Diario de León

poesía

Intermitente escucha la conciencia

lo solo del animal Olvido García Valdés Tusquets, Barcelona, 2012. 206 páginas.

Publicado por
josé enrique martínez
León

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La obra de Olvido García Valdés es una de las más altas aventuras poéticas del momento presente. Lo sabíamos antes de que en 2008 publicara toda su poesía en Esa polilla que delante de mí revolotea , un título que delata el apartamiento voluntario de lo común y previsible; raro es también el título del poemario que reseño, Lo solo del animal , que, según la poeta «propone una meditación sobre lo animal de la soledad, un lugar no verbal, de existencia, en que coincidirían todos los seres, pero que aquí se abre al conocimiento y se afila en la conciencia». Son títulos que producen un punto de extrañeza; pero ¿algo que no la cause puede ser poesía? La sorpresa no reside en vuelos líricos o en desconsideradas abstracciones.

La poesía de la asturiana se aferra a la materia con tal fuerza que, acabada la lectura parece que seguimos escuchando a los mirlos, sintiendo la soledad de las mujeres solas o descubriendo los matices de la luz mientras amanece. Observar, recordar lo observado ahora o antes y transfigurarlo: son las operaciones poéticas, aunque en la poesía de García Valdés parece que basta el nombrar con leves incursiones del pensamiento o de la emoción discreta. Están muy presentes, por lo tanto, los sentidos. Ellos perciben el mundo y desde ellos el mundo se hace poesía. Otro sentido interior es después el que opera, un sentido interior puede llamarse conciencia o, mejor, conciencia a la escucha.

Los poemas de Lo solo del animal discurren por dos caminos cercanos: en unos predomina lo narrado, una pequeña sucesión de acciones menores, sin un principio ni un fin con lógica habitual, pues suelen ser trozos de realidad: ese presente, ese estar ahí. Por ejemplo, la conversación de dos hombres, fuera, de la que llegan palabras incomprensibles. Nada más. Subrayan lo fragmentario de esta poesía la ausencia de mayúscula inicial y de punto final en cada poema: fragmento, retazos que se reconstituyen en la lectura del libro como unidad.

Otros poemas, en cambio, son especie de estampas. Desaparece la acción mínima y el poema cifra el mero mirar. En este sentido, muchos poemas son una écfrasis inversa: no traducen verbalmente un cuadro pictórico, sino que lo pintan con palabras. Tal apreciamos en la lectura de poemas como Vives sola, es pastora... Un cuadro compasivo, porque esta poesía se compadece con las cosas y sobre todo con el dolor y la soledad, con la soledad inexpugnable de uno mismo en último extremo.

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