Hay cosas imposibles que sueño todavía
El rumbo de los días
Waldo Leyva. Premio Casa de América de Poesía Americana. Ed. Visor, Madrid, 2010. 74 pp.
No es Waldo Leyva, entre los poetas cubanos, uno de los más conocidos entre nosotros, a pesar de sus ya buenos años dedicados a la poesía, pues nació en 1943 y se ha caracterizado por situar al hombre en un tiempo, el nuestro, y en un espacio, el cubano sobre todo, como concreción de su indagación poética sobre el ser. La conciencia temporal se aprecia desde el comienzo de la lectura de El rumbo de los días . También su inclinación a hacer de la poesía depositaria de una emoción y de un sentimiento de ternura. Los seres de su poesía (padres, hijo, gentes humildes y desconocidas, etc.) suscitan tales efectos y afectos sentimentales. Son seres en soledad, una soledad consustancial al hecho de existir. La actitud del poeta consiste en mirar y comprender, y en dolerse. Los poemas de Waldo Leyva nos hablan de la pena sin nombrarla, de la tristeza que no se debe a nada, como dice un poema, pero que, como un vaho, la exhala su poesía, de huecos en el pecho que nunca se han llenado ni se van a llenar.
Al lado del verso libre, el poeta cultiva estrofas canónicas como la décima, el terceto o el soneto. En todos los casos con innegable maestría. Otra pequeña parte se compone de haikus , excelentes también, cuajados desde la intuición y la sorpresa, como brotes instantáneos de la percepción inesperada: «Esta es la patria / una ventana abierta / y otra cerrada»; «En el olivo / una rama extendida / se vuelve nido». Pero quizá la parte de mayor altura sea la de los poemas de «Correspondencia on line», una serie de cartas supuestas, poéticas, imaginarias, pero con destinatario real al frente de cada pieza. Unas van en tercetos encadenados, a la manera de los clásicos, pero evitando el empaque característico y llenando el poema de guiños y gracia; otras veces basta una décima, una poema en prosa o un poema excelente con rima interna que comienza: «¿Dónde andas hijo, qué pasa? Tu silencio duele tanto / que a veces se torna llanto hasta el rumor de casa». Una de esas cartas se convierte en meditación sobre la poesía en relación con el modernista habanero Julián del Casal y su «otra angustia ideal», que no fue otra que «su amor por Japón» como modo de huir de sí mismo: «¡Vaya acierto / del poeta! que quiso hallar un puerto / y flota todavía en el abismo».
El poemario termina con dos poemas formidables, «A modo de elegía», una reelaboración del ubi sunt , una convocatoria de los muertos amigos, y «El falso rostro de la muerte», donde confiesa el poeta: «Tengo sesenta y cuatro años / y hay cosas imposibles que sueño todavía». Es el duro y amargo contraste entre ser viejo y vivir sin embargo ilusionado: «Siento, lo puedo asegurar, / la cercanía del último silencio, / pero tiemblo, siguen estremeciéndome / las mismas cosas que provocaron mis asombros de niño». Así llegamos al final de una poesía entrañada en la vida y en las vidas de los que penan, ambientada, como se ha dicho, en la emoción y la ternura.