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MARTÍN MARTÍNEZ
León

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Querido hermano: Pues ya ves. Como quien dice tenemos a dos pasos el remate de agosto, cerramos las rebajas veraniegas, quedan las despensas vacías, los varales sin colgaduras, las huertas esquilmadas y los que aguantamos todo el año por estos pagos con una satisfacción infinita por el aquel de las «soledades» que son nuestras; a ellas vamos, de ellas venimos y «beatus ille». Se van los salvajamones, deambulamos plácidos por las calzadas, y nos deleitamos con los vinos de mediodía sin apretujos ni vocerío, y santas pascuas. Bien es verdad que tenderos y hosteleros verán mermadas sus alcancías y faltriqueras, lo cual es muy de tener en cuenta, aunque un respiro después de seis trepidantes meses bien les vendrá; así que buena parte de ellos enfilarán tierras sureñas para descansar. Porque en llegando el verano, querido, se apodera de todos nosotros una monstruosa incontinencia; hasta Nolete, tan circunspecto, tan pasota, tan aquí me las den todas que no ha sido capaz de enhebrar el preámbulo del estatuto de la nación astur, agarra unos remontes que ni te cuento. Y es que estos meses estivales resultan más que propicios para el desmadre, las cábalas, los augurios, las sentencias, las propuestas disparatadas de esos que se han arrogado la franquicia de la «diáspora», que creen es un salvoconducto para sus desbarres. Con tal sello -no sé si de calidad- creen tener un marchamo como si de la mejor pieza de cecina se tratara. Conforman una especie que no está a extinguir, sino todo lo contrario. Proliferan como los topillos de campo, se reproducen como el escarabajo (ojo a segundas y terceras generaciones) y son más devastadores que la langosta a la que los de pueblo llamamos «saltones» y los de ciudad, más finos, saltamontes. Y no te digo nada si son políticos, que reúnen todas las condiciones antedichas más las específicas de su condición. Éstos son los que más padecen de incontinencia veraniega y verbal; que si fuera la otra andarían de continuo buscando sebes y tapiales; con la verbal se enfrentan a plumillas y voceros y evacuan a placer. Te preguntarás a qué vienen estas disquisiciones; me las ha presentado en bandeja cepedana nuestro común amigo Villalba. Su incontinencia le hizo aparecer, recientemente, como primer protagonista en un acontecimiento cultural inaugurando el «Torreón de Pernía», donde era un simple convidado de piedra como otros muchos políticos y altos cargos que también acudieron y no se notaron; ninguno de ellos apareció en escena, sabedores que su protagonismo estaba circunscrito a la simple asistencia; nuestro ínclito profesor chupó cámara de primera fila, de tal manera que en algún medio hasta en el pie de foto lo daba como destacadísimo protagonista de la «peli», de la que el reportero ni siquiera incluyó el guión. Esa figura ha de ser calificada como incontinencia «figurativa estival»; claro que peor fue la verbal desplegada en aquel acto. Se alzó con el santo y la limosna; acaparó becarios y corresponsales de agencias, legión por mor del verano, y arremetió -justo en el momento y lugar menos oportuno- contra ciertas instituciones por el abandono del patrimonio. Que bien mirado y catado dio en la herradura, pero la erró; en esta ocasión dio en el clavo pues, justamente, las dos instituciones denostadas, un poco en contra de la costumbre, aportaron los monises para la compra y restauración del torreón que hoy luce como faro cultural de la Cepeda. Villalba tuvo un acceso de incontinencia y meó fuera del tiesto. Además mezclo las churras con las merinas, aeropuertos, pantanos, murallas e instituciones cuando fuera de la foto hubiera tenido más trascendencia, como otros supieron hacerlo. Pero ya sabes, si las ganas aprietan cualquier tapial es bueno para aliviarse. Villalba tuvo un apretón.

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