Vocabulario
Mamá me dijo que volvería pronto. Pero tarda en volver.
Me deja en casa de la vecina cuando no puede cuidarme. Trini es buena conmigo, me da un Donuts para merendar. Toma, bonita, me dice y luego apoya su mano suavecito en mi cabeza. A mí el Donuts me encanta pero la caricia en la cabeza no. Es que siempre que me la acaricia, mueve la suya de un lado a otro, suspirando. Y peor si está Paco, porque entonces la mueve muy rápido dos veces pero sólo hacia un lado, el lado en el que estoy yo, y también mueve los ojos y hasta las cejas mueve hacia ese mismo lado. Que yo ya he aprendido porque luego me voy a casa y ensayo en el espejo. Y me sale la mar de bien.
Pero Paco ni se entera y va y dice: Pero ¿otra vez lo mismo? Y, claro, yo sé que lo mismo soy yo. Y que no le gusta que lo mismo esté siempre en su casa.
Paco le dice que deberían denunciarlo, que ha oído que ahora puede denunciar cualquiera, que no hace falta ni ser de la familia y Trini no contesta, ella venga a mover la cabeza hacia un lado y yo me tengo que aguantar la risa porque me imagino que se va a quedar así, con la cabeza torcida como decía mi abuela cuando me ponía a hacer muecas, tú haz el tonto, que como te dé un aire te quedas así de por vida.
Ya son casi las ocho y Paco pone la tele porque empieza un concurso que a él le gusta mucho. El final del concurso es que hay que adivinar un montón de palabras con la a, con la b, con la c, con todas las letras y con cada letra se va iluminando un círculo con luces azules, verdes y rojas como si fuesen bolas del árbol de navidad y hay que decirlas muy rápido y si no te la sabes dices «pasopalabra» y le toca al otro.
Mamá y yo jugábamos a algo parecido cuando íbamos de viaje en el coche pero luego papá se marchó y se llevo el coche y ya no jugamos más.
Al principio yo no entendía por qué le gustaba a Paco el concurso si él no da ni una, pero lo que le gusta es que a veces hay bote. Y eso quiere decir que, aunque no se ve por ninguna parte, en algún lado está un bote lleno de dinero.
Con la d, dicen ahora, denunciar grito yo, y Paco y Trini se miran pero no era ésa.
Si ganan el bote, es mucho peor porque Paco se pone furioso y dice que con la falta que le hacía a él ese dinero y que ya tenía planeado cómo gastarlo y que se iban a terminar los problemas y las hipotecas.
Qué palabra tan rara, hipoteca, qué mal suena, qué será. A lo mejor es algo que asusta tanto que da mucho hipo. A mí la que me gusta es hipopótamo, que es mi animal preferido. De todas maneras por qué se enfada tanto Paco, cómo va a ganar él si no acierta una y además no sale en la tele.
Acaba el concurso y mamá sin venir. Empieza el telediario.
«Nueva víctima de la violencia doméstica en Almería» dice la presentadora con una cara muy seria. Y Trini apaga la tele, no son cosas de niños, dice y Paco le contesta que él en su casa ve lo que quiere, faltaría más. Pero no la enciende otra vez.
Me gustaría decirles que por mí no la apaguen, que yo sé muy bien lo que es eso aunque no entiendo por qué le llaman «doméstica» que he estudiado yo en Cono que los animales domésticos son los que son mansos y los salvajes los que no puedes llevarte a casa porque te matan y te comen luego. Por qué no dirán entonces violencia salvaje. A lo mejor es que los que matan a las mujeres, las domestican antes. Bueno, no sé. Vaya lío.
Me empieza a doler la tripa, debe ser la hora de la cena.
Trini está poniendo la mesa. No me atrevo a ayudarla no vayan a pensar que lo que yo quiero es cenar. Paco tampoco se levanta pero resopla desde el sillón; vaya horas para una cría, dice, y yo siento que soy otra vez lo mismo.
Cierro los ojos, me hago la dormida. Lo que yo daría por ser otra: rubia con ojos azules, pelirroja con pequitas, bailarina de fama, ganadora de pasapalabra. Niña lista, listísima, que de tan lista todos me quisieran tener a su lado. Mi madre paseando conmigo por la calle. Señora, enhorabuena por su niña y ella sonriendo por fin, muchas gracias, nació así, Señora, qué bien baila su hija, y ella, muchas gracias, aprendió sola; Señora, me llevo a la niña a casa para que le ayude a hacer las tareas a mi Andreíta y ella, feliz, vale, pero la recojo a las nueve, que los vecinos nos han invitado a cenar.
Suena el timbre de la puerta. Ya era hora, dice Paco. Qué a punto. No, si al final también se va a quedar ella. Calla, hombre, que te van a oír, le contesta Trini mientras va a abrir.
Entra mamá con las prisas de los que llegan tarde. Lo siento, Trini, lo siento lo siento lo siento. Qué raro, dice lo siento y no es que quiera sentar a nadie ni sentarse ella siquiera, qué raro, uno dice lo siento y lo que hace es pedir perdón.
Yo sigo con los ojos cerrados.
-”No importa, mujer. Lo malo, la niña que se ha dormido y no ha podido cenar.
-”Ahora le doy yo cualquier cosita en casa.
-”Vamos, tesoro, me dice.
Me llena de besos pegajosos con un olor a perfume dulzón que me marea un poco.
Me dejo llevar sin abrir los ojos pero por una rendijita la veo haciendo equilibrios sobre unas tremendas plataformas con las medias llenas de carreras, los ojos emborronados de negro y labios tan rojos como los de Blancanieves. También ella es lo mismo.
Por la rendijita veo cómo la mira Paco. Odio a los dos. También a Trini. Por tonta. Por estar casada con Paco. Por mover tanto la cabeza.
Bueno, es mentira. A Trini no la odio y a mamá tampoco. Por eso continúo haciéndome la ciega, mientras vamos por el pasillo camino a casa, porque me encanta que me diga bajito, su mano agarrando la mía, anda, tontita, que yo sé que estás despierta, anda, no te enfades con la mami, que te traigo una sorpresa.
Abro los ojos, estamos ya en casa. Mamá lleva en la mano una bolsa canela llena de manchas de grasa con las letras rojas del McDonald. Ojalá que sea la big mac... Meto la mano y saco una hamburguesa helada. No habrá quien se la coma. Vuelvo a meter la mano para sacar la bolsita del Ketchup. No la encuentro. Pongo la bolsa al revés, no cae nada.
Me pongo a llorar. Primero en silencio pero luego berreo.
Cómo se le ha podido olvidar, ella sabe que jamás tomo una hamburguesa sin ketchup. ¿O es que ni siquiera se acuerda?
Qué saladas están las lágrimas. Se las podría echar a la hamburguesa.
Ella me mira asustada. Sin hablar. Se sienta en el suelo y se tapa la cara con las manos.
Y entonces, de repente, me llega todo el amor en oleadas gigantescas. Me arrodillo a su lado y las dos nos abrazamos con un abrazo mojado.
La quiero otra vez. Qué culpa tendrá ella de no poder ser otra.