Costa y Briva
QUERIDO hermano: Dicen los entendidos en la materia meteorológica que en estos días tal vez, acaso, quizás, podamos disfrutar de la lluvia. Que de no llegar, siempre nos queda el consuelo y remedio de la milagrosa imagen de la Virgen de Castrotierra, para ondear y desempolvar las telas de los pendones. Porque, desde luego, recurrir a los políticos en esta tierra de garbanzos es inútil; y más si esos políticos son leoneses. Mira si no la engatada del señor Gato a los regantes de los Payuelos y demás; ha sido maestra; el veinte por ciento del agua de Riaño al Carrión, y más abajo, mientras el Páramo se torra. Allá por los finales del XIX y principios del XX un hombre, Joaquín Costa, hablaba y escribía de canales, muchos canales con agua y los ríos caudalosos con la precisa y necesaria para el ahora llamado caudal ecológico; predicaba, que sacerdote de la naturaleza y del adelanto era, de embalses que retuvieran las lluvias invernales, las cuales vivificaran los eriales veraniegos para convertirlos en vergeles. Joaquín Costa predicó en desierto; y aburrido se retiró a su Graus de Huesca donde seguía erre que erre en su empeño. Sabía mucho ese maño a quien me hubiera gustado ver en estos tiempos con lo del trasvase del Ebro. Después de los años, con la república, un tal Indalecio Prieto soñaba con lo preconizado por Costa; y más tarde un autócrata, retomando aquellas teorías, se aplicó a construir pantanos; con cierta desmedida, es cierto, en cuanto a la capacidad de almacenar líquido. Quiso inundar un hermoso valle leonés y aunque hizo la presa no se atrevió a cerrar las comportas , cosa que sí hicieron en plena democracia. Fabricaron un mar entre montañas y desplazaron gentes que aún sufren el desarraigo. Ahora el señor Gato, con la táctica del minino engatusó a otras gentes, de las que miran al cielo cada mañana, y habrá reparto; de miseria, que tal vez no sea malo repartir este producto. Por un quítame allá esa presa, hermano, desvía esa moldera que me estorba y cierra ese agual majadero, andamos los españoles a la greña; sin que haya un político capaz de poner solución al desaguisado, plantándolos sobre la mesa y dando al Estado las atribuciones que nunca debió perder, las que le corresponden. Porque ahora, cada autonomía, cada diputación, cada municipio, cada pedanía, aldea o caserío, tiene su plan hidrológico, ilógico. Así nos va. Gracias a Dios, y al tiempo que pasa inexorable, Joaquín Costa está muerto, pues morir dos veces sería demasiada desgracia. Y el Dr. Briva, aquel obispo clarividente que tuvimos en Astorga. Digo clarividente y lo recalco, hermano. Allá por el año 1970 -palmo arriba palmo abajo- en una sobremesa familiar, mientras esmufaba un paquete de chester sentenció. «Convéncete, la provincia de León acabará siendo el coto de caza y lugar de asueto de media España y parte de Europa; ocurrirá mientras la apatía leonesa siga intacta y los políticos leoneses sólo piensen en sus posaderas». Clarividente, te digo. Han pasado casi cuarenta años; y ahora un urogallo vale más que un paisano; un oso es superior a un pueblo entero; un zarapico desplaza a un rapaz de la escuela y un escobar merece más respeto que un rebaño de cabras o de vacas. La ecología, que tiene todos mis respetos, como buena parte de los ecologistas, lo acambona todo. Y bien sabes que los mejores ecologistas son los hombres del campo. Ahí tienes el lago de La Baña abandonado e invadido de maleza; no sé qué pasa con lo de San Glorio, que andan a mamporros por la nieve, el cambio climático y los andaderos de los osos. A este paso las pocas personas que por allí están tendrán que irse; y después ¿qué? El oso no tendrá novillas ni potros que destripar. Al tiempo, hermano.