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Riña de gatos. Madrid 1936

Eduardo Mendoza. Premio Planeta 2010. Ed. Planeta, Barcelona, 2010. 428 pp.

NICOLÁS MIÑAMBRES

Novelista de reconocido prestigio, y autor de novelas rompedoras en algún momento, Eduardo Mendoza evocó magistralmente la Barcelona de comienzos del pasado siglo en La ciudad de los prodigios. En esta novela, ganadora con toda justicia del Premio Planeta, Madrid es ahora una nueva «ciudad de los prodigios», aunque recreado de forma más ligera en los comienzos de la guerra civil, como advierte el subtítulo. A pesar de la referencia, el lector no debe pensar en que se va a adentrar en una nueva versión de la contienda. El ambiente prebélico de la capital de España (y especialmente los políticos que en ella aparecen) son poco menos que un esperpento humorístico, sin el tono acre y expresionista de Valle Inclán. Aunque poco explicable su título, tal vez esa «riña de gatos» pueda tener ecos literarios del celebérrimo «Callejón del Gato» en la escena XII de Luces de bohemia.

La novela de Eduardo Mendoza es la crónica de las tribulaciones humanas y estéticas vividas en el Madrid de 1936 por Anthony Whitelands, un inglés que llega con una obsesión: certificar la autenticidad de un cuadro de Velázquez, guardado en los sótanos de un palacete de La Castellana. La obra se abre con un fragmento literario prodigioso: la descripción epistolar de las tierras de Castilla, vistas desde el tren, son para el autor el mejor símbolo de lo que ha sido su relación sentimental con Catherine. Su llegada a Madrid es la entrada a una ciudad que vive el clima prebélico de forma peculiar, con la vida inundando todos los ambientes. El hecho de que el dueño del cuadro, Álvaro del Valle y Salamero, duque de la Igualada, sea amigo de José Antonio Primo de Rivera, permitirá al protagonista relacionarse con las altas esferas políticas, descritas siempre de una forma ingeniosa y en forma de caricatura humana muy expresiva. De entre ellas resulta llamativa la figura de Jose Antonio Primo de Rivera. Frente a estas esferas superiores se observa la vida de los estratos más humildes, cuyo símbolo esencial es Toñina, la prostituta adolescente que vive con su bebé a cuestas. A esa expresividad colabora de forma muy directa la onomástica, chusca e hilarante. Algo semejante se observa en la descripción de ambientes, tanto reales como estéticos. Si son sugerentes los primeros no lo son menos los pictóricos: a través de la apasionada y minuciosa mirada velazqueña de Whitellands, entre los conocimientos del novelista son frecuentes las amenas digresiones de diversas muestras.

En el fondo, la obra es una divertida novela negra, en la que las situaciones habituales del género se repiten, si bien el tono jocoso desde el que se contemplan hacen que la novela sea, en muchos pasajes, una obra de humor. El resultado es un libro de gran calidad literaria y de amenísima lectura, a pesar de que muchos lectores puedan sentir un cierto desencanto en su desenlace, precedido de algún suceso difícilmente verosímil, que no enturbia sin embargo los resultados narrativos que alcanza Eduardo Mendoza.

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