Diario de León

Publicado por
JUAN PEDRO APARICIO
León

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Etxeandieta llevaba varias horas de conducción cuando decidió echarse una siesta a la sombra de un árbol centenario. Estacionó la furgoneta en una pradera y se tumbó con la espalda apoyada en el tronco. Una de sus ramas se tronchó y cayó sobre el cráneo de Etxeandieta. Le pareció entonces que el árbol le hablaba: «¿Cómo te atreves a considerarte el mayor amante de tu tierra cuando andas siempre zascandileando, mientras yo, que doy frutos y sombra a todo el mundo, me mantengo fiel a mis raíces sin moverme jamás del lugar que me vio nacer?». Cuando Etxeandieta despertó era otro hombre, cuya aspiración natural era ser un ciudadano del mundo.

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