LA GAVETA
La pequeña pasión
TENGO una pequeña pasión que, como todas, me vino dada. Una pasión pacífica, que no es enemiga de nadie, que no quiere ser mejor ni peor que ninguna, que respeta a las demás. Esta pequeña pasión -tengo otras, claro- es la provincia. La nuestra, la de León. Añadiré que es una querencia por completo ajena a los leonesismos políticos o sociológicos, étnicos o eclesiásticos. Mi querencia por León es familiar, geográfica y literaria, y yo también diría que desapasionada. Por eso no se termina nunca. Por eso me atrevo a confesarla. Me basta con muy poco para vivir en esta religión laica. Para ponerme a sus órdenes, que yo mismo aliento. Me basta con caminar. O con mirar el mapa, si estoy en mi cuarto. Esos dos mecanismos, tan simples, desencadenan un juego de sensaciones cuya intensidad no sólo no se reduce con el pasar del tiempo -como sería lógico- sino que se vuelve más vigorosa. Como una llamada. Al revés que sucede con la pasión del amor, donde los años amortiguan las vibraciones y los ensalmos, la pequeña pasión de la que hablo es muy persistente y no conoce el olvido. ¿Y cómo se manifiesta esa pasión tan liviana y a la par invulnerable? ¿La que este tímido hace pública sin asomo de pudor? Ciertamente no es fácil profundizar. Además yo no soy un intelectual, me conformo con ser un escribidor. Pero acaso podría dar una pauta. Ofrecer algunas claves de lo que me pasa, de lo que yo no buscaba y que acabé encontrando. Hoy, por ejemplo, para mí León es esto: una tarde muy antigua y cálida en las orillas del lago romano de Carucedo; la primera vez que fui a la basílica de la Encina de la mano de mi madre; un baño en las aguas del Sil en Corbón, después de ir en el tren minero; una comida de verano en un bar de San Emiliano el día que descubrí Babia; las mañanas de rocío en el campamento de La Vecilla; una tormenta en las hoces de Vegacervera; una ascensión al pico de la Aquiana en el invierno; un anciano que conocí en aquella subida; la vida aislada y dura de aquel anciano; la fonda donde paraba mi padre viajante en Villablino; la fiesta de Peñalba en 1968; una jornada en Las Médulas cuando no iba nadie; una exploración remota del castillo de Cornatel; una taberna de Castroquilame; un entierro en la Maragatería, en un día de nevada; un médico de León, muy relamido, que me atendió cuando yo era niño en mi primer viaje a la capital de la provincia; el tragicómico teatro del miedo de un padre espiritual en La Bañeza; un baile en Astorga con la hija del coronel; una mañana plácida que pasé en Riello, el fulgor de Sahagún en un atardecer; un domingo de amor y bicicleta en las riberas del Burbia; el misterioso culto a los antepasados. ¿Por qué pervive con tanta fuerza todo eso, por qué no pierde color con el pasar de los años? ¿Por qué, incluso, el tiempo lo embellece, lo universaliza, lo convierte en un sueño? No lo sé, claro, pero tal vez ese territorio del corazón esté favorecido por la distancia. El no vivir en la tierra natal alimenta y mitifica la pequeña pasión. La libera del realismo definitivo, que siempre alberga un matiz contable, incómodo y previsible. Vivir lejos es un gran truco para vivir cerca más intensamente; y también para vivir mejor, estando lejos. El mundo se parte en dos. En el fui y en el soy, en la memoria fértil y en la memoria, digamos, administrativa. Y es al otro lado, allí, en lo que está fuera del tiempo, donde a uno le gusta permanecer y fabular. Todos los leoneses que vivimos lejos somos fabuladores. Supongo que sucede con cualquier provincia, con cualquier tierra, pero yo hablo de la mía. Unos acaban escribiendo esas fábulas; otros, tal vez más prudentes y sabios, se conforman con vivirlas a solas. Pero todos estamos en el mismo sitio mágico: dentro y fuera. Y de este modo jugamos a ser eternos. Creo que así es la pequeña pasión.