PARA PENSAR
Sembrador en tierra

«Es más satisfactorio contemplar las estrellas que aferrarse a la tierra; mientras la tierra puede causar temores, el cielo nos trae soluciones y salvación».
Las casas que uno ha habitado no son sólo paredes y muebles, sino sueños, amores, problemas, satisfacciones, recuerdos y vivencias.
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A veces los sueños son incompatibles con la riqueza, por lo mismo que la muerte se lleva mal con la esperanza.
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Quien da limosna no lo hace por favorecer a quien la recibe, sino para tranquilizar la propia conciencia.
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El amor no entiende de futuro, porque se rompería el encanto del presente y dejaría de vivirse con pasión.
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Las preguntas son propias de la juventud, que espera respuestas de la madurez y posibles soluciones muchas veces con la vejez; todo lo demás es curiosidad y deseo.
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En la vía láctea todos tenemos una estrella y por eso se conoce como el principal camino de peregrinación.
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El lugar más amable en la vida es de los propios orígenes porque sus raíces pueden generar felicidad y vidas nuevas.
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Sólo se vigila el exterior cuando hay temor e inseguridad; es mejor mirar al interior para conseguir la calma y la tranquilidad.
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En muchas circunstancias las cosas inútiles son las que terminan dando sentido a la vida; por eso lo sencillo y los detalles superficiales señalan los caminos de la verdad.
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Para que haya armonía el corazón y la cabeza deben compenetrarse en el respeto mutuo. Las dos claves están en frenar impulsos y arropar razonamientos.
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En cada mito, en cada leyenda, siempre hay componentes de un profundo conocimiento para entender las creencias y los sentimientos humanos.
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Los mestizajes generan tensiones, pero con el tiempo aportan novedades positivas y creadoras. Marcan los caminos de la esperanza.
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Cuando alguien se siente elegido y en posesión de la verdad tiene fácil el camino del fanatismo integrista y la intolerancia más absoluta.
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El camino de la madurez se recorre a través de las dificultades, los problemas y las realizaciones personales; todo ello pasado por el tamiz de la purificación y la limpieza.
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El creyente sincero siempre se sentirá como instrumento de la divinidad; lo que ocurre es que la fe por sí sola no cura los defectos humanos.
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Las creaciones artísticas, las consecuciones materiales y la acumulación de bienes no valen nada, si no pueden ser compartidas.
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Al contar la verdad conviene tener ciertas precauciones: quien la escuche debe ser persona razonable, para no caer en falsas interpretaciones y malévolas conclusiones.
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Entre los malhechores y algunos activistas políticos las normas que rigen sus relaciones son la solidaridad, la lealtad y el apoyo mutuo, porque en ello les va el futuro.
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El género humano necesita entender la naturaleza, para captar sus bondades y su generosidad; de lo contrario corremos el riesgo de caer en el absurdo.
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Si entendiéramos todo el Universo, quizá no le veríamos sentido a la parcela de la vida humana.
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No conviene pedir a los demás demasiadas explicaciones e informaciones, porque se coartaría la libertad y se empobrecería la convivencia.
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Lo peor para el emigrante no es la reacción de las gentes que lo reciben, sino la indiferencia de sus países y sus paisanos.
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Hay siempre una visión amable de las victorias; lo malo es que también hay vencidos y con ellos la amabilidad no existe.
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Donde la medicina no llega se intentan soluciones religiosas sin tener en cuenta que el remedio puede estar en uno mismo.
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Consideramos grave mentir, pero lo terrible radica en la reiteración que nos lleva a creernos nuestras propias mentiras.
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Puede confundirse la persona prudente con la pusilánime, porque a ambas les preocupa la toma de decisiones y tienen miedo al futuro.
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Uno de los grandes misterios sociales se refiere a los ricos de los que no se sabe bien cuáles son sus necesidades reales y qué hay de ostentación y apariencia.
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Con frecuencia los grandes acontecimientos, los pensamientos más ponderados se suelen expresar en un lenguaje sencillo, pero preciso.
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Si se come poco y mal la generación de dolor, odio, malhumor y tristeza están a flor de piel. Apelar a la resignación sólo amortigua, pero no soluciona.
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Para entender lo abstracto hace falta una buena formación, propia de inteligencias civilizadas y con aptitudes creativas.