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MIGUEL ROJO
León

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Fue cuatro días después cuando Julia se dio cuenta de que no había llevado el medicamento. La pequeña caja con las pastillas estaba sobre las latas del helado. Ella misma la había colocado allí para que no se le olvidaran. Se lo había pedido el boticario cuando fue a comprar a la farmacia aspirinas y alcohol:

-”Oiga, Julia, ¿no tiene mañana una boda en Sahelices?

-”Sí. ¿Por qué?

-”Es que tengo un medicamento para una señora que vive allí. Está mal del corazón, así que corre cierta prisa. Si se lo puede usted llevar, pues mejor; si no, habría que esperar a que fuese Manolo, el pescadero, y no pasa por el pueblo hasta dentro de tres días-¦ Y ya le digo, es una mujer mayor y corre cierta prisa.

Le había contestado que sí, que por supuesto, que le escribiera el nombre de la mujer en la caja y ella se lo daría a cualquiera del pueblo para que se lo entregara-¦ Por eso las había colocado sobre las latas del helado de la boda, pero al final se le olvidaron porque también se le había olvidado coger las latas.

Desde que había empezado con el negocio de preparar banquetes de boda en los pueblos, nunca se había dejado el helado. Era el plato estrella. Aunque más que helado, lo correcto hubiera sido llamarlo batido de helado. Siempre ocurría lo mismo: ella preguntaba a los que venían a encargar el convite si había algún frigorífico grande en el pueblo y todos decían que sí. Luego, resultaba que, si había suerte, el más espabilado del lugar tenía un pequeño Kelvinator donde era imposible meter las dos o tres latas de cinco litros de helado que se necesitaban para un buen banquete. Así que cuando llegaba el momento de la degustación, lo más que se podía servir en las copas era un líquido templado de color rosa o marrón, según fuera de fresa o de chocolate el helado escogido. Pero a la gente parecía gustarle igual. Un helado de postre, aunque estuviese derretido, siempre daba un toque de distinción a cualquier boda que se preciase.

Cuando Julia se dio cuenta de que no había llevado el helado ya era demasiado tarde. Los padres de la novia montaron en cólera y exigieron una rebaja. No le quedó más remedio que aceptar y pedir disculpas.

Ella comprendía que aquello era un desaire para el prestigio de la boda, y por lo tanto para los novios. Al día siguiente, en el pueblo se comentarían los platos servidos y se harían comparaciones con otras bodas recientes-¦ Julia sabía que las cosas eran así. Pero ya no podía hacer nada para remediarlo. Andrés se había vuelto a casa con el coche y no había forma de avisarlo para que le trajera el helado.

En esos momentos de tensión, entre el disgusto por el lvido y la riña con la familia, lo que menos le pasó a Julia por la cabeza fue la cajita de pastillas que se había comprometido a llevar.

T odo había empezado a torcerse hacia las tres de la mañana. A esa hora llamaron a la puerta. Bajó Andrés a abrir, mientras ella esperaba expectante sentada en la cama. Cuando llegó a la cocina y vio la cara desencajada de su hermana, aquella mirada de súplica, se puso en lo peor. Al instante pensó en Mario, pero no.

-”Es el crío, no sé que le pasa, está muy mal-¦

-”¿Miguel Ángel? Pero si esta tarde, después de comer, estuvo aquí charlando con Andresín y parecía muy animado-¦ -”Julia trataba de hacer memoria.

-”Se fue a pescar con el nieto del Carnicerito y se cayó al río-¦ Se mojó entero -”Luisa se sentó en una silla de enea que había junto a la mesa de la cocina. Retorcía las manos como si se las estuviera lavando bajo un chorro de agua-”. Se pasó toda la tarde con la ropa empapada y se quedó helado. Tiene mucha fiebre y una tos horrible. ¡Dios mío! No sé qué hacer-¦

-”¡Coño! No te preocupes tanto, eso es un catarro de nada, como los que todos tuvimos; y nadie se murió por ello-¦ -”rezongó Andrés molesto mientras echaba a andar hacia el dormitorio que estaba en el piso de arriba-”. Las mujeres siempre sois unas exageradas para todo, ¡joder!, mira que despertarnos para esto-¦

-”No, Andrés, no-¦ No es un catarro normal, que está muy malo, de verdad-¦ -”Luisa se cubrió la cara con las manos y se echó a llorar. Apenas se la oía. Su hermana la cogió por los hombros tratando de animarla.

-”Venga-¦ Vamos hasta tu casa. Ya verás como no es nada-¦ ¿Te acuerdas de cuando al mío le subió la fiebre hasta casi cuarenta y dos grados, y luego no pasó nada?

A aquellas horas de la noche, la torre de la iglesia resaltaba imponente sobre el pueblo como un manchón oscuro y vertical; sobre el tejado, la luna, a medio llenar, parecía oscilar ligeramente como si la moviese el viento. Pero las mujeres no se fijaron: caminaban apresuradas y en silencio, con la cabeza gacha y cubiertas por un mantón negro. Un viento frío corría a ras de tierra; Julia sintió el rasponazo del aire contra sus piernas desnudas.

En cuanto Julia vio la cara de Miguel Ángel se dio cuenta de que aquello no era un simple catarro. El chico la miró con los ojos velados por la fiebre. Tenía los labios cuarteados y cada vez que tosía se incorporaba en la cama y se apretaba el pecho con la mano. No se quejaba, pero el dolor hacía que las lágrimas le corrieran por las mejillas. Mario, su padre, estaba sentado en la cama y le cogía una mano. Al verla, la saludó con la cabeza sin decir nada. Julio pensó que estaba mayor, que parecía mucho más viejo de lo que ella recordaba del día anterior, cuando habían estado hablando de la parcelación de las tierras y de las discordias que eso iba a traer al pueblo. El chico, cubierto por las mantas hasta el mentón, ojeroso y con la piel tirante sobre los pómulos, también parecía tener más años. Le puso la mano sobre la frente. Ardía. Miguel Ángel alzó los ojos hacia ella y luego los volvió a cerrar lentamente, como si aquella reunión que se había organizado alrededor de su cama no tuviera nada que ver con él. La cabeza se le hundía en la almohada de una forma extraña, parecía haber adquirido un peso enorme.

J ulia, con la determinación que la caracterizaba, dijo que había que llevarlo al médico cuanto antes, que lo vistieran. A su marido no le iba a gustar la idea. Ellos eran los únicos que tenían coche en el pueblo.

Cuando llegó a casa, Andrés roncaba tranquilamente.

-”¡Al médico! ¿Pero tú sabes la hora que es? -”gritó cuando comprendió lo que su mujer le estaba pidiendo.

-”El chico está muy mal-¦ Si le pasara algo, Dios no lo quiera, nunca íbamos a perdonárnoslo-¦

-”Pero, ¿qué coño le va a pasar? Seguro que es un catarro y mañana ya estará haciendo trastadas por ahí -”rezongó Andrés, removiéndose inquieto en la cama.

-”Yo he visto muchos catarros y esto es algo más grave-¦ Tienes que llevarlo -”dijo Julia con voz suplicante. Se había sentado en la cama y apoyado su mano sobre el brazo desnudo de su marido-. Están vistiéndolo-¦ Es mi hermana y tenemos que ayudarlos.

-”No pienso moverme de la cama por una tontería-¦ He de madrugar y ya me estoy desvelando con estas historia-¦ Y, por si no lo recuerdas, te diré que tú tienes mañana una boda-¦

Julia se levantó y comenzó a vestirse con la ropa que había dejado doblada en una silla pocas horas antes, al acostarse.

-”¿Qué haces?

-”Si tú no lo llevas, lo haré yo.

-”¡¿Pero estás loca?! -”gritó Andrés, incorporándose en la cama-”. Tú no tienes carné.

-”Ya conduje más veces el coche-¦

-”¡Ja!, pero una cosa es moverlo por el pueblo o conducir un tractor, y otra muy distinta ir de noche por ahí.

Julia continuó vistiéndose sin responder. Tras unos momentos de perplejidad, Andrés echó una maldición y apartó bruscamente la ropa de la cama. Se vistió y salió de casa dando un portazo. Poco después, el coche se perdía en la oscuridad de las calles con el enfermo y su padre.

A partir de ese momento, Julia ya no pudo conciliar el sueño.

(De La hoja del ginkgo biloba ,

Miguel Rojo.

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Editorial Difácil, Valladolid, 2010. 160 pp.)