Diario de León
«¡Qué tarde tan hermosa dejándose caer sobre la iglesia de San Isidoro! Las escenas evangélicas de la fachada que llamaban del Perdón sosegaban con sol de atardecida…, y los signos del Zodiaco, enmarcando figuras de santos, parecían de oro viejo».

«¡Qué tarde tan hermosa dejándose caer sobre la iglesia de San Isidoro! Las escenas evangélicas de la fachada que llamaban del Perdón sosegaban con sol de atardecida…, y los signos del Zodiaco, enmarcando figuras de santos, parecían de oro viejo».

Publicado por
CONCHA LÓPEZ NARVÁEZ
León

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Endrina se olvidó de la inquietante muerte. Allí estaba la vida amable de las cosas diarias y sencillas…

—Salgamos, Henri —murmuró con los ojos brillantes.

Los ojos de aquel grande oso rojo le estaban sonriendo…

¡Qué tarde tan hermosa dejándose caer sobre la iglesia de San Isidoro! Las escenas evangélicas de la fachada que llamaban del Perdón sosegaban con sol de atardecida…, y los signos del Zodiaco, enmarcando figuras de santos, parecían de oro viejo… Había nidos de golondrinas en los arcos del pórtico y la alegría de vuelos negriblancos rodeando la torre. Endrina y Henri los miraban cogidos de la mano.

Don Guillaume y la anciana Olalla salieron luego del templo. El uno estaba sumido en un hondo silencio; pero la otra no cesaba de hablar:

—He venido tantas veces a esta ciudad, y tengo oídas tantas cosas… ¿Sabíais por ventura que una iglesia pequeña que aquí había en tiempos anteriores la destruyó aquel moro perverso, y aún recordado por sus muchas maldades, que se llamó Almanzor? Pues él lo hizo, igual que destruyó tantas otras que había en el camino que iba a Santiago… Pero años más tarde, Fernando, el primer rey de Castilla, y su esposa, doña Sancha, comenzaron las obras de ésta que aquí veis ahora; después, su hijo Alfonso VI la llevó hasta buen fin… Y éste, hermanos, es un templo de prodigios enormes —añadió envolviendo su voz con tonos de misterios—. Sabed que las piedras de sus muros sangraron, sí, sangraron, no me miréis con duda, los tres días anteriores a la muerte del rey don Alfonso VI… Y a veces las campanas avisan tristes hechos, tañendo por sí solas…

La de la buscaperdones era un hondo susurro; y Endrina apenas si la oía, porque había vuelto a pensar en Diago, su hermano, y en el sorprendido gozo que tendría al verla. Pero de pronto los susurros de Olalla se le tornaron voces claras:

—En este mismo lugar de San Isidoro, el joven rey de León, Alfonso IX, el mismo que hoy, veinticuatro de los días de junio, ha de ser armado caballero en San Zoilo de Carrión, sin que estemos presentes —añadió, mirando con un cierto reproche a don Guillaume—, corriendo el mes de enero, a la muerte de su buen padre convocó una curia regia en todo singular, pues mandó que acudieran no sólo los ricos hombre y los clérigos, como era costumbre, sino también gentes elegidas por los concejos de las villas.

E l corazón de Endrina comenzó a latir con prisas: ¡villanos en una curia regia!... Nunca se había visto en todas las Españas un hecho semejante… ¡Voces de hombres del pueblo alzadas ante el Rey junto a voces de noble y clérigos! ¡Oh, si su abuelo Gonzalvo y su tras abuelo Xoan pudieran saberlo de algún modo, saltarían de gozo en sus tumbas!...

¡Qué deseo tenía de hablar sobre aquel hecho con su hermano Diago!... «Aprisa, Henri; aprisa, don Guillaume; aprisa, buena Olalla…, y tú también aprisa, Juan sin cuitas, vayamos inmediatamente al encuentro de Diago!».

Y con muy grandes prisas marcharon allí, donde, según creían, tenía tienda y casa Diago de Tabladiello. Pero, ¡ay!, que la hallaron cerrada a cal y canto, y ninguno de los que preguntaron supo darles noticia de dónde se hallaba; alguien les confirmó en lo que ya sabían: que iba y venía con frecuencia hasta tierras de moros o a otras todavía más lejanas, llevando caballos de Castilla, armas de Toledo, lanas de León, esmaltes de Cataluña…, trayendo luego ricos paños de Flandes; vidrios y joyas de Francia y de Inglaterra; maderas preciosas y telas recamadas de Al Ándalus…

—¿Por dónde estará ahora? —preguntaba Endrina a todo el que decía conocerlo.

Pero nadie daba respuesta segura a sus preguntas.

—Diago es libre como el viento, y a ninguno da cuenta de sus hechos —le decían.

Ya los había tomado el desa-liento cuando una voz, oída a sus espaldas, comenzó a llamarlos por sus nombres.

—¡Sancho el flaco, mi buen amigo, de qué modo me alegra tu presencia! —exclamó la anciana Olalla.

Y también se alegraron todos cuando oyeron que el buhonero conocía a Diago y podía decirles con certeza que todos los años solía volver de las tierras de Flandes cuando entraba el verano.

—El verano ya ha entrado; por tanto, Diago estará por llegar. Un año tras de otro mi buen Alí y yo vinimos a León por estas mismas fechas, y en más de una ocasión hallamos buena acogida en su caravana, entre los hombres que con él van a sueldo —explicó Sancho el flaco.

Oyéndolo Endrina tuvo mucho contento; pero también una cierta inquietud, temiendo que por algo retrasara su vuelta. Además estaban las alforjas vacías y las sandalias con las suelas gastadas, y de Diago esperaba hallar ayuda para unas y otras; además, habían de alojarse en posada, pues no hallaron lugar en hospital de peregrinos. Pero ¿cómo podrían hacerlo? Sin Diago no tenían ni un sueldo ni un dinero… Por buscarlos marcharon luego a la plaza del mercado.

Endrina hizo tañir su flauta con sonido de pájaro, y Henri cantó con su voz más clara y más alzada; pero ¡había tantos peregrinos pobres aquel día en León, tantos cantos, tantas flautas sonando…!

Con las manos vacías y el corazón a la misma distancia de ánimo y desánimo, fueron todos a tomar un poco de reposo a un lugar escondido, cercano a la iglesia de San Isidoro, que aunque no tenía otro techo que el de las estrellas, les era suficiente, que estaban en verano y el calor apretaba.

S e alzaron a los gallos cantar, pensando que el día habría de traerles a Diago; pero allí estaba el día y Diago seguía sin llegar… Y otra vez la plaza del mercado, y otra vez la flauta de Endrina con sus sones al aire, y la voz de Henri Bernat haciendo por despertar los bolsillos dormidos… Don Guillaume y la anciana Olalla extendieron sus manos, pidiendo caridades sin pronunciar palabras…, pero, ni un sueldo, ni un dinero…

—Toca, toca, Endrina, que pobre porfiado siempre logra mendrugo —decía la buscaperdones.

—Y si no lo halláremos, ya veremos la forma de hacer algún trabajo, por pesado que sea —añadió Henri.

Pensando en ello estaban cuando se alborotó la multitud de pobres peregrinos. De pronto, remolinos de pasos y de voces, risas y ojos brillando de esperanza: una numerosa y bien pertrechada comitiva iniciaba la entrada en la plaza. Don Guillaume palidecía un momento; pero en seguida recobró su color: moros eran los que entonces llegaban y en nada parecía temerles, según observó Endrina. «Qué cosa tan extraña —pensó—. Huyen de los cristianos que son de casas nobles, y más aún si llegan de las tierras de Francia… Y no temen a un conde, a un duque, o a un obispo solamente, sino a todo conde, obispo o duque». Pero sus pensamientos se quebraron muy pronto, porque en la plaza el bullicio crecía. ¡Qué alboroto de manos extendidas hacia guantes de seda! ¡Qué pobreza cristiana suplicando limosnas a riqueza de moros!... «A mí»… «A mí, señor»… «A mí»… Luego una lluvia de monedas al aire, y en apretada pugna por hallarlas, mendigos, truhanes, peregrinos… Cuerpos cayendo, gritos, protestas… Y de pronto, un quejido angustioso, y don Guillaume con la mano al pecho y el rostro con la color perdida. Endrina y Henri corrieron en su ayuda. ¡Oh Dios!, ¿qué le podría pasar ahora?, ¿estaría herido por un dardo de muerte, igual que el buen fray Roderick?... El anciano peregrino apenas podía dar voz a sus palabras:

—¡Henri, Henri, hijo mío, me han robado la joya! —susurró con ojos de extravío.

«¡Ay, Dios! —pensó Endrina—. Algún truhán, observando el cordón que llevaba en el cuello, debió tirar de él, y quebrándolo, huyó con lo que era tesoro más preciado que su vida».

La gran ira de Henri rompió en su pecho con grito de oso enfurecido:

—¡Al ladrón!...

—¡Al ladrón! ¡Al ladrón! —sonaron otros gritos…

Al ladrón. Pero ¿quién era y por dónde escapaba?... Un hombre iba huyendo, con carrera de galgo, por la plaza adelante….

—Por allá escapa, detenedle!...

—¡Detenedle!...

Endrina y Henri corrían empujados por vientos de ansiedad:

—¡Que no huya! ¡Que no escape!...

Pero aquel hombre, del que nada veían sino la espalda, conocía la ciudad de punta a punta: calles, callejuelas, plazas, esquinas, pasadizos…

(De Endrina y el secreto

del peregrino ,

Concha López Narváez.

Ed. Espasa-Calpe,

Madrid, 1987. 274 pp.)

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