«Ningún libro parará nunca una guerra»

l. ... y, a la vez, la literatura bélica es «imprescindible». Dos renovadores del género hablan de armas y letras . fernando marías y carlos fidalgo son autores de novelas bélicas con un poco común sello fantástico. y el primero de ellos ha visto cómo su ‘invasor’ acaba de ser llevada a la gran pantalla

raquel p. vieco

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emilio gancedo
León

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P or quién doblan las campana s, de Hemingway; La roja insignia del valor , de Crane; Los desnudos y los muertos , de Mailer; Doce del patíbulo , de Nathanson; Kapput , de Malaparte… y así muchos y muchos títulos, desde Gilgamesh y la Ilíada se ha venido vertiendo casi tanta tinta sobre el papel o el pergamino como sangre en los campos de batalla de todos los continentes. Es la guerra, brutal máquina de amontonar cadáveres, botín y poder, el más triste de los negocios humanos, negra e inseparable compañera del hombre, el colmillo del saurio que aún vive en nosotros. Y, como tal, materia literaria de primer orden, inspiradora de obras maestras que han alumbrado los peores (y los mejores) rasgos de nuestro furtivo y torturado rostro desde Guerra y Paz hasta Vida y destino ; retrato humano, en fin, por excelencia. En nuestro país y durante las últimas décadas la letra bélica se había ceñido, de forma casi mayoritaria, en torno al fantasma de la Guerra Civil, pero últimamente han surgido novelas de autor español que buscan sus escenarios en conflictos acaecidos en geografías tan lejanas como de plena actualidad informativa, y cuyos textos contienen un poco habitual sello fantástico que los dota de extraordinaria sugerencia.

Dos de ellos, quizá los únicos que reúnen estas condiciones al cien por cien, son Fernando Marías, cuya novela Invasor acaba de ser llevada al cine por Daniel Calparsoro, y el leonés Carlos Fidalgo, periodista del Diario y autor de El agujero de Helmand . Irak, en el primer caso, y Afganistán, en el segundo, son los atribulados decorados de estas dos obras sobre las cuales sus autores charlaron, juntos, el pasado 15 de noviembre en Valencia. Filandón les ha vuelto a reunir para que se pronuncien sobre algunos detalles de la literatura bélica y fantástica.

La primera cuestión es obligada, y dado que la guerra está entre las cosas más prosaicas y alejadas de la magia que pueda encontrarse, ¿por qué ambientar relatos fantásticos en este escenario? «En mi caso —avanza Fernando Marías—, fue precisamente por lo insólito de la propuesta. Me parecía que el reto de crear una novela que pudiera leerse como fantástica y como realista era la mejor forma de escribir sobre la esquizofrenia del personaje». «La guerra es un buen campo de batalla para la literatura fantástica justamente por eso, porque es un escenario prosaico y duro, donde resaltar los contrastes entre lo que es real y lo que es inexplicable, y esa es una de las claves del género —reflexiona a su vez Fidalgo—. El agujero de Helmand comienza como una narración realista, la historia de un pelotón de marines destinados en Afganistán que tiene que hacer guardias nocturnas sobre un antiguo osario de soldados soviéticos. Los talibanes a los que combaten son una sombra, una presencia inquietante que nunca acaba de materializarse del todo, pero que aparentemente va dejando señales de su crueldad, hasta que el protagonista empieza a descubrir que hay algo mucho peor que la guerra. Algo que no acierta a comprender pero que está dentro de él. El escenario bélico potencia su angustia, y es el detonante que hace estallar el misterio que no puede faltar en cualquier relato fantástico».

En cuanto al porqué de los escenarios elegidos, Marías explica que empezó a escribir Invasor «por mi afán de pronunciarme contra la entrada de España en la guerra de Irak». «Haberla ambientado en otro escenario habría resultado inimaginable a priori, aunque es verdad que, una vez terminada la novela, su esencia es aplicable a cualquier guerra. Pero, eso sí, no tendría la misma intensidad», avisa. Mientras tanto, entre las razones aducidas por Carlos Fidalgo están que el Afganistán de su novela es «un territorio real y a la vez mítico. Todavía se aprecian las huellas del paso de Alejandro Magno, un personaje histórico, pero también uno de los grandes mitos de nuestra civilización. Y un paisaje áspero, un lugar de espejismos y de equívocos como Afganistán, con un río como el Helmand que no desemboca en el mar, sino en un lago, lo convierten en un lugar fascinante para contar una historia».

Sobre algunos de los títulos bélicos más apreciados por estos dos autores, el periodista del Diario nombra a Dino Buzzati y su novela El desierto de los tártaros . «Creo que Buzzati narra muy bien la angustia de un soldado que espera por un enemigo que no llega nunca. Pero también podría citar varias películas, desde Senderos de gloria , de Kubrick, a Apocalypse Now , de Coppola. La guerra es una miseria muy grande y, por desgracia, el cine más popular siempre lo ha disfrazado. No hay nada glorioso, ni es ninguna aventura andar matándose por otros». Marías, en cambio, escoge La gran marcha , de Doctorow, sobre la guerra civil norteamericana. «En cuanto al cine, creo que ninguna película refleja la guerra ni de lejos. Alguien que ha estado en batallas me dijo una vez que el cine nunca ofrece el sonido esencial: los gritos atroces de los heridos, que se imponen sobre el ruido de los disparos. Un espectador no lo soportaría».

¿Pero es que no hemos aprendido nada, no ya de los cronistas bélicos, sino de todos los desastres que la guerra ha provocado desde que el mundo es mundo? En otras palabras, ¿sirve la literatura bélica para algo? Responde Marías: «Obviamente, ninguna novela ha parado ni va a parar ninguna guerra. Pero los libros de guerra valen para dar a conocer los hechos, para que se sepan las verdades, para que se pueda reflexionar sobre ellas. No sirven para nada y, a la vez, son imprescindibles». «Alguna vez he dicho —apostilla Fidalgo— que no estamos tan civilizados como creemos y que los traumas de la guerra no se heredan de generación en generación, por eso seguimos cayendo en los mismos errores. Siempre hay un imperio trazando el mismo círculo vicioso de la guerra. Habremos evolucionado como especie cuando seamos capaces de eliminar la guerra como forma de resolver conflictos. Y la literatura también tiene que contarlo».

¿Es que es necesario, para que las sociedades occidentales sigan viviendo como viven, que en otras latitudes estallen sangrientos conflictos? «Recomiendo ver la escena final de Los tres días del cóndor (Sidney Pollack, 1976), entre Robert Redford y Cliff Robertson. Ahí lo resumen todo con nitidez estremecedora. Suscribo cada palabra, cada terrible palabra de esa secuencia», aconseja Marías, que es premio Nacional de Literatura Juvenil y premio Nadal, entre muchos otros. El ejemplo que Fidalgo pone sobre la mesa es éste: «La II Guerra Mundial sacó a los Estados Unidos de la Gran Depresión en mayor medida que el New Deal ».

Como espectadores, hablan también de la versión fílmica de Invasor . Y así, el autor berciano le dice al bilbaíno que su novela le parece «más inquietante que la película, que borra del guión los elementos fantásticos para contarnos una historia sobre las cloacas del Estado». «La transfusión de sangre que sufre el protagonista abre una puerta al terror. La película es otra cosa», enfatiza. Pero a Marías le gusta mucho, y eso que encontró muy cambiada su historia. «Las dos veces que he visto una novela mía en el cine he sentido una gran fascinación, ¡el universo que creaste surge en la pantalla reinventado por otro!».

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¿No ha sido ‘cortejado’ Fidalgo para traducir a imágenes su novela, ganadora del premio Tristana de novela fantástica en 2010? «Creo que no sería difícil imaginar una adaptación teatral, sus diálogos y las situaciones se prestan para un montaje sobre un escenario. Y en cuanto al cine, alguna vez he hablado en broma con Alberto Evangelio, que rueda cortometrajes de terror con su propia productora en Valencia, sobre las posibilidades cinematográficas que tiene la novela. Quién sabe si la broma no se acaba convirtiendo en algo serio…».