Inés
LUIS LEANTE
E n Valderas nunca ocurría nada, o al menos así fue durante muchos años -”casi tantos como su historia-”, hasta que empezaron a precipitarse los acontecimientos y aquello fue un no parar. Antes, si había que contar algo curioso, era necesario buscar muy atrás, tan atrás que los testigos ya habían muerto. Por eso, lo más frecuente era oír hablar del hundimiento del puente, del año en que se desbordó el Cea, o del equipo de balonmano, que duró apenas unos meses porque no había rivales en los pueblos vecinos contra quienes competir. Los más instruidos, sin embargo, eran capaces de hablar de la estancia de Napoleón en el antiguo seminario del pueblo, o del cerco que padecieron los valderenses por parte de una legión romana dirigida por Cornelio Escipión el Africano. Después, apenas sin darse cuenta, todo cambió y los acontecimientos se sucedieron tan rápido que ya nadie tenía tiempo de contar lo que había pasado el día anterior o esa misma mañana, porque en ese instante ya estaban ocurriendo cosas más sorprendentes.
Desde el balcón de Inés, la plaza se veía como el reflejo del pueblo. Ocurrían tan pocas cosas que el acontecimiento más pequeño le llamaba la atención y la apartaba de sus libros y de sus ejercicios. Si escuchaban la voz de su madre, Inés escondía los libros en el armario, los ocultaba bajos los jerséis y corría escaleras abajo para ayudar en la tienda. A Socorrico, la madre de Inés, no le gustaba ver a su hija enredada con libros y cosas
inútiles. A Socorrico no le gustaba tampoco que su hija fumara ni leyera, pero lo que le disgustaba, sobre todo, era que se encerrara en su cuarto en las horas en que debía bajar a la tienda, o que se quedara con la luz encendida hasta el amanecer haciendo sólo Dios sabía qué. A Socorrico le ponía mala de los nervios que su hija perdiera el tiempo. Por eso, Inés aprovechaba las noches y el silencio de la casa para encender el flexo de su dormitorio, sacar los libros del armario y empezar a estudiar, mientras todos dormían, el examen de acceso a la universidad para mayores de veinticinco años. Y estudiaba sin prisas, disfrutando, porque sabía que por mucho que dominara las materias no podría examinarse antes de cuatro años, cuando cumpliera la edad. A veces, a Inés se le iba el santo al cielo y se le hacía de día, o se quedaba durmiendo sobre la mesa, y su madre veía el rayo de luz por un resquicio y empezaba a aporrear la puerta para que se diera prisa en bajar a la tienda. Entonces Inés, sin haber deshecho aún la cama, se vestía, desayunaba para matar la angustia de sus tripas vacías y bajaba a la tienda. Luego, tras el mostrador, Jesucristo, con una sola mirada, adivinaba lo que había estado haciendo ella toda la noche, movía la cabeza contrariado y farfullaba algunas palabras por lo bajo. Pero a Inés, a esas horas y en semejantes condiciones, las reprimendas no hacían sino darle más sueño y ganas de encontrar el menor descuido de su madre o de su novio para subir a su cuarto y echarse una cabezada.
E l trabajo de la tienda era monótono y aburrido. Físicamente no era duro, y por eso Inés podía robarle horas al sueño y al descanso para dedicarse a lo que más le gustaba: los libros. En los ratos muertos de la tienda repasaba mentalmente fechas de tratados, nombres de batallas y fórmulas que había aprendido por la noche, a hurtadillas, y que estaban aún frescas en su cabeza. Inés tenía que mantener todo en su memoria el mayor tiempo posible, porque aún le faltaban varios años para examinarse de acceso y no podía permitir que cuanto había ido aprendiendo a lo largo de tanto tiempo pudiera borrarse de su cabeza por falta de ejercicio o por descuido. Cuando su madre le sorprendía perdida en sus pensamientos o mascullando a escondidas, pensaba que estaría quejándose del trabajo o maldiciendo a las clientas pesadas, pero no podía imaginar que llevaba más de seis años repitiendo el polinomio de Taylor, la fecha de la batalla de las Navas de Tolosa, o recordando la fórmula de la velocidad.
Inés se enamoró de don Justo, el maestro, a los seis años, el mismo día en que su madre la llevó por primera vez a la escuela. En aquellos años la escuela unitaria tenía más de treinta alumnos, y don Justo contaba con un ayudante algunas horas al día. Fueron los mejores tiempos de la escuela y del pueblo. Después, la gente empezó a marcharse de Valderas y los niños nacían en otros pueblos, la mayoría en Oviedo o en León, y sólo volvían en las vacaciones para visitar a los abuelos; hasta que apenas quedaron niños y el maestro se fue apagando al mismo tiempo que el número de sus alumnos. Pero, el primer día en que Inés entró en la escuela, don Justo aún era un hombre lleno de vitalidad, serio pero con una mirada pícara, autoritario pero al mismo tiempo condescendiente. La niña, tan pronto como escuchó aquella voz, que parecía salir de un pozo, y vio aquel cuerpo rígido, con los hombros erguidos, el cabello con canas pero espeso y aquella recia chaqueta de lana recién salida del cofre y que aún olía a naftalina, se quedó colgada del maestro y ya no dejó de soñar con él, cada noche, durante todos los días de su vida.
D on Justo era entonces un hombre maduro que frisaba en los cincuenta años. Desbordaba energía y seriedad, pero cuando reía sus carcajadas se escuchaban en la Altafría, la parte más alta del pueblo. A don Justo no le conocieron nunca novias, amoríos, ni enredos. Tampoco se le conocían escándalos de ningún tipo. Sus pecados de juventud, ésos no los conocía casi nadie, porque los frailes del seminario se habían encargado de taparlos. Los padres de sus alumnos lo consideraban un hombre neutro y gris. Era trabajador, se preocupaba por que los niños aprendieran, y el resto de su vida no le interesaba a nadie. Poca gente tenía curiosidad por sus orígenes o por su procedencia. Los mozos de su quinta lo recordaban de joven, muy joven, más bien un niño, cuando llegó de León en el tren de vía estrecha algunos años antes de que lo quitaran para siempre. Viajó solo, con apenas doce años, y recorrió el camino entre la estación y el seminario de san Mateo acompañado de un hermano lego que había ido a esperarlo. Lo que nadie podía sospechar, y mucho menos aquel niño indefenso, era que jamás abandonaría ese pueblo extraño en donde se detuvo el tren y se detuvo su vida; y no lo abandonaría ni siquiera para morirse.
Inés conocía pocas cosas de la vida de don Justo, pero no necesitaba saber nada más para amarlo en silencio y serle fiel en sus pensamientos. Gracias a don Justo había prendido también en ella la llama del amor a los libros. Sólo le dijo una vez a su madre que quería estudiar y ser maestra. Socorrico la recorrió con una mirada de desconfianza y después, clavando los ojos en el mocho de la fregona, la mandó a la tienda con malas maneras.
(De El canto del zaigú,
Luis Leante.
Ed. Punto de Lectura,
Madrid, 2009. 222 pp.)