Despedida junto al mar
Porque no me disgustó la multitud volcada hacia las calles y porque no me disgustaba el sol, afiancé el espíritu de mi maltrecho cuerpo, y bastón en mano me largué a caminar calle abajo en direcci6n al mar.
Adoraba el mar. Sentado junto al malecón, el mundo adquiría detalles y propiedades que de ninguna otra manera era capaz de observar, y yo entonces necesitaba observar, meditar, saborear cada detalle de la vida. Aquella mañana había ido temprano a visitar a mi oncólogo que acababa de regresar a la ciudad después de un largo viaje a Asia. El reconocimiento médico debía hacerse en ayunas, habíamos convenido en encontramos en las primeras horas del día. La iluminada y cálida sala de consulta se volvió fría y lúgubre para mi deteriorado cuerpo al verme despojado de casi toda mi ropa. Mi respiración y mi corazón latían desacompasadamente, mi boca estaba seca y pastosa, mi piel rugosa y acartonada, y mi cuerpo... Mi cuerpo presentía el fin que próximo se acercaba. De todos modos yo lo admitía. No sé si resignadamente o no, pero lo asumía.
Había llegado a una edad en que la vida para cualquier hombre, es una derrota aceptada. Decir que ahora mis días estaban contados, no tenía sentido. Así ha sido siempre, así es para todos. Pero la incertidumbre del lugar, de la hora y del modo, que nos impide distinguir con claridad ese fin hacia el cual avanzamos sin tregua, disminuía para mí a medida que progresaba mi enfermedad mortal.
El ojo clínico del doctor Valladares sólo ha visto en mí un saco de humores, una triste amalgama de hiel y sangre. Sin embargo aún recrea su esperanza y finge contar con las virtudes maravillosas de las plantas y la dosificación exacta de las sales minerales que ha ido a buscar a oriente para curar mi enfermedad. ¿De veras lo cree así? ¿O simplemente se trata de una terapia médica que haga más llevadero aceptar lo inevitable?
Créeme, querida mía, que tampoco me importa demasiado. Una espesa cordura, algo parecido a una rancia prudencia emana de mi persona en este momento en que se endurece el mar y el temporal se hace insoportable; y es ahora en tiempo y forma, cuando a ti dedico estas líneas entre memorias y retazos de mi vida. Con ellas quiero agradecer la plácida calma de tu convivencia conmigo y tu eterna paciencia para hilar mi vida con amor.
Me empapo de la brisa marina, cierro los ojos y escucho atentamente el relato de tus sueños. Aparecen sin limitación alguna paisajes imposibles, personajes intemporales, y hechos surrealistas, mezclados e hilvanados mediante guiones aparentemente sin sentido, pero siempre sorprendentes que mantienen embelesado todo mi intelecto. Magia pura.
Nuestro entendimiento casi perfecto, nunca requirió confesiones, reticencias ni explicaciones: los hechos bastaban por sí mismos. Estábamos de acuerdo en casi todo. Los dos teníamos la pasión de adornar y luego despojar nuestra alma, de someter al espíritu a todos los frentes de la vida. Tu sublime generosidad aún emociona mis sentidos. Tu lealtad sumisa, tu eterna sonrisa enternece todavía mi fatigado corazón. Tu presencia, tu alma, tu figura, han sido para mí una elección a la que me he dedicado por completo. A decir verdad hemos sido cómplices en todo y nuestra vida juntos ha sido un compromiso unánime sempiterno, con la buena voluntad de querer en cada momento lo mejor para los dos. Tú me conocías como nadie, y a ti, solo a ti, dejé ver lo que siempre disimulé cuidadosamente a los demás, mis miserias y mis errores. Me acostumbré a vivir a tu lado como el grano que se pega a la espiga, como el aire imprescindible para las plantas, como el agua indispensable para saciar la sed. Juntos, vivimos cada instante, día a día, sin saber si el siguiente sería el último, intentando sacar el mayor provecho del momento que transcurría entre alzar el pie y volver a apoyarlo en el suelo. Nadie puede saber lo que habrá de sucederle mañana, y qué triste sería el mundo si lo supiéramos. Toda la emoción de vivir se perdería, nuestra vida sería como una película que ya vimos, sin ninguna sorpresa ni emoción. Ah, la vida...
La vida es una gran aventura y al final no importa quién ha acumulado más riqueza ni quién ha llegado más lejos, sino quién ha amado más. Y ama quien más ha servido porque aprecia su vida y la de los demás.
Desde que me diagnosticaron la enfermedad, he luchado sin descanso por conservar mi vida. No me interesaba una filosofía de la actividad humana, tan solo quería encontrar el punto flexible donde mi voluntad se uniera con el destino, y creo por fin ahora, haberlo encontrado. Me felicito porque el mal que me aqueja me haya dejado lucidez hasta el fin; me alegro de no haber tenido que pasar por la prueba de la extrema vejez, de no estar destinado a conocer ese endurecimiento, esa rigidez, ese indigno agotamiento de mi cuerpo.
Hoy mis pies cansados y torpes me han guiado hasta la orilla del mar. Con los calores de julio el viaje se me ha hecho penoso, pero con la brisa marina respiro mejor. Mis ojos cansados y mi mente serena observan la ola que repite en la playa su murmullo de seda y su tierna caricia, noto el cálido sol del atardecer sobre mi piel, atardecer de la tarde, atardecer de la vida...
Querida alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo desnudo, descendamos juntos a esos parajes desconocidos e inciertos donde renunciaremos para siempre a los juegos de antaño, pero antes permíteme solo un instante contemplar la serenidad del mar, la inmensidad del universo. Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos.