Retablo Leonés | En vísperas del Domingo de Ramos

Estampas de arraigo popular

Clarines y trompetas, acompasados por las broncas cadencias de los tambores, llenan el ambiente de nuestras calles con el paso de anónimos braceros que portan la sorprendente imaginería leonesa

Procesión del Domingo de Ramos, en una imagen de archivo

Publicado por
Enrique Alonso Pérez
León

Creado:

Actualizado:

león

Con la solemnidad que caracteriza la celebración de la Semana Santa en las tierras leonesas, y el austero espectáculo de sus desfiles procesionales, nuestra provincia vive la tradición de siglos en las manifestaciones que rememoran el drama del monte Calvario. Son muchas las villas con cierto relieve en el concierto provincial, que animadas desde los focos diocesanos con epicentro en León y Astorga, forman parte de un conjunto, ya clásico, donde Nazarenos y Dolorosas protagonizan el quehacer de la Semana Post Cuaresmal. Clarines y trompetas, acompasados por las broncas cadencias de los tambores, llenan el ambiente de nuestras calles con el paso de anónimos braceros que portan la sorprendente imaginería leonesa en un alarde representativo del martirio en el Gólgota.

Las viejas tradiciones leonesas se hacen esencia cuando el Domingo de Ramos anuncia la triunfal entrada del Gran Rabí a lomos de una borriquilla en Jerusalén. El mismo día, al atardecer, la Venerable Orden Tercera, de la familia franciscana, y cofradías adscritas, abren marcha sobre las calles de León portando el sobrecogedor Nazareno, que la fe más genuina del pueblo llano conoce popularmente con el nombre del «Dainos», por aquello de la petición de la buena muerte. Esta procesión, dado su arraigo popular, es seguida por multitud de viejos leoneses que prolongan así el comienzo de la Semana Santa.

León siempre estuvo en vanguardia en este tipo de manifestaciones. Ya en el año 1572, hay constancia de estar establecida en la ciudad la cofradía titulada «Nuestra Señora de las Angustias y Soledad», que se vio acompañada 39 años después por la «Dulce Nombre de Jesús Nazareno», y al año siguiente por la de «Minerva», que se fusionó con la de la «Vera Cruz» dos siglos y medio después. El viejo conventón de Santo Domingo que dominaba el solar que hoy ocupa la plaza de su nombre, fue matriz de las dos primeras cofradías hasta su incendio por los franceses. Su confraternización pervive en la actualidad, desde que en el 1814 se albergaron en la capilla de Santa Nonia.

Y así nacieron los «papones», esa figura tan leonesa de los cofrades encapuchados. Mucho se ha especulado en torno al origen de ese nombre, y se ha de aclarar que pertenece a la nomenclatura astur-leonesa de los tiempos del bable, que como primitivo lenguaje derivado del latín, nominalizó algunos verbos populares, entre ellos el «pappare»: comer o tragar, y en su fijación aumentativa apareció el nombre de «papón», que todavía en Asturias forma parte de la simbología de «trasgos» y «duendes» con valor significativo de lo que nosotros llamamos «camuñas» o «tragaldabas».

Queremos ofrecer una visión global de lo que significa el Domingo de Ramos en el conjunto de las tierras leonesas; pero para mejor expresar esta visión y dar fuerza a la tradición que tratamos de constatar en este Retablo ocasional, situamos el escenario en nuestros recuerdos de los años cuarenta, época singular e irrepetible por el cúmulo de circunstancias que se vivieron en una post guerra que alguien calificó de «Cruzada».

Cargando contenidos...

El Domingo de Ramos constituyó siempre en nuestras aldeas uno de los más festivos y cuajados de solemnidad, dentro del ciclo anual litúrgico. El recuerdo de la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, movía a procesionar este pasaje dentro del alborozo popular. Las madres acudían al templo con toda su prole, aseados y endomingados como nunca, pues fue costumbre inmemorial la de estrenar alguna prenda, por mínima e íntima que fuese, costumbre que dio lugar al gracioso dicho de que «el que no estrena el Domingo de Ramos, no tiene manos».