La primera hornada sin el maestro alfarero
Jaime Argüello, último aprendiz de Martín Cordero, sacó adelante 800 piezas de barro sin la ayuda del desaparecido alfarero

Argüello alimenta con urces el horno árabe, en una jornada de cocción de más de diez horas
Después de trece años abierto al público, el Alfar-Museo de Jiménez de Jamuz coció ayer su primera remesa de cacharros en la que no ha participado Martín Cordero, fallecido el 17 de septiembre. Ha sido uno de los cuatro aprendices que tuvo el maestro alfarero en su etapa al frente de la institución, Jaime Argüello, el encargado de trabajar el barro y de dirigir la cocción en el único horno árabe que queda en funcionamiento en la localidad. Argüello alimentó el horno con urces, subió a su tejado, para controlar el tiro de las cuatro chimeneas... «No hay ninguna pieza de Martín», aseguró ayer el alfarero, que había visto a su maestro dirigir esta labor en tres ocasiones. Y sin embargo, la presencia de Martín Cordero se palpa entre los muros de un recinto que retiene el tiempo, como si su alma llevase el calor de las urces ardiendo hasta los ochocientos cacharros de esta última fábrica -la anterior se realizó «hace año y medio», indicó el último aprendiz-. «No hay día que no me acuerde de él. Incluso fuera del alfar», afirma Argüello, después de tres años conviviendo con un «maestro de la vida, que no sólo te hablaba de cacharros». Junto al horno, alimentado el fuego con la pausa requerida, para que no se cuarteen las piezas, y entre los recuerdos del maestro desaparecido, Argüello asegura que la alfarería de Jiménez de Jamuz «no se muere». Al contrario, en su opinión, pese a que uno de los cinco talleres que funcionaban en el pueblo haya cerrado, el oficio tiene futuro: «Está Miguel Sanjuan, que ha montado su nave; el de la Catedral del Barro, Valentín Peñín, que también es joven; Taruso está en los 50 años y la chica de Esteban, María Teresa García, continúa con el alfar de su padre». El destino de las piezas Las piezas de la primera hornada sin Martín Cordero quedarán todas para el Ayuntamiento de San Elena de Jamuz. De las 800, «entre las que hay de todo un poco: desde menudo a barrilas, botijos de trampa y cántaros», no se distribuirán en lotes para su venta a las alfareros del pueblo, que, a su vez, las ofrecían al público en general. «Hacen falta para el certamen de teatro, los colegios que participan en el programa Conoce tus pueblos, conoce tus tradidiones y para el torneo de futbolín del sábado, en el que cada participante recibirá un cacharro de recuerdo», explica Argüello. Algunos vecinos se acuerdan de Jaime Argüello -ayer vigiló durante diez horas, aproximadamente, la cocción, esta vez sin la experta mirada del maestro- y no dudan en visitarle e incluso ayudarle. El alcalde de Santa Elena de Jamuz, Jorge Fernández, destacaba a media tarde de ayer, que la hornada se desarrollaba con normalidad. Una hornada al año, en el mejor de los casos, que tiñe el patio del alfar del rojo del minio que decoraba a las piezas de los alfareros y que aun hoy aplica el Alfar-Museo.