CAPILLOS ARRIBA
Una de papones de fila

Cientos de papones de fila procesionan cada Lunes Santo con las tres cofradías más antiguas de la ciudad en el cortejo de La Pasión, que parte de la iglesia de Santa Nonia.
Pasados los tres primeros días de Pasión, de pronto es como si los acontecimientos se precipitasen unos detrás de otros sin más remedio. El tiempo se invierte entre terraza y barra, entre búscate una calle menos concurrida donde el Cristo de turno parezca hablarte sólo a ti, entre programas de actos que se escrutan sin descanso hasta dar con lo que no buscabas. La ciudad se divide entre quienes visten túnica y aquellos que vagan de un lugar a otro en su particular procesión.
Pero de pronto en Lunes Santo se agolpa en Santa Nonia. Las tres antiguas huelen al fin su momento. El tiempo de las tormentas interiores se desata y llueve ilusión allá por donde mires. Es su día. Su primer gran día. El de los papones de cuna, el de los leoneses de toda la vida que diría Caballero, el del padre, la madre y los niños, el del rezagado que apenas se roba el último billete de tren, el de aquel que renuncia al calor estival para guardarse tres días de vacaciones. Muchos los cuentan por miles. Quizá sea demasiado. No lo sé. Pero lo cierto es que al toque de trompeta los de túnica negra acuden prestos a la llamada. Por todas partes pululan riadas de papones. La estampa parece no tener fin.
Y ajeno a todo ello, el ‘Señor de León’ sale a la calle. Por unos segundos hasta el silencio enmudece. Luego, protegido por sus ‘madres’ de Angustias y Minerva recorre la ciudad y hasta la locura más mundana se vuelve cuerda al verlo. Los tres titulares se hacen de rogar, entre uno y otro las riadas de antes se han convertido en un ejército de la paz que avanza sigiloso a derecha e izquierda. Son ellos quienes suscitan mi atención este año. Los papones anónimos, los que no tienen brazo, los que portan su cruz por fuera y por dentro. Los papones de fila.
Así es como comienza casi todo papón su andadura. Al menos los que gustan esta tradición desde niños. No es que el resto sean soberbios, pero estos son más humildes. No aspiran a nada, no pasarán lista, no son ni siquiera suplentes de ningún titular. Cada uno va con su propio motivo a la espalda.
Santi, de 34 años, me cuenta que es su momento preferido para orar. «No soy un gran religioso, ni ejemplo de cristiano, pero ver a la Virgen de Angustias me reconcilia con la vida y acompañarla, aunque sea de lejos, hace que mi poca fe cobre fuerza». Es algo similar a lo que le pasa por la cabeza a Julia. Pero en su caso hay además una promesa de por medio. Todavía con lágrimas en los ojos rememora aquel 2002 en que la enfermedad llamó a su puerta. Era un cáncer sí. «Me lo pintaron mal y no sé por qué, pero lo acepté. Creo que Dios me dio la fuerza porque humanamente es duro, nadie está preparado para algo así. Recuerdo que le pedí a la Virgen de Angustias que me ayudase, que ella podía interceder ante su hijo para que me sanase y si no era así, que me acompañara hasta el final». Hoy, 15 años y unas cuantas historias después, sigue en pie, viva y procesionando como papona de fila cada Lunes Santo. «Ella me escuchó».
Luego están los que solamente acuden por amor a su imagen, porque lo mamaron de sus abuelos, de sus padres, de otros amigos.
Hay quien puede pensar que su presencia es tediosa, prescindible. Pero ellos también son alma de esta Semana Santa.