CRÉMER CONTRA CRÉMER
Las embarazadas de las pateras
COMPRENDO perfectamente que nuestros medios de comunicación, o sea este periódico y la televisión y la radio y la portera de mi casa, se ocupen con tenacidad del caso de transfuguismo ofrecido desde Madrid a todos los demás poblados de España, que por algo es Madrid el rompeolas de todas las mareas nacionales. Lo que sucede es que a nosotros, ya ven ustedes con lo poca cosa que somos y los juegos de manos que nos traemos con las elecciones del uno y del otro signo, lo de los tránsfugas no nos sorprende, teniendo en cuenta que nuestra historia municipal cuenta entre sus episodios históricos, juntamente con la gesta del mal padre que fuera Guzmán, también llamado el Bueno, con otra de la que fuera protagonista una señora muy aseñorada, que no pudo en un momento clave para la pervivencia de determinada combinación municipal en cambiarse de camisa a cambio, según dicen los contables de esta clase de negocios, de un puñado muy puñado de millones... De modo que lo de esos dos socialistas de base que acordaron esconder la mano antes de tirar la piedra, no nos acaba de conmover. En cambio, ya ven ustedes lo que son las cosas de este mundo y del otro, lo que me traspasa de emoción y me llega a los huesos del alma es el espectáculo que están dando en la escena peninsular esas tremendas mujeres de color embarazadas, que acaban embarrancando en nuestras costas y en las manos generosas de la guardia civil. Naturalmente que yo no soy quién para emitir juicios penales contra nadie y menos contra estas pavorosas mujeres redondas, con el hijo como en la boca, que se entregan a un azar de lo más incierto, pienso que no ya por salvarse ella, la pobre y mísera madre, de una situación social y económica absolutamente insoportable, sino por salvar precisamente, de una vida como la suya, al hijo que llevan dentro. A mí me dan mucha pena estas mujeres (y naturalmente todas aquellas otras mujeres que buscan desesperadamente un lugar para los hijos) y no sé cómo podría solucionarse el problema que representan sin rozar los límites de lo permisible por unas leyes en las cuales no se contemplan situaciones como éstas. A través de las imágenes que nos facilita la televisión, contemplamos la escena del arribo de estos cargamentos de humanidad doliente y seguimos la señal de sus ojos, tan grandes y hermosos y de sus manos apretándose la cintura como si temieran que el niño que llevan en el vientre se les fuera a escapar precisamente en el momento más inoportuno y peligroso, y la verdad me falta muy poco para echarme a llora. Y no porque yo sea muy lloricón, que sí que lo soy, sino porque no concibo tanta miseria, en un mundo de consumismos bestiales y de negocios que desbordan todos los cálculos, y me parece que si no se regulan estas situaciones puede ocurrir que esas madres, que esos hijos, que esa mísera humanidad fugitiva del hambre, se convierta en instrumento irracional del revulsivo que la sociedad del odio y de la desesperación está creando con su criminal abandono. El que avisa no es traidor. Y estas mujeres embarazadas que todos los días recalan en nuestras costas o mueren llorando con el hijo en las entrañas demandan de nosotros algo más que cuestaciones para abrir escuelas en la Arabia infeliz o en la India de los Brahamanes o pozos en las infinitas arenas de las Áfricas mil veces explotadas por el hombre blanco. ¡Coño, uno tiene su corazoncito y no todo ha de ser política manipulada ni football muchimillonario. También las mujeres embarazadas de la patera tienen derecho a la vida. ¿O no?