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NICOLÁS MIÑAMBRES
León

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Ciertos espacios nacen avocados a un sutil y delicado cometido: servir de misterioso relevo del espíritu de los seres que se fueron. Recogen Dios sabe qué extraño poder misterioso del pasado de los hombres que habitaron esos espacios. No es difícil intuir este proceso en la Casa Roldán: fue símbolo exacto del León moderno, pero sus cimientos se alimentaron del venero medieval que alienta el subsuelo de estas tierras. Y quién sabe si sus raíces no arraigaron próximas al aliento romano de la Legio VII.

La Casa Roldán asienta sus reales en lo que fue espacio del hospital de San Antonio, caserón inmenso y secular donde los desdichados y afligidos peregrinos hallaban alivio a sus ardores estomacales con el panecillo de san Antonio. Pero a este fervor sacrosanto y cristiano, se unía el sustrato del infiel: en el mismo recinto se erigía el torreón de Almanzor, testimonio material, según la creencia popular, de las campañas de aquel moro soberbio y altanero. A precedentes tan egregios se unía, en su nacimiento, la Iglesia de San Marcelo. El copete originario de su torre (no el que surgió de reformas posteriores) fue el referente visible para la altura de la modernidad arquitectónica de la Casa Roldán.

F ederico de Ugalde Echevarría intuyó con perspicacia el destino de su encargo arquitectónico. La Casa Roldán debía crecer en sintonía con el emplazamiento para el que había sido concebida: el corazón de la ciudad leonesa, en ese momento un « encantador pueblón de madreña y pellica », en plástica expresión de Victoriano Crémer. La casa nacía, en su vertiente meridional, próxima al rancio y secular leonesismo del Patio de Comedias y al edificio del Consistorio, como bien recuerdan Las Políticas ceremonias del Marqués de Fuente-Oyuelo. Por el septentrión miraba (con un vanguardismo atrevido, moderno y casi hiriente) a la Plaza de La Constitución, o de La Libertad, o de Santo Domingo... Poco importa la variable onomástica que fue definiendo con el paso del tiempo a tan egregio recinto ciudadano. El corazón de la urbe era la síntesis perfecta de los nuevos tiempos: próximo al espíritu comercial de Pallarés, el Casino era festivo contraste en su culto al ocio y el bene vivere . Cercano y egregio, el Instituto General y Técnico, dotaba de una pátina de intelectualidad a las jóvenes generaciones de leoneses. Tampoco la hostelería quedaba en desamparo. El hotel Oliden emergía como recinto de acogida a la aristocracia de los viajeros llegados a esta tierra. Casa Lubén, en triste semejanza, enviaba al mundo del olvido el Mesón del Pico, mítico refugio para arrieros y tipos de condición popular, donde se luchaba contra la dureza del vivir diario: « En las tabernas -”escribe Antonio Gamoneda-” se entreabrían las sombras y, sobre los mármoles fríos, o sobre tablas olorosas a lejía, se pacificaban el vértigo de los andamios, el rencor de las hélices, el aliento venenoso de la soldadura. Con sus grandes manos alcanzaban los vasos purpúreos y decían palabras ásperas y paternas» . No faltó el testimonio religioso de las Agustinas Recoletas, inmolado de forma alevosa a la voracidad de la piqu eta.

Como símbolo de estos nuevos mundos La Casa Roldán , con aire inglés y aristocrático, nacía mirando a la Plaza de Santo Domingo, como señorita orgullosa que no quiere desmerecer en su presentación social. Su fachada septentrional ni siquiera quedó profanada con puertas de acceso doméstico. La modernidad de los nuevos negocios exigía su óvolo de privilegio comercial. Grandes firmas dieron lustre a esa fachada norte, en la que estuvo presente el reloj que iba a marcar durante décadas el caminar de los leoneses. Lo ha evocado con emocionada nostalgia Luis Mateo Díez: « La imagen de ese ojo del tiempo, donde todos fuimos alguna vez a mirarnos, en alguna espera, en algún tránsito, infinito o fugaz»: Desaparecido el reloj, se lamentaba el escritor: « Sin el Reloj nos sentimos después más huérfanos, y el tiempo, esa inclemente prisión, fue mucho menos compasivo con la ciudad y con todos nosotros ».

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P ero el tiempo, inmisericorde con los humanos, no lo es menos con los espacios que éstos crean. Y la Casa Roldán fue ensombreciéndose, recibiendo la herida de modernidades brutales e irracionalmente entendidas. La bella dama del moderno Ensanche leonés necesitaba un lavado que rescatara la tersura de su bella epidermis de verde aceitunado y blancura sin mancha, respetando sobriamente la pétrea finura de sus formas. La sabia mano de restauradores leoneses ha obrado el milagro: La Casa Roldán luce de nuevo deslumbrante en su esplendor. Es una lástima que no haya retornado aquel reloj, plasmado en una fotografía de Garay, que daba sosiego a nuestras inquietudes juveniles y paz a nuestros sueños adolescentes.