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MARTÍN MARTÍNEZ
León

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QUERIDO hermano: Disfruta de agosto. Con esta frase te despedí en la última y deseo, de veras, que así lo hagas. Hace muchos años que este mes, el de la Virgen, no venía como antaño y ahora lo hace; a lo mejor es síntoma de un nuevo cambio climático. Mi amigo, el de Turienzo, hace meses que lo viene anunciando: «se acabó el periodo de sequía; a lo más en dos años volveremos a las andadas». O sea, verano de infierno y meses de invierno como Dios manda. Este agosto, hermano, ciertamente está portándose como cuando éramos rapaces; un achicharradero en la era con la rutina de vueltas y vueltas en el trillo, el cabeceo sobre el taburete, el sol de justicia y el atrope de la trilla al caer la tarde. Mes de aquellos largos días que se iniciaban a las tres de la madrugada con relente y acarreo, y se prolongaban hasta las doce de la noche con los «tres navíos» por entre manojos y medas mientras los mayores aventaban la parva. Días claros, diáfanos, rotundos, sin una nube, para dar paso a una noche estrellada, serena, de croar de ranas y rasgueo de grillos impertinentes; noches que ponían sobre el monte de Barrientos la estrella de los marineros; que obligaban a llevar la capa parda si ibas al riego o si, después de la limpia te quedabas a dormir cobijado en la olorosa paja del trigo recién trillado haciendo como que guardabas el muelo; menos mal que «Oliveros» y «Silvela» estaban atentos a cualquier movimiento sospechoso que sino ya ibas tú a enterarte, que siempre fuiste un morfeo avaricioso. Así está viniendo agosto, querido; con frío al rostro en los amaneceres que paseo las riberas del Tuerto; amaneceres que obligan no al cobertor de los de antes, de los del Val, sino a la manta fina que los mismos valuros, tíos listos, han ideado para estos casos, menos tupida y más ligera por aquello de la fibra sintética, que a todo han sabido adaptarse. Por cierto que la feria de Artesanía que celebraron el día cinco y el festival folclórico del día siguiente fue un éxito rotundo. Como fue el año de mayor concentración de oyentes en «Poesía para vencejos» que Felipe prepara en el jardín-patio de armas de los Bazán en Palacios; aquella María Zapata, personaje preferido de Conrado Blanco, a la que tanto ha estudiado, vizcondesa de los Palacios de la Valduerna, estaría encantada de estos acontecimientos, y de ver cómo un leonés de raigambre y tradición, Máximo Cayón ganador del premio, hace honor al nombre de su padre, aquel Máximo que fuera cronista de León y periodista de pro y de «Proa», entrañable amigo y mejor persona. Sí, hermano, dice el de Turienzo que un agosto así puede dar paso a un diciembre de chupilargos en los alares y resbaletes en las calles, de nevadonas persistentes, de campos blancos que reciben la nieve como el mejor abonado posible, mantenedor de fuentes y manantiales; y de noches de aullidos loberos por El Raso y Montaceite. Dios quiera que no se confunda y este ciclo acabe como él pronostica. No le vaya a pasar lo que a los estudiosos de encuestas y porcentajes; que se pasan los tíos. Nolete, el muy cencerro, siempre dice que hay dos elementos increibles: los encuestadores y los periodistas. Se pasa también. Dicen esos encuestadores que cada leonés ahorra 16.500 euros al año. No me cuadra; en otra encuesta de hace no mucho se decía que el salario medio de los leoneses, del 90%, tú, andaba entre los 12 y los 18.000 euros. Y me digo ¿cómo coños podemos ahorrar más de lo que ganamos? Pediré cuentas al Banco de España a ver donde andan esos mis ahorros. Y si me cuesta un «trillo» y la yema del otro llegar a final de mes sin tener que pedir un crédito ¿de dónde puedo ahorrar yo 1300 cada 30 días? No me convencen. Nunca me reparten, en efectivo, lo que apalea ese diez por ciento que amasa los billetes de 500, esos que nunca he visto, ni conozco su tacto. Eso, hermano, me joroba.

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