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MARTÍN MARTÍNEZ
León

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QUERIDO hermano: Lo cierto es que ha sido una semana para olvidar, aunque siempre estará en el recuerdo. Ahora queda pedir que el cónclave cardenalicio acierte en la elección del sucesor de Juan Pablo II. Como pedimos desde esta orilla del Tuerto algún gesto procedente de Valladolid que, al menos, vaya paliando tantas decepciones como acumulamos. No nos valen las migajas de la carretera de Nogarejas, tan duras que ni los pardales las comen para no confundirlas con las chinas; aunque peor es lo de los chinarros de Pandorado. Ambas iniciaron sus andadura allá por el 1892 con delantera, como ahora, para la de Sanabria; para ésta anunciaba entonces el diputado Manuel Luengo la consignación de 235.000 pesetas, en su primer tramo; para la Cepeda, sólamente decía que ya figuraba en los planes ministeriales, con enlace a Caboalles y continuación a Cangas de Tinéo. Para tirar cohetes la cosa; Astorga acordó «celebrar regocijos públicos, lanzar voladores, dianas con dulzaina y tamboril e iluminar las casas consistoriales». Un derroche, hermano; no era para menos. También seremos capaces de tirar cohetes, cuando en Valladolid decidan tener un gesto con nuestro polígono industrial. A pesar de los años, sabida la actitud de la Junta en este aspecto -acuérdate de la Seño-, agarro cada cabreo que no veas, que parezco nuevo en estas lides. La verdad es que la cosa no es para menos. Los polígonos, en esta provincia, surgen como las setas, por generación espontánea; y a buena parte de ellos los acambonan las heladas. Por no sé qué leyes compensatorias mineras, y otras, acuden las instituciones a remediar las miserias de ciertas poblaciones; la intención es echar un remiendo al viejo pantalón, y nada; mira, si no, en lo que ha quedado lo de Villarejo de Órbigo que ni los cardos queman, ni destilan las batatas, olvidando todos que al lado hubo una azucarera con ciento y pico de obreros. Y como ese te cuento en la provincia una docena, muchos de ellos con el arrastre de mucha pasta gansa.Y claro, me cabreo, cuando veo que los dos únicos polígonos boyantes, y huérfanos de ayudas institucionales, se asientan en las orillas del Tuerto. Al de Astorga, con problemas de espacio, por su rápida ocupación, le niegan el pan y la sal; nada te diré porque en más de una ocasión te he contado sus cuitas; como si llueve; Ayuntamiento y Cámara de Comercio se han arremangado, sacando adelante algo en lo que han creído, mientras en Valladolid miran a Boecillo. El segundo es el de Riego de la Vega; gente lista la de este pueblo que vio un futuro, y apostó por él, en los eriales de la Vía de la Plata; solitos, con la valentía de unos cuantos industriales que vieron el futuro claro -tal vez más el presente por las facilidades-, han logrado crear un pequeño emporio que hoy, según las últimas informaciones, ronda los 400 puestos de trabajo. Y solos no pueden, me han dicho. Los problemas de viales, electrificación, abastecimiento de agua, comunicaciones, depuradora y demás ahogan al Ayuntamiento y a los propios industriales. Allí apostaron por lo que dos ciudades, La Bañeza y Astorga, no supieron aprovechar en conjunto; las tontas rencillas de vecindad dieron al traste con lo que debiera ser sensatez. Y ahora, los dos polígonos más ágiles de la provincia necesitan ayuda de la que están huérfanos, mientras media docena son subvencionados no sabemos a santo de qué. Astorga ya se ha conformado con el ostracismo. Riego está llamando a las puertas de Diputación y Junta.

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