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León

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La casa de Perotti era una especie de habitación con una inmensa claraboya en la que se acumulaban las cosas más absurdas. Mapamundis, gramófonos, negras máquinas de escribir, dibujos a lápiz de mujeres extrañas, violines, monóculos, miniaturas de bicicletas, trajes de terciopelo… Y sobre todo, paraguas. Un centenar de paraguas negros de todas las clases perfectamente ordenados en una esquina. Igual que perfectamente ordenado estaba todo, distribuido por el suelo, en mesas y estanterías como si se tratase de una exposición. No había ni una telaraña ni una gota de polvo. En la estancia se oía el tic tac de los relojes, había empezado a llover, en la claraboya golpeaban las gotas de lluvia y ocho hombres y una niña miraban cientos de paraguas oscuros.

—Esto, señores, es la tristeza –dijo Vázquez».

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