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León

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El manuscrito de nieve

Luis García Jambrina. Ed. Alfaguara, Madrid, 2010. 282 pp.

NICOLÁS MIÑAMBRES

Jugando con el título de la novela anterior (muy bien justificado de forma simbólica en el penúltimo capítulo) Luis García Jambrina se adentra de nuevo en la Salamanca del siglo XV, donde el bachiller Fernando de Rojas, personaje bien conocido de los lectores, deberá llevar a cabo delicadas actividades detectivescas, con la ayuda de maestros religiosos de la novela anterior. La Salamanca oculta de El manuscrito de piedra es ahora la Salamanca de la superficie, si bien, como leemos en el comienzo, «cuando caía la noche, Salamanca se transformaba en una ciudad muy distinta». Con Lázaro de Tormes como guía de «los garitos o casas de tablaje», Fernando de Rojas recibe de Pedro Suárez, el maestrescuela de la universidad, un cometido arriesgado: descubrir quién mató a un estudiante que ha aparecido en la noche salmantina en una tinaja, con las manos cortadas. Se trata de don Diego de Madrigal, de origen noble y conocido tahúr. Será el primero de cinco asesinatos, incluido el de una joven, que presentan una marca macabra: sendas amputaciones de un miembro correspondiente a cada uno de los sentidos. Fernando de Rojas contará, además de Lázaro de Tormes, con la inestimable ayuda de sus viejos amigos de onomástica zamorana: el dominico Fray Antonio de Zamora, herbolario del convento de San Esteban, y el franciscano Fray Germán de Benavente, gran conocedor de las ciencias ocultas y de la nobleza de Salamanca. No falta la presencia femenina, representada por la propia reina Isabel la Católica, doña Aldonza Rodríguez de Monroy y su amiga Luisa de Medrano, personaje decisivo también en la obra de Margarita Torres La cátedra de la calavera. Con relevancia teóricamente menor, aparece Sabela, la amante de Fernando de Rojas, que aún no podrá rescatarla de la mancebía. De condición distinta es la presencia de san Juan de Sahagún, elemento esencial en la clave temática de la obra.

A medida que avanzan las páginas, Fernando de Rojas irá descubriendo, con la ayuda de sus amigos, las claves de los asesinatos, provocados por un exacerbado deseo de venganza y, especialmente, por la invariable rivalidad entre las familias salmantinas de los Maldonado y los Monroy. Ni siquiera la intervención de san Juan de Sahagún conseguirá apagar el odio entre los bandos de San Martín y San Benito. La recuperación histórica de esta rivalidad y el afán de venganza (que constituye el aspecto más erudito de la obra) puede exigir un esfuerzo especial por parte del lector, pero hallará su recompensa al descubrir la clave, original y sorprendente, de los asesinatos.

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El capítulo 24 (« Lo que pasó después» ) se convierte en un bello epílogo humano, en el que no faltan inesperados y curiosos detalles metaliterarios, relacionados con la trayectoria de Fernando de Rojas, que logrará terminar la Comedia de Calisto y Melibea, y de Lázaro González, abogado en Toledo. No faltan indicios que hacen pensar en que podría ser buen protagonista de una obra futura.