aurelio loureiro escritor
«León es fértil en mundos imaginarios»
En lugar de tendencias, yo hablaría de actitud ante el proceso literario. La más clara en los últimos años: la ansiedad

El escritor leonés y director de la revista ‘Leer’, Aurelio Lourerio
El escritor leonés Aurelio Loureiro (Olleros de Sabero, 1959) ha obtenido múltiples reconocimientos en el campo del relato (NH, Caja España, Antonio Machado…). Con una mirada privilegiada sobre la actual literatura española desde la dirección de la revista Leer, está ahora enfrascado en la redacción de su segunda novela, cuyo protagonista, según sus palabras, «decide cambiar el sueño americano por una mina perdida en León, al pie de los Picos de Europa».
—Usted ha obtenido diversos premios de relatos. Incluso ha publicado dos libros. ¿Progresa el aprecio por este género de narrativa breve o sigue aún intentando abrirse espacio?
—En cuanto a visibilidad creo que ha habido un progreso evidente. Ya no es raro encontrar entre las novedades un libro de relatos de tal o cual autor; tanto autores nuevos como consagrados. Da la impresión de que las editoriales ya no le tienen tanto miedo al género y a su difusión; algunas incluso lo miman especialmente. Lo que no tengo tan claro es que aún pueda competir con la gran dama de la literatura (la novela, a pesar de sus reiteradas defunciones) y, menos aún, con esos productos de rápida factura que nacen con la etiqueta del éxito grabada en la portada.
—¿Por qué deberíamos leer relatos? ¿Cuáles han de ser los cauces más fértiles de su difusión y acercamiento?
—Por el asombro. La capacidad de sorpresa que aún mantiene el género breve frente a la novela, en mi opinión, más previsible. Sigo pensando, después de tantos avatares, que hay pocas cosas más próximas a la felicidad para el lector agradecido que un buen cuento. Rara vez un libro de relatos aspira a figurar entre los más vendidos, pero sí entre los más leídos. Ahí no hay trampa, pues sobran las costuras. El modo de acercarse al género depende de la aplicación de las editoriales, de la capacidad del escritor para abstraerse de los cantos de sirena y del criterio del lector. Sin olvidar los concursos y esos otros vehículos complementarios del papel que también sirven para crear y difundir la imaginación.
—Tiene igualmente publicada una novela, ‘La séptima jornada’. Sin embargo, hace ya seis años que esperamos un nuevo título…
—En la presentación de La séptima jornada dije al respecto que la vida consume mucho tiempo; si la vida se tuerce el gasto se dispara. Esta circunstancia que, en algún momento, puede ser propicia para la creación (de hecho he escrito dos novelas más y un libro de relatos), requiere de un esfuerzo especial cuando se quiere poner en circulación el producto del trabajo. Sigo pensando, a pesar de todo, que la prisa sirve más al mercado que a la literatura y que hay que tener paciencia para esperar el momento y el lugar adecuados.
—Usted dirige la revista ‘Leer’, sin duda un magnífico escaparate literario. ¿Cómo ve la salud de la actual literatura española?
—En el último número de Leer’ precisamente, he publicado un artículo alertando de los riesgos que corre la novela (al margen de necrológicas coyunturales) en manos de la oferta y la demanda. Una llamada de atención que no pierde vigor aunque la mesa de novedades de este otoño, donde no es novela todo lo que reluce, quiera enmendarme la plana.
—¿Y en concreto, de la narrativa?
—A la vista de la amplia y variopinta oferta de novedades que se disputarán los favores del lector a la vuelta del verano, cualquiera diría que esa enfermedad crónica que se le supone a la literatura es un mal cuento que alguien nos ha hecho creer para que no bajemos la guardia. Tal parece que las editoriales, ya sea para poner coto a la crisis o para desmentirla, han puesto en jaque a sus mejores efectivos; lo cual, sin duda, dará lugar a interesantes propuestas. Eso hará que se mantenga la expectativa. Luego ya se verá.
—¿Hay tendencias claramente definidas?
—En lugar de tendencias (mucho más difuminadas que en el último cuarto del siglo pasado), si dejamos de lado el uso (y a veces el abuso) de subgéneros (histórico, negro, fantástico, etc…), yo hablaría de actitud ante el proceso literario. La más clara en los últimos años: la ansiedad, la prisa, la necesidad de acortar el camino entre la escritura y la lista de libros más vendidos, la sustitución del lector por el comprador, la rendición absoluta al mercado, la tendencia a la banalidad que hace que muchos libros sean productos iguales.
—El peso literario de León es ahora, seguramente, lo más sustantivo de esta tierra. ¿A qué cree que pueda deberse el fenómeno? ¿Hay características que permitan hablar de grupo?
—Hace mucho que lo es y, en mi opinión, se debe a la singularidad de los autores y a la versatilidad de los asuntos que tratan. No hay duda de que procedemos de una tierra fértil en mundos imaginarios y pródiga en escritura. Más que características que los agrupen, lo que importa es el excelente tono de su calidad literaria, su compromiso con la difusión de la literatura, su comunicación interna y la frecuente aparición de nuevos autores que tienen el mismo compromiso.
—Y, sin embargo, es un hecho histórico puntual que quizá no hayamos valorado en su justa medida, y, por tanto, sin aprovechar convenientemente…
—Es cierto que la coincidencia entre cantidad y calidad no se da con mucha frecuencia. Supongo que estamos de suerte. Lo del aprovechamiento no me atrevo a valorarlo.
—¿En qué se ocupa ahora mismo como creador?
—Una novela. El protagonista es un adolescente que desde el fin del mundo en la costa de Galicia, a punto de embarcar, decide cambiar el sueño americano por una mina perdida en León, al pie de los Picos de Europa. Alguien le convence de que las galerías de la mina esconden un gran tesoro. A su búsqueda dedicará toda su vida, todo un siglo, más allá de la jubilación, la enfermedad, la decadencia y la locura. Por cierto, no es biográfica.