Diario de León

| Retablo leonés | Vestigios del pasado |

El fascinante legado del Conde Luna

Repaso a una de las reliquias por antonomasia de la cultura leonesa, que vuelve a estar en boga como posible museo de la Semana Santa; la plaza en la que se asienta fue primero un patio de armas de estir

1397124194

1397124194

Publicado por
Enrique Alonso Pérez - león
León

Creado:

Actualizado:

El arrinconado y maltratado palacio del Conde Luna, ubicado en la histórica plaza a la que dio su nombre, adquiere una nueva dimensión y un protagonismo de actualidad al ser propuesto y expuesto a la opinión pública leonesa como sede de un posible museo de la rica y extensa imaginería de nuestra Semana Santa. Por eso, la secuencia semanal del «Retablo Leonés», quiere aportar su granito de arena al mejor conocimiento de las connotaciones históricas que distinguieron la estirpe de los Luna, su palacio y la plaza que ocupa. Una vez más, al escribir sobre nuestras viejas plazas y la peripecia histórica que rodea su ciclo vital, sentimos la nostalgia de la grandiosa sencillez con que nuestros abuelos supieron -o pudieron- adornar el entorno que les rodeaba. La placidez que se puede apreciar en la romántica estampa que ilustra estas columnas, no deja de sugerir un León sin atragantos, una ciudad sin motores ni semáforos que a duras penas parpadean su impotencia ante la bárbara invasión de la «marabunta» rodada. La Plaza del Conde, hoy ocupada por el «antiestético tendejón del mercado cubierto», -así calificado por nuestro ilustre escritor, Victoriano Crémer- fue primero patio de armas de la más rancia estirpe de la nobleza leonesa: los Quiñones, que en el siglo XV recibieron de manos del rey Enrique IV el título de Condes de Luna en la persona de Diego Fernández Vigil de Quiñones. Pero ya en el siglo XIV, el rey-alcalde de León, Alfonso XI, en su profunda remodelación de la ciudad, había diseñado esta plaza en el mismísimo corazón del barrio de «Palat del Rey», que llenaba un espacio cuadrangular limitado en dos de sus lados por la muralla romana. Con polémica Y allí, justamente en el ángulo suroeste de los viejos muros, levantó su polémico palacio el Adelantado Mayor del Reino de León, y tercer Merino Mayor de Asturias, Pedro Suárez de Quiñones, fundador del Estado de Luna. Y en verdad que fue polémico, pues el propio sobrino del Adelantado, el legendario Ares de Omaña, se opuso con fuerza a la construcción de este palacio que su tío fortificaba apoyado en la muralla. Esta oposición, según crónicas y romances de la Baja Edad Media, le costó al de Omaña la cabeza, pues fue decapitado en el torreón de Ordás a los treinta años en una encerrona perpetrada por su ofendido tío y los incondicionales seguidores. Muchas serían las anécdotas y sucedidos en torno al palacio más representativo del linaje de los Quiñones, de los que fue testigo nuestra plaza. Baste decir que en el antiguo cuerpo del edificio, casi dos siglos antes de la construcción del torreón almohadillado, vivió don Diego Fernández de Quiñones, casado con doña María de Toledo, y allí crecieron sus diez hijos, entre los que se encontraba el celebérrimo Suero de Quiñones, el que un buen día, bien pertrechado y en perfecto orden militar, arengó a sus hombres y mantenedores, que desde el empedrado de la plaza, escuchaban atentos la estrategia a seguir en la más original y galante de las hazañas medievales: le del «Passo Honroso» de la Puente de Órbigo. Más sucesos Otro suceso digno de mención, en una crónica retrospectiva, es el que ocurrió en la época de Carlos I, cuando el tercer Conde de Luna, Francisco Fernández Vigil de Quiñones, trató de ignorar el asesinato que se estaba cometiendo en su casa, y en presencia de su esposa, en la persona del obispo Rodrigo de Vergara, que se había refugiado en el palacio perseguido por los sobrinos del Canónico tesorero, Cabeza de Vaca, muerto por orden del propio obispo, que al verse acosado salió de la morada episcopal por lo alto de la muralla hasta llegar a la casa de los Luna. Mientras, el Conde, sin perder su habitual compostura paseaba por la plaza tan campante. Esplendor y decadencia El máximo esplendor de la plaza y palacio que describimos, llegó con el acceso al condado, del cuarto conde de Luna, Claudio Fernández Vigil de Quiñones, que representó al rey Felipe II en el Concilio de Trento, y estaba casado con Catalina Pimentel, nieta del famoso conde de Benavente. En esta época -y según documento conservado en el archivo del marqués de Alcedo- el conde tenia a su servicio 58 personas: un mayordomo, un trinchante, un caballerizo, un repostero general, un repostero de estrado, un despensero, un cocinero, dos pinches de cocina, dos mozos de cámara un cazador, un mozo de caza, un sastre, nueve pajes, un mozo de capilla, un gañán, seis mozos de espuelas, tres acemileros, tres mozos de caballos, un recaudador, dos mayordomos, cinco letrados, dos médicos, un maestro de gramática, seis alcaides y cuatro aparceros. Cabe suponer que la condesa tampoco se quedaría corta en doncellas, amas de llaves, niñeras y damas de compañía... Después vinieron las vacas flacas, y el Condado de Luna, que hoy forma parte de los títulos adscritos al Ducado de Alba, se diluyó paulatinamente en las ramas que se fueron formando en sucesivos matrimonios. Los Pimenteles de Benavente a lo largo de la Edad Moderna, absorbieron gran parte del poderío de la Casa de Luna, que llegó a dominar y administrar una jurisdicción de 200.000 hectáreas. Finalmente, los restos el palacio y torreón pasaron a manos de sus vecinos, la familia Carballo, que los adquirió, junto a la mayor parte de los bienes patrimoniales de Babia y Luna. A finales del siglo XIX. Hoy, que parecen haber entrado en negociaciones el Ayuntamiento leonés, la Fundación «Octavio Álvarez Carballo» y la junta de Cofradías de la Semana Santa, no estaría nada mal que llegasen a acuerdos concretos para la recuperación de este histórico solar en beneficio del acervo cultural leonés.

tracking