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NICOLÁS MIÑAMBRES
León

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Como urbe milenaria, patente en sus espacios misteriosos, tiene León múltiples miradas. Tantas como las que permite su cielo y los aleros de sus rúas. Pero, sobre todo, tantas como alcanza a divisar quien deja que sus pasos se pierdan por ellas y, sobre todo, se pierda su corazón. Cada vez se hace más significativa la observación de El Principito : No se ve bien más que con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos. Pervive en muchas de esas rúas centenarias una pátina secular adherida al musgo de sus tejas y al verdín del alféizar de sus ventanas: ventanas, ¡ay!, que tuvieron lo que ya, en mi corazón, ni rescoldo de ello siento. Guardan impasibles (o desmemoriadas, Dios sabe cómo) el recio sabor de otros tiempos. O de otras almas. Poco importa la fuente del misterio.

El espacio urbano de León visto desde Ramón y Cajal (en su encrucijada con las calles de Abadía y Renueva) ofrece una perspectiva inusitada, subordinada a una pupila atenta y sosegada hacia referencias meridionales, simbólicas en la lejanía. Donde los rayos del sol confunden a las gentes de mirada limpia. El final de la calle Abadía es el nacimiento del reencuentro con coda de la muralla hacia poniente. La rejería de la huerta de san Isidoro, dulcificada por una abigarrada y doméstica variedad vegetal, nos deja en el comienzo del farallón de la muralla, síntesis de ecos romanos y restos medievales. Hitos de un pasado que, en momentos de desasosiego hace, felizmente, más indefenso a nuestro corazón.

S erá dual nuestro camino hacia el sur, y doble será nuestra mirada, inevitablemente esclava de la condición secular que la conforma. La muralla sólida, ciclópea, avanzando, el adarve de sus cubos, exhibe misterios del follaje. La rotunda actualización de sus bloques no admite la presencia de la humilde y agradecida milamores , esa planta que arraiga con tesón denodado en los intersticios nacidos del descuido de los alarifes. Pero en la superficie, en inesperado milagro botánico, ciertos vegetales sirven de cabellera vegetal, con policromía supeditada al cambio estacional. Y, hacia el cielo, se yergue en su humildad la hospedería de san Isidoro, un rescate moderno amparado en ecos de otras vidas.

La sólida horizontalidad de la muralla, se altera armoniosa con la aparición de la Torre románica de San Isidoro. La uniforme condición de los bloques inicia un ascenso inesperado, con ese gallo, de bello y dorado plumón, en el que Don Antonio Viñayo adivinara los antiquísimos orígenes que eruditos de tres al cuarto se empecinaban en negar. Aunque sólo sea en forma de réplica, la presencia enhiesta de la bella gallinácea se mantiene atenta y vigilante de las tribulaciones y avatares de generaciones de leoneses: que miradas de cazurros-¦ / nunca torcieron la lana cuando brotaba del huso .

L a muralla, espinazo pétreo de esta zona de la urbe pierde su condición de farallón clásico cuando pierde su proximidad al monasterio de San Isidoro. Sólo en los Jardines del Cid (al amparo de una prolífica y recia vegetación) recupera, humilde y desmochada, su condición majestuosa de otro tiempo. Derruida quedó para siempre la belleza del antiguo Instituto General y Técnico, triste muestra de una modernidad entendida (¡ay Señor, Señor) con rancia, ignorante y desolada estulticia.

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Desde Ramón y Cajal, en lontananza, se vislumbra un doblete monumental formando una bella paradoja estética: los torreones renacentistas del Palacio de los Guzmanes y el gótico modernista, estilizado de los pináculos de la casa de Botines. La belleza renacentista concebida por Rodrigo Gil de Ontañón halla su réplica moderna en los sueños concebidos por Gaudí. Escoger entre dilema de belleza tan delicado, es vana pretensión. A fin de cuentas... estas líneas surgían desde la ensoñación que supone en lontananza esta suerte de oxímoron estético. Si la duda no queda resuelta... ¡adivínelo Vargas!