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JESÚS FERRERO
León

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Todo mi universo volvió a cambiar de repente, y más tarde pensaría que eso era justamente un accidente: la ruptura de una cadena de hechos que suponíamos tan previsible como inmodificable.

Para mi madre fue un doble suplicio. Aún no había asimilado la infidelidad de su marido, y de pronto se veía obligada a lamanetar su suerte. Cuando los días son muy densos por su contenido de dolor y de desconcierto, podemos envejecer en unas horas más que en varios años. Y supongo que mi madre envejeció mientras le pedía al Cristo de la capilla de la clínica que derramase su bondad sobre el accidentado, todavía en el quirófano.

Mi padre ya llevaba un mes hospitalizado cuando recibió una carta de Rebeca. Con palabras tan dolorosas como distantes, Rebeca lamentaba su accidente, se alegraba de que hubiese salvado la vida, y le confesaba que había roto con Ignacio y que se había instalado en Madrid. Se trataba de una carta de despedida, más fría de lo que mi padre deseaba, que le sumió en la angustia y la postración, a pesar de que ya tenía decidido no volver a verla nunca más.

En esa situación estaban cuando volvió a aparecer mi tío Camilo para decirnos que abandonaba la Compañía de Jesús por discrepancias graves con sus superiores, cada vez más ordinarios y obreristas, y que volvía a ser un simple cura. Don Marcelo, el obispo de Astorga, con el que mantenía una estrecha relación desde su época de seminarista, se había alegrado de su decisión y lo requería para convertirlo en su secretario.

Camilo vio a mis padres tan deshechos que tomó la decisión de llevarme con él mientras mi padre permaneciese hospitalizado.

El cuerpo y el alma aprenden, con la experiencia, a adelantarse a lo peor, pero yo carecía entonces de experiencia y no estaba preparado para lo que me esperaba en Astorga, ciudad en la que iba a residir a partir de ese momento mi tío.

El viaje fue primero en tren, hasta León y, ya en León, un automóvil del obispado nos fue llevando hasta Astorga, una cálida tarde de agosto de 1965.

En Astorga nos estaban esperando Marta, una solterona adusta, y mi prima Clara, cuyo padre militar se hallaba en el Sahara. Clara tenía dos años más que yo y Marta la trataba con mucho mimo, como si fuese su hija. Las dos ya se habían instalado en un pequeño piso del palacio episcopal cuando llegamos.

P or ser una población estratégicamente situada en pleno camino de Santiago, Astorga era ciudad episcopal desde antes del siglo X. A finales de 1886, el palacio episcopal fue pasto de las llamas y el entonces obispo Joan Baptista Grau, que era catalán, encargó el proyecto del nuevo palacio a Gaudí. En 1889 comenzaron las obras, y se hallaban ya muy avanzadas cuando el obispo Grau falleció, y empezaron las dificultades. Las obras fueron interrumpidas por falta de fondos y las reiniciaron otros arquitectos a partir de 1894 y hasta 1914. El edificio continuó inacabado hasta que en 1936 se convirtió en la central de la Falange Española de Astorga y en el albergue de los oficiales de Artillería.

Ahora la Diputación quería finalmente reparar todos los desperfectos causados por los falangistas y los militares, concluir definitivamente el palacio y convertirlo en un museo. Las obras se iban a reiniciar en unos meses. Por eso el obispo don Marcelo había decidido que mi tío habitase un apartamento de la planta baja, provisto de cocina, comedor y tres habitaciones, que antes había sido ocupado por el conserje de la residencia militar. Así podría tener informado al obispo de todos los tratos con la Diputación y de la naturaleza de las obras que iban a ejecutar, y que don Marcelo quería supervisar pues se consideraba un entendido en arte y un amante de Gaudí.

La tarde de nuestra llegada, todo el barrio catedralicio me recibió con júbilo. Me besaron, me abrazaron, me preguntaron mil veces cómo me llamaba, me zarandearon, me colmaron de golosinas, pero lo cierto es que tan sólo tres meses después ya nadie me hacía caso, excepción sea hecha de la señora Patricia, una matrona cuya casa, grande y poblada de hijos y de gatos, fue mi verdadero hogar durante buena parte de mi estancia en Astorga.

La convivencia no empezó mal, pero no tardó en degenerar, en buena parte debido a que formábamos una unidad insostenible donde nadie era el que parecía ser. El que hacía de padre no era un padre, al menos no en sentido familiar, la que hacía de madre tampoco era madre (y no en vano Marta había leído diez veces Yerma y las diez había llorado) y los que hacían de hijos, mi prima y yo, no éramos hijos, al menos no de Camilo y Marta.

E l nuevo mundo al que me habían arrojado me parecía muy enrarecido pero, hasta que no quedaron atrás las navidades, no reconocí que me hallaba en el infierno. Pensaba todos los días en Beatriz, con mayor frecuencia en mi madre, y me había hecho amigo de un niño de mi edad en cuya casa merendaba todas las tardes. La profesora de la academia a la que iba hasta entonces me había cogido un gran cariño y empecé a considerarla mi segunda madre. Como estaba previsto que siguiera presentándome a los exámenes finales en Oñate, mi tío optó por las academias en lugar de por el instituto, y a mí no me importaba, pues me sentía muy amparado por doña Elvira. Desgraciadamente, pasadas las navidades, Marta empezó a sentir una pasión secreta, que le carcomía el alma, por el profesor de la academia que teníamos enfrente: don Mario, que llevaba viudo más de un lustro. Así que el 8 de enero, mientras contemplaba el asilvestrado jardín del palacio, Marta murmuró:

-”Te veo muy suelto últimamente y creo que necesitas un poco de disciplina. Olvídate de doña Elvira.

-”¿Por qué?

-”Porque vas a cambiar de escuela. Hoy mismo vas a empezar a ir a la de don Mario, te queda mucho más cerca y es mucho más seria. Ya he hablado con don Mario y está de acuerdo.

Deseé arrojarme sobre Marta y morder sus manos y sus piernas, pero no me quedó otro remedio que obedecer. La nueva escuela me parecía fría e inmensa, y como era el más pequeño me pusieron en la última fila, donde me sentía perdido y desterrado. Como Marta no se ocupaba de mí, solía ir sucio, desgreñado y con el pelo demasiado largo y todo el mundo, empezando por don Mario, me empezó a ignorar.

(De Balada de las noches

bravas ,

Jesús Ferrero.

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Editorial Siruela, Madrid, 2010. 442 pp.)