Diario de León
Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

ANA CRISTINA PASTRANA

E l idealismo considera que sólo podemos conocer aquello que nuestra conciencia aprehende. La conciencia es ese ente divino que Dios nos ha concedido para desmarcarnos de la bestialidad que caracteriza a los animales. Curiosamente, como diría

John Lennon, hacemos el amor a oscuras y ejercemos la violencia a plena luz. También en eso nos diferenciamos de los irracionales.

Se dice que son los grandes artistas los que ven más allá y trascienden con su visión la propia historia. Ellos saben aglutinar eso que llamamos inteligencia, conciencia, compromiso e intuición y nos demuestran que el arte constituye una brecha emocional que se abre camino en la lógica animal que nos determina. El arte nos humaniza, nos pone en contacto con las sensaciones internas del individuo y despierta nuestras emociones.

Adentrarse en el mundo de Petra Hernández es desprenderse de todo lo superfluo y disfrutar de lo genuino a través de la sencillez. Dejarse seducir por el realismo poético de sus trabajos es abrir una puerta a los sentidos y a las emociones, rescatando, a través de la memoria, todas las luces que perdimos cuando nos creímos vulnerables. Porque ella, a través de su sensibilidad exquisita y su humildad temática, consigue adentrarse en nosotros y removernos por dentro, como una maga que nos hace vibrar y reconocernos en la música del cuadro, en su silencio transido, en su deterioro e identificarnos con el aire pretérito que nos define y la esperanza que nos avala como pasajeros en el futuro.

«Es el tiempo de la contemplación que da respiro, libertad, libertad siempre, aun cuando el objeto contemplado subyugue» (María Zambrano).

Atmósferas para la

identificación

En toda la obra de esta pintora descubrimos un tinte romántico, un gusto por el rescate de lugares singulares a los que confiere unas atmósferas cargadas de una temporalidad con la que nos sentimos identificados.

Sus cuadros, en los que la figura humana pasa desapercibida, constituyen una apología de nuestra existencia, un poema en el que va narrando, a través de pequeños detalles, toda nuestra vida. Ahí están las ventanas con sus cuarterones entreabiertos, los trapos ciegos del tendal, las epopeyas recicladas en pintadas y deterioros de las paredes, la luz que devora los soportales, la penumbra que esconde besos y deseos, los desconchones de las casas, maduras de soles, el silencio macerado de la calle, los mordiscos taciturnos de las escaleras, la caricia del aire, la huella de la herrumbre, los sueños y suspiros en el lomo de las tejas. Ante ese mundo estático, lleno de emociones, de sugerencias y recuerdos, Petra siempre deja un reseña de nosotros en el movimiento de ese transeúnte ensimismado, de ese perro pulgoso y callejero, del carro y el burro, trashumantes de las piedras, en la nostalgia de los árboles que mantienen un idilio en el otoño de su vida, en las casas de La Cabrera, donde las puertas y los corredores nos invitan a adentrarnos en el lar y sentir el aliento de las manos que labran la tierra.

Decía Gonzalo Giner que la felicidad no está en los grandes objetivos, que son esos grandes sucesos los que te van haciendo crecer. Petra Hernández es una artista que ha sabido luchar y crecer de adentro hacia fuera. Su secreto consiste en el amor que pone en todo lo que hace, porque sólo el amor puede descubrirnos la realidad y la inanidad de las cosas. El espíritu de la genialidad se mantiene si somos capaces de llegar a la vejez con el entusiasmo de un niño y esta mujer sigue pensando, al igual que Henry Thoreau, que el mundo es un lienzo para nuestra imaginación y que la bondad es la única inversión que nunca falla.

Petra Hernández pinta lo que le emociona y sus cuadros nos trasmiten esa vibración donde la vida establece un diálogo entre lo profundo y lo transitorio, la sombra y la luz, lo cotidiano y lo sublime, lo temporal y lo eterno, el hombre y su memoria. Toda su obra constituye una reflexión en la que, a través de la sencillez temática y un gran dominio de la técnica, el ser humano descubre su capacidad para comunicarse a través de esos sentimientos comunes, porque la vida ciudadana a veces no es más que un conjunto de seres viviendo en soledad. Y es que la oscuridad, como decía Martín Luthero King, no puede deshacer la oscuridad, únicamente la luz puede hacerlo. Y nuestra pintora, dueña de esa luz que define la vida como un camino hacia uno mismo, nos enseña que el agua es más perdurable que la roca, el amor más fuerte que la violencia y la voluntad y el trabajo más seguros que la suerte.

La perspectiva y el color

El mundo de hoy está sometido a dos dictaduras: la de la razón y la de la vulgaridad barbarizada. Elegir, que representa el mayor ejercicio de libertad, conlleva no sólo eliminar, sino saber lo que cada uno tiene que ignorar. Estar a la moda no es lo mismo que ser un hombre de mi tiempo , nos comenta el famoso compositor Cristóbal Halffter. Petra Hernández ha sido una pintora que jamás se ha preocupado por las modas, pero sí una mujer que ha sabido amar su época desde el fondo de su corazón artístico, capaz de interpretar su tiempo como el ser que lo siente palpitar dentro de sí, que está poseído por él. Todos sus cuadros tienen vida propia porque su autora ha sabido rescatar la belleza y la luz de su propia vida, de sus vivencias, para plasmarla en su obra. Quizá la felicidad, como diría Juan Manuel de Prada, consista en reconciliarnos con lo que verdaderamente somos, con lo que verdaderamente fuimos, renunciando a vanas aspiraciones y vanos consuelos.

De pincelada suelta, limpia, rápida y vigorosa, sus composiciones presentan un mundo donde la inmediatez y la espontaneidad están reflejadas con un gran conocimiento de la perspectiva y del color. Los empastes traducen un alma llena de vitalidad. La textura de sus obras evidencia ese trabajo elaborado en el que va dejando un rastreo de todo aquello vivido, olido, degustado, transitado, visto y acariciado. La luz es un elemento fundamental. La pintora consigue trasladar al lienzo las sensaciones que provoca la caricia de la luz en los paisajes rurales y urbanos, en los interiores, en el gesto, en el ensimismamiento de sus personajes. En todas sus obras la luz, el tiempo y el espacio se conjugan para remover nuestra memoria. Los pensamientos de ayer han fraguado nuestro presente y los de hoy conformarán nuestra vida futura

Y es que lo que somos, lo que sabemos, las sensaciones que descubrimos en los sueños, en las películas o en los libros, constituyen un secreto tan incomunicable como esa luz que discurre por los cuadros de Petra Hernández. El arte camina paralelo a la realidad, pero mientras el primero siempre la enriquece, la última, en muchas ocasiones, le maltrata.

Decía Sócrates que sólo es útil el conocimiento que nos hace mejores, porque lo reconozcamos o no, todos somos muy ignorantes, aunque no ignoremos las mismas cosas. Para combatir ese miedo que nos hace vulnerables, nos mostrarnos inflexibles en lugar de estar siempre abiertos a la duda y la reflexión. Petra Hernández es una pintora que ha sabido compartir sus conocimientos con los demás, porque el cuerpo jamás debe ser la tumba del alma, una mujer que siguiendo el mensaje de Lao Tse, ha ensalzado lo humilde multiplicado lo poco, una maestra que ha sembrado lo grande en lo pequeño-¦ porque bien sabe que todos los árboles enormes tuvieron pequeñas raíces.

Su brazo se extendía desde el cuadro y me rodeaba como el sol al atardecer, me enseñaba a salir del ensimismamiento y a desnudarme ante la verdad. Revivía todos los recodos y paisajes transitados, aquellos que había colgado en la memoria desde hacía mucho tiempo sin cerciorarme del mundo donde bullían mis estados de ánimo, mis pesares y mis esperanzas, todas las aventuras de piedra y paja que me nombraban, las rendijas por donde desfilaban los sueños. Su abrazo abarcaba los mundos infinitos en los que sucumbía cuando me atacaba la nostalgia, aquellos que siendo niña magnificaba y que ahora, desde el alféizar de la vida, intento fabular.

tracking