Diario de León
La gente de la Sobarriba traslada al Dainos de las Clarisas a los Capuchinos por las Cercas. Los jóvenes que hacían botellón guardaron silencio y sacaron sus móviles para grabar el momento. DL

La gente de la Sobarriba traslada al Dainos de las Clarisas a los Capuchinos por las Cercas. Los jóvenes que hacían botellón guardaron silencio y sacaron sus móviles para grabar el momento. DL

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Algo más que sólo tiene la palabra queda tras el Voto de Silencio.

ANTONIO BARREÑADA

No había acabado el día y se abrieron las puertas para que saliera el Dainos a la calle del milagro. No había empezado el nuevo día y la noche se agitó desconcertada. Anunciaba impenitente una campanilla el paso del Cristo de la túnica nazarena. Eso y nada más. Eso y el silencio. Sólo eso y el golpe seco de las horquetas.

Antes de que empezara el nuevo día, por la calle que se llamó la Canóniga y luego Cardenal Landázuri, por esa misma calle en la que, un siglo de estos pasado, el cordón del Nazareno se enredó en una chiquilla y sólo hubo soltado después de arrancarle la promesa, ahí en esa calle donde ella se volvió clarisa franciscana y el domingo fue el Cristo del cíngulo con cinco nudos, de ahí arrancó ayer una humilde y soberbia comitiva. Capas pardas de estameña llegadas de la Sobarriba para llevar a su Cristo, al del Dainos, a la casa de los Capuchinos, tan pocos que ya no pueden con él, para dejarlo en el convento de cuya iglesia saldrá hoy, si el cielo lo permite.

Tenía que hacerse el silencio, tenía que no escucharse nada. Por el León más castizo, de la Catedral a Santa Cruz, por Tarifa a Puerta del Sol y de ahí por la muralla hasta San Francisco.

Dicen que no volverá a ser hasta dentro de diez años. Cuesta creer que haya que esperar tanto. Tal vez el Dainos haga el milagro y regrese en un año la gente de la Sobarriba, vestida de luto, cubierta con sus capas, precedida por su pendonetas, reviviendo ese cortejo fúnebre tan leonés, esa procesión de muertos que sigue viva en nuestros pueblos. Tal vez el Dainos permita que otra vez, sin esperar a diez, se escuche la inmemorial plegaria, ese ‘dainos’ que es orgullo de los hombres y mujeres de la estepa leonesa, la tierra donde se hizo fuerte la protección al más débil, territorio de lucha contra el poderío de los poderosos, la voz de un pueblo que es más fuerte que el silencio mismo. Que vuelvan los de la Sobarriba y muestren a la ciudad cuál es el camino.

Esquila y silencio la víspera del Silencio. Y hasta calló la ciudad del botellón, y se encaramó a las cercas, y sacó sus teléfonos móviles para grabar para siempre ese momento. Nada se pidió, nada se dijo. Fue por voluntad. Milagro quizá de este Nazareno arrodillado a quien León venera como ‘el Ranero’.

Tenía que empezar en silencio el día de la gran algarabía, que hoy es día de júbilo, de palmas y estreno. Hoy es día de niños. De ahijados, ‘afijados’ se dice en León, y de padrinos. Que es costumbre leonesa que los protegidos les lleven las palmas y ramos bendecidos en Domingo de Ramos a casa, al balcón o la ventana donde estarán todo un año, protegiendo la casa de los protectores, y se conviertan un miércoles en ceniza bendecida. En justa correspondencia, el padrino, la madrina, pagará tanta devoción con un huevo de chocolate la víspera del lunes de Pascua y, si hay suerte y la economía lo permite, una monedinas, antes unas perrinas.

La tarde

Después, la tarde se hará otra vez silencio. Lo jurarán tres cofradías encerradas en sus patios, enclaustradas en sus conventos hasta que sea hora de sacar la procesión, deber sagrado del papón. Jurarán silencio recién estrenada la tarde los del Gran Poder, pasión plateada de León, la más joven de las cofradías de la ciudad, la que alimentan jóvenes vocaciones, almas nuevas para un rito centenario.

Juramento de silencio harán también los papones de la Redención intramuros, en el patio de las Carbajalas, esperando que las campanas del Mercado anuncien el paso del Dainos, aguardando que las de su casa avisten al Ranero por el Grano. Será entonces la señal y golpeará el Llamador a la puerta del convento tres veces, tres secas veces para que se monte la procesión.

Y silencio en el alma llevarán los del Silencio, que la voz la pone la gente de la Sobarriba, llegada por la entrada de León hasta el crucero del Grano a golpe de dulzaina y tamboril, con sus hogazas de buen pan bajo el brazo, afinadas las voces para entonar arrastrando pero bien erguidos, de pie, orgullosos de su estirpe, su ancestral soniquete, el ‘dainos Señor buena muerte por tu Santísima Muerte’.

Que no entendería la ciudad que es día de Pasión sin ellos, sin todos, sin las tres cofradías que cada Domingo de Ramos hacen de León la Ciudad de Semana Santa.

Y no es milagro.

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