«El rey nos vino de miedo pero hoy puede ser una amenaza»
l. El escritor de ascendencia leonesa Diego Medrano publica ‘Historia golfa de las monarquías hispánicas’. Es el personaje más surrealista que circula por el panorama literario español. De ascendencia leonesa, Diego Medrano, al que gamoneda califica de «convincente terrorista» , es autor de ‘historia golfa de las monarquías hispánicas’, en la que no deja rey con cabeza...

El escritor de ascendencia leonesa Diego Medrano, ante una pintada que refleja su modo de pensar
—¿Por qué una guía regia de descarriados?
—Porque el mal camino enseña mucho más que el bueno. Aquello que decía Mae West en el cine: «Cuando soy buena, soy buena. Pero cuando soy mala, soy mejor». Los reyes igual o, si usted quiere, todavía peor. Estudiar al microscopio el mal es la mejor terapéutica posible. En lugar de enseñarnos el cielo, los curas, harían mejor documentales a tiempo completo sobre el infierno… Ya sabe lo del clásico: «El cielo por la temperatura y el infierno por la compañía». Los reyes golfos, acompañan en extremo.
—De Sigerico a Urdangarín, ¿con quién se queda de todos?
—Me quedo con el Alfonso X el Sabio y con El Hechizado. Los mejores ejemplos de que la cultura es el mayor virus. La cultura es un hongo: cuanto más se la prohíbe, más se reproduce, es imposible acabar con ella. El lenguaje es la mayor droga. Un virus maravilloso. «Cultura es todo aquello que no se sabe», como quería Tierno Galván.
—Sostiene que los golfos de León comienzan con Ramiro II y que este rey habría sido una fantástica figura del rock… ¿No teme que los historiadores se le tiren a la yugular?
—La historia ha pecado de endogamia: con sólo datos y datos no se entiende nada. Este libro lo he bautizado como historia-punk, un género nuevo, que se basa en tres pilares: el anacronismo como recurso literario, el análisis pormenorizado de los perfiles o ramalazos psicológicos, que es lo que prescribía Marcuse como el ensayo del futuro, y la multitud de referencias, el ensayo-collage. A mí en la facultad me explicaban la Iliada con anuncios de la tele. Algo de eso hay…
—De Sancho I dice que los nobles asturianos y leoneses no podían permitir que les gobernase un hipopótamo…
—La obesidad lleva a tales trances. Mi libro es puro humor. En la tríada clásica, salud, dinero y amor, falta lo principal, que es humor. Humor y tragedia es una mezcla explosiva. Como poetiza Ginés Liébana: «No hay nada mas pesado que quince días de felicidad seguidos». Los reyes son muy infelices… El corsé es lo que les lleva al rictus…
—Bermudo II nada tenía reseñable salvo la gota… y del último rey de León, Alfonso IX, asegura que es el gran follador. Su historia es más divertida que la oficial.
—Eugenio D’Ors decía una coña muy graciosa: «Lo peor del que sufre manía persecutoria es que tiene razón». La historia oficial cuenta muy poco de las persecuciones «reales», y valga la redundancia, de tanto rey falsamente laureado. No hay nada como hacer exposiciones públicas e impúdicas de psicosis múltiples.
—Compara a los Reyes Católicos con Sergio y Estíbaliz…
—Goethe decía que el poeta siempre debe pensar en imágenes. Yo soy un simbolista, pasado por muchas noches de luna llena y calderos atroces de vino malo, donde se cagan los gorriones.
—Sobre Juan Carlos afirma que debería callar y dejar paso…
—El libro maneja una fórmula nueva: «republicanismo juancarlista». El rey nos ha venido de miedo en la propia coyuntura española, conquista de libertades, 23-F, lo que usted quiera, pero hoy la monarquía puede ser una amenaza. Con una república tipo la francesa, no tan mohosa como aquí la primera española, nos iría mucho mejor y estaríamos más seguros.
—¿Es la historia de España tan punk como la pinta?
—Somos goyescos: nos gusta llevarnos a mamporros. Como aquello que decía el mayordomo de los Urquijo cuando los asesinaron: «Los ricos siempre se llevan mal. Lo propio de una familia de postín es llevarse mal. Solo los pobres son afectuosos entre ellos». El punk es una manera de beberse la luna a cucharadas.
—El poeta leonés Leopoldo María Panero le ha apodado el «Kafka español», qué relación mantienen?
—Intermitente, lunar, estrambótica, robótica, alunada y sucintamente metereológica. Entre escritores, al igual que en náutica, ya se sabe, todo depende del consabido e impredecible «régimen de vientos». Es mi maestro, y me ha enseñado que lo importante es escribir. Todo lo demás es barato e importa un bledo. Pasados los treinta hay que dejarse de trámites.
—Gamoneda ha dicho de usted que es un «convincente terrorista». ¿Cómo consigue que hablen tanto de usted?
—Fue antes que le dieran el Cervantes. Le mandé un libro muy desesperado mío, que bebe de los microgramas de Walser, escrito enteramente en servilletas de los bares, y le pedí una frase para colocar en la contraportada. Gamoneda merece el Premio Nobel, es un poeta de laboratorio, y vale ya de tanto poeta de pandereta y ranchera. El poeta de laboratorio es más puro, menos corrupto, más complejo y bohemio. Los poetas tipo García Montero son propios de feria. Poe decía: «El águila vuela sola y los cuervos en bandada».
—¿Su relación con Panero y Gamoneda tiene algo que ver con sus orígenes leoneses?
—Mi padre es de Valencia de Don Juan. Soy mitad leonés y me encanta. Valencia de Don Juan es un islote mágico, telúrico, de fantasía y hechicerías medievales; el tiempo allí acontece como sueño. El Barrio Húmedo de León es mejor que un enamoramiento. Todo León es un poema y no descarto vivir aquí. No hay rivalidad alguna con Asturias, y ambas regiones son hermanas, aunque pocos se hayan enterado.
—¿Se considera un caníbal de la cultura?
—La cultura es la mayor droga. El placer más suculento de todos. El arte, el cine, los libros… son los mejores ejemplos de que la sola vida no basta. Leer es una enfermedad que no se cura con los años. Gil de Biedma tenía una coña preciosa: «Si hubiese leído todo lo que he escrito, sería un genio». Paul Claudel prescribía: «El temor al adjetivo es el comienzo del estilo». Las palabras son insectos, tienen vida propia. Los libros, respiran. Las novelas cambian constantemente, conforme más se las lee. Es la vida del «obseso textual», como decía Umbral. Del alucinado a tiempo completo…
—¿Prefiere provocar antes que nada?
—«La ambición de escribir disimula una renuncia a vivir», escribe Sartre en «Las palabras».
—¿Cómo está el patio literario?
—Digo lo de Umberto Eco, pensar que puede acabarse el libro, es como si mañana queremos poner fin a la rueda o la cucharada, inventos prodigiosos y eternos. El patio literario está lleno de hambrientos, muy jodidos económicamente. Lo cual es muy divertido. Nada como imaginar que estamos en París durante los años 20 o en plena posguerra. Decía Gómez de la Serna: «La literatura consiste en perder el dinero que no se gana con los libros».
—¿Qué se puede esperar de un escritor que pone títulos como ‘Bragas’, ‘Urinarios’ y ‘Una puta albina colgada del brazo de Francisco Umbral’?
—Pues que es un señor que no le tiene miedo a las palabras. Un tipo que piensa que no hay palabras privilegiadas y otras que merecen el destierro; al igual que no existen unas clases mejores que otras. Seguro que alguien así no me va a mentir. Todo es lenguaje, todo es maravilla y como quería Quevedo: «El mayor de los atrevimientos es hijo del mayor de los temores».
—Dicen de usted que es «un total desconocido de las letras españoles, aunque está llamado a no pasar desapercibido».
—Me encanta. Siempre me ha gustado la mirada del espía: ver sin ser visto. Que es también, si usted se fija, la mirada del amante. Se lo dijo Onetti a Vargas Llosa: «Lo tuyo con la literatura son amores matrimoniales, mientras que ella y yo sólo somos amantes». Todo lo reglado, o medido, me produce espanto.
—¿Es cierto que huyó de la Universidad como de la peste?
—Cuando levanté la mano, pregunté una referencia, y el profesor me miró con ojos de batracio a los que el chapapote hubiese teñido de feroz inquina o rencor social. Vaya a saber. El profesor común no lee: da las clases y, por las tardes, se dedican a beber o follar a escondidas. El autodidacta lo vive todo sin secretos, arrebatadamente y en primeras nupcias.
—¿Qué aconseja para estos tiempos de miseria política y cultural?
—Vocación y entusiasmo. Vocación, etimológicamente, es «llamada». Que cada cual encuentre la suya. Entusiasmo, primero, es una manera de estar con uno mismo, para luego estar ya con todos los demás. La valentía es siempre el miedo vencido. Dice Stendhal en «La cartuja de Parma»: «El valor consiste en elegir el menor mal, por horrible que éste sea».
—Realmente, ¿sobrevivir puede ser muy divertido?
—La vida, a los márgenes, es siempre mas intensa. Queremos una ética o estética de máximos, y debería ser de mínimos. ¿Quién no fue feliz siendo estudiante y joven? Todo era maravilla, y no había un duro, y había pasiones que duraban una noche entera, y el vino era tan barato, y los sueños parecían estar siempre encendidos… ¿Cabe mayor gloria? Las cosas nos quitan cosas, no es ningún trabalenguas.
—Aparte de usted y Panero, ¿conoce a otros héroes inútiles?
—Todo eso viene de Baudelaire. Cuando escribe: «El oficio de héroe sigue vacante» y «Nada me ha producido tanto espanto como llegar a ser una persona útil». En la segunda, esta diciendo realmente que no quiere ser un capitalista. Y en la primera, que no nos quiten el oficio de brujo, de niño alucinado con su propio juguete. Somos lo que hacemos, esa debería ser la máxima: no hagas o no te dediques, por tanto, a aquello que no quieres ser. Que te corten la luz o el agua, es lo de menos.
—¿Hay que dejar el pesimismo para tiempos mejores?
—El pesimismo, a veces, es un lujo que no nos podemos permitir. Si todo está muy jodido, hay que ser optimista por narices. De lo contrario, no salimos del hoyo.
—¿A este país le falta sentido del humor?
—A este país le sobra cordura. Rochefoucauld escribe: «El que vive sin locura no está tan cuerdo como cree». Y Chesterton tenía una coña prodigiosa: «El loco lo puede perder todo menos la razón». Loco por escribir, loco por vivir, loco por no arrepentirse, loco por atreverse. Ese debería ser el destino común…
—¿Se considera un artista echado a perder?
—Arte es todo aquello que hace que la vida sea mas importante que el arte. Parece un trabalenguas, pero en cuanto lo comprendes, dejas de ser un puto artesano.
—¿Cómo es posible que haya publicado en más de seis editoriales? ¿Es que no le aguantan?
—Claro que no. Todavía soy un dandy. Luis Artigue decía que necesitaba vacaciones de mí. Soy obsesivo y pesado hasta la médula: aburro a las piedras.
—¿Qué hay tras el espejo?
—Un manojo de violetas. Como en la canción de Cecilia.
—¿Qué reivindica?
—El derecho a contradecirse. El derecho a ser mejores sin ser unos cabrones para con los otros. La pasión por la magia de las palabras y su encantamiento. Somos dicción formular: en el principio, fue el verbo. Cada vez importa más lo que me cuentas, y no ya quién eres o cómo.
—¿Es usted más divertido que sus personajes?
—La gente se ríe conmigo. Y a mi solo me coloca el adagio estoico: «Nadie es sabio, excepto si es feliz».