenredar lo de las listas municipales, en las que Juanjo, todavía, está agazapado; los del PP ultimando, como pueden, y los de UPL presentando los retratos de los 17. Tenía en la recámara un alegato contra Aznar y sus cuates, a los que envío mi más enérgica repulsa; lo de las vacas tiroteadas en La Cabrera a las que, de momento, han condonado la pena; lo de ese mausoleo naturalista al que dicen «museo cinegético», donde la excelentísima ha fundido dinero para empapelar la provincia; o lo de las visitas que no hay dios que sepa si son institucionales o simplemente políticas, tal como la de la Directora General de Turismo, dona Mercedes, donde detecté ausencias más que notables; andaba, también, en boca astorgana el paso de Amilivia con lo de Villalar y el revuelo que ha armado, lo que se ha tachada de oportunismo electoral. De todo esto, y mucho más, que directa o colateralmente puede atañer a Astorga, tenía yo un guioncico de semana. El 22 por la noche se trastocó el tal guión y jamás, hermano, he variado mi epistolario familiar con tanta alegría y satisfacción. Quiero compartir contigo el gozo que me produjo la concesión del Premio de las Letras de Castilla y León a nuestra querida Elena Santiago; gozo que, a todos los que hemos andado un poco a orillas del Órbigo, nos inunda como el río en sus crecidas invernales. Porque Elena ha estado, y seguirá estando presente en Veguellina donde tiene su casa y su plaza. Que Veguellina, su río, sus puentes, sus caminos, sus sendas, sus juncos, sus gentes son gestos en la escritura y el alma de Elena. Aquella hija de don Ulpiano, alborotadora infantil del barrio, correcaminos de lindes, engarriadora de paleras, sigue soñando metáforas que va sembrando en las hojas blancas de sus libros. Lee, hermano, si no, «Veva», «Una mujer malva», «Manuela y el mundo» o el «Amante asombrado». En todas ellas encontrarás esa cosecha maravillosa de metáforas, que nos trasladan al mundo real, y soñado, metafórico, de Veguellina, como sólo ella sabe plasmarlas en los renglones. Por ese mi vicio de releer a los nuestros, andaba estos días repasando su cuentecito, «Pequeña meditación», con el que ganó el XXXI concurso de La Felguera. En boca de Nino, un nombre que repite en alguna de sus novelas, aparecen algunas metáforas propias, únicas, identificadoras, personales de Elena; como aquella con la que casi inicia el cuento, «la mañana era tanta que se le salía la luz por todas las partes». El tren que lleva a Nino -yo creo que hacia Galicia, el otro territorio infantil de Elena- rueda sin cesar, expresándolo ella con esta maravilla: «al tren van bajando las horas»; o aquella luminosidad que se colaba por las rendijas de las ventanas en la casa de la abuela, hiriendo hasta hacer pestañear y por eso «la luz era una pestaña imprudente». Es eso, hermano, Elena es una pura metáfora, asida a un paraje infantil que no olvida, a la presa de Los Molinos y sus cangrejos, al palomar familiar del Sardonal y hasta a las uvas que en septiembre, desde nuestro pueblo, les llevaba Asunción. Elena es nuestro patrimonio literario; ella lo sabe pero, por si acaso se lo recuerdo; aquí tiene su casa y su plaza. Y no las olvida. Por esto, y por las próximas «cerezas», felicidades Elena.