La residencia de los marqueses
La fortaleza de los Álvarez Osorio ocupaba 5.432 metros cuadrados. Fue demolida en 1811 porque las autoridades temían nuevas invasiones de las tropas de Napoleón
A la vera de la espaciosa e histórica plaza de los Marqueses de Astorga, unida a este enclave por unas pequeñas escaleras, encontramos la calle bautizada como Castillo, en recuerdo a la que fuera majestuosa residencia de la propia familia de nobles astorganos. Se trata de una mínima arteria, con apenas cuatro o cinco metros de ancho, significada por la verde estampa que le procura un cuidado jardín. Pues bien, esta especie de decorativo callejón nos lleva con la memoria al lejano siglo XIV, cuando el conde Pedro Álvar Osorio consiguió desalojar de la ciudad al intruso duque de Lancáster y, a modo de recompensa, se le otorgó el dominio o señorío de Astorga. Los titulados como Marqueses de Astorga a partir de 1465, por decisión real de Enrique IV, construyeron un formidable alcázar en el ángulo sudoeste de la muralla, mirando su fachada principal a la portada de la catedral. Al parecer, los Álvarez Osorio poseían anteriormente otra residencia en la actual plaza de Santocildes, donde vivieron hasta el siglo XVI. Pero, lógicamente, una vez concluidas las obras se trasladaron al nuevo y formidable castillo. Ocupaba un espacio de 5.432 metros cuadrados, destacando en sus ángulos cuatro torreones cilíndricos, coronados a su vez por almenas y canecillos. En los extremos de la fachada, flanqueando la entrada principal, había otros dos torreones. Y sobre la ancha puerta de arco rebajado, figuraban dos nichos que sostenían los heráldicos lobos que distinguieron al linaje familiar. Y más arriba una lápida ceñida con cordón donde podía leerse, en relieve, los versos que fueron divisa de la casa de los Osorio: «Do mis armas se pusieron/ Movellas jamás podieron». Otros detalles ornamentales caracterizaban a tan señera fortaleza. Por ejemplo, en la parte superior de la portada aparecía el escudo de armas de los marqueses con bordura, formada de castillos y leones acuartelados Conos invertidos Y a cada lado del escudo avanzaban en forma de conos invertidos, sembrados de hilos de perlas, dos cubillos de heraldos, dos pedestales de garitas que evidenciaban una retórica clásica de gran expresión, cincelada con la voluntad de crear una grandiosa atmósfera. Así, imbuido de extraordinaria magia visual, permaneció durante siglos el castillo de los Marqueses de Astorga, soportando los terribles bombardeos y la lluvia de proyectiles lanzados en 1810 por los invasores franceses. La fortaleza apenas sufrió daños, e incluso cuando los galos tomaron la ciudad, enriquecieron su entorno con jardines que llegaban hasta la actual plaza del Juego de Cañas. Sin embargo, el final de la fortaleza estaba sentenciado y en 1811, temerosas las autoridades de nuevas ocupaciones por parte de las tropas bonapartistas, comenzaron los trabajos para demoler el castillo. El ingeniero encargado de las obras propuso que se conservara la fachada, lo que fue aceptado, pero se volaron todas las dependencias restantes. Con los escombros se rellenaría precisamente la subida del Postigo, salvando así el pronunciado desnivel que daba acceso a la ciudad. Últimos restos Los últimos restos del castillo sobrevivieron durante buena parte del siglo XIX, e incluso la corporación municipal consiguió en septiembre de 1868 la cesión de los terrenos para habilitar un lugar de recreo, figurando como otorgante en la escritura don Pedro Rodríguez Montiel, vecino de Villamañán con poderes de marqués. Pero en el mes de agosto de 1872 los miembros del Ayuntamiento decidieron por su cuenta y riesgo demoler los postreros vestigios del castillo, sin tener en consideración la prohibición explícita de la comisión provincial de monumentos. Cuando el lugar fue desescombrado en 1902, se extrajeron millones de metros cúbicos de tierra que fueron utilizados para rellenar la pendiente en la carretera que de Fuente-Encalada entra por Rectivía. Fue por entonces cuando, profundizando hasta los seis o siete metros, se encontraron distintos frisos de habitaciones y gruesos cimientos y paredones que, a causa de su orientación, en modo alguno podían proceder del último castillo. Así que los estudiosos se mostraron de acuerdo en que, antes de mediados del siglo XV, existió en este lugar un antiquísimo alcázar, cuyas muestras salieron a la luz durante los trabajos realizados hace ahora un siglo, exactamente en 1902. Pero en fin, como diría el maestro Kipling, esa ya es otra historia de la que hablaremos en su momento.