Diario de León

Las Tres Caídas de San Andrés protagoniza el cortejo de la Resurrección

Júbilo ante la cita

Sólo unos metros más de luto. La Dolorosa y el Nazareno partieron de la iglesia de San Andrés por distintos caminos para protagonizar más tarde el Encuentro delante del viej

Publicado por
A.G.P. Redacción - LEÓN.
León

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Los tañidos de las campanas de la iglesia de San Andrés resuenan en todo el municipio. Tocan con alegría la buena nueva: anuncian con sus repiques el Domingo de Resurrección. Son las once de la mañana. La cofradía las Tres Caídas de Jesús Nazareno comienza su último cortejo de la Semana Santa. Tambores y cornetas acompañan la salida de la Virgen Dolorosa del templo. Todavía lleva su manto negro. Sólo unos metros más de luto, hasta encontrarse con su hijo. «María, estos días te hemos visto envuelta en dolor al ver el sufrimiento de tu hijo... en la soledad del que ha perdido a quien más amaba». Palabras de la cofradía que precedieron al canto de la Salve. Sale la Virgen con el suave mecer de sus braceras y toma las calles que rodean la iglesia en su parte trasera. La acompañan también mujeres penitentes y una parte de la banda de las Tres Caídas, además de un grupo de hermanos de fila. Minutos más tarde partió el Nazareno, que ya no vestía su túnica púrpura, sino blanca. El Hijo desfila, pujado sólo por hombres, al encuentro de su madre por la principal avenida de San Andrés. Desde la plaza de la iglesia, se proclama también el Evangelio de la Vigilia Pascual y un papón leyó, igualmente, un pequeño texto. «Como aquellos primeros discípulos en la mañana de Pascua, queremos anunciar a todos la verdad de tu Resurrección. Camina ahora, presto al encuentro de tu Madre, que todos sepan que vives y vives para siempre». Una vez en la plaza del viejo Consistorio, el Nazareno espera impaciente a la Dolorosa. Manolas, hermanos de fila y los componentes de la banda comienzan a colocarse para recibir al Encuentro. Los pasos caminan con júbilo hasta prácticamente enlazarse ante los aplausos del público. Dos veces repiten la ceremonia. Luego el silencio. Vuelve los sonidos, con el canto de Resurrección, mientras las braceras proceden a cambiar el manto enlutado de la Virgen por uno blanco. Con el grito del abad: «¡Aleluya, Aleluya, Cristo ha resucitado!», los papones comienzan a despojarse de sus capillos y dejan ver su alegre rostro. Un último encuentro entre los dos pasos antes de partir de forma conjunta en procesión hasta llegar a la iglesia para asistir a la misa de Resurrección.

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