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El señor de los cuentos

eSTE JUEVES DE SU ONOMÁSTICA SE CUMPLIERON LOS NOVENTA AÑOS DE ANTONIO PEREIRA. EL MAESTRO berciano FUE TEJIENDO SU OBRA EN VERSOS, RELATOS, NOVELAS O APUNTES. divergente

El inolvidable Antonio Pereira, en una imagen de archivo

El inolvidable Antonio Pereira, en una imagen de archivo

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ERNESTO ESCAPA
León

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Cmo consumado seductor, sabía ajustar el ritmo, sus escalas, el tono y los enredos o acomodos de cada historia al aliento del narrador oral. De manera que sus relatos acabaron convirtiéndose en el mejor brote de la escuela tradicional del filandón, donde sobran los excesos y enojan los adornos que estorban el fluir natural de las historias. Aunque murió cumplidamente octogenario, no alcanzó ninguno de los galardones de postín, seguramente porque no gastó en el cortejo. Había despedido el siglo con el Castilla y León de las Letras, que sumaba al Fastenrath de la Academia, al Leopoldo Alas y al Torrente Ballester. Pereira empezó a publicar cumplidos los cuarenta y nos dejó, en cifras cabales y redondas, veinticinco libros de prosa y once de versos. Además de un pletórico legado de bonhomía y un inmenso caudal de afectos.

EL GUSTO DE CONTAR

Después de un primer libro de relatos con más tributos ambientales de los debidos, se tomó nueve años de minucioso laboreo para volver con la deslumbrante madurez de El ingeniero Balboa y otras historias civiles (1976), que contiene uno de los mejores textos de Pereira: ese monólogo teñido de evocaciones y melancolía que recrea un paseo entre Corullón y Villafranca. Luego, libro a libro, alcanzó su condición de clásico, poniendo música de humor y salpicando de picardías sus invenciones. Sus relatos implican siempre al lector, dejando suspendido su cierre, en busca de la alianza de imaginaciones. A lo largo de tres décadas, Antonio Pereira depuró su oficio de narrador con los frutos de siete libros más de relatos y otras tantas antologías, que en este género, como en la poesía, son un remedio muy socorrido para ampliar el círculo de lectores.

A lo largo de tres décadas, Pereira depuró su oficio de narrador con los frutos de siete libros más de relatos y otras tantas antologías, que en este género, como en la poesía, son un remedio muy socorrido para ampliar el círculo de lectores. Cuentos para lectores cómplices (1990), la antología de Austral canonizada por Ricardo Gullón, lo consagró como maestro reconocido del relato breve. Luego, Recuento de invenciones (2004) lo incorporó a la colección de clásicos de Cátedra, en edición modélica de José Carlos González Boixo. Sus últimos cuentos conectan con el universo memorial. Los transitan sus cómplices de aventura literaria, desde los más cercanos a los dioses mayores, paisanos joviales e incluso algún adusto anfitrión palaciego con bigotes. Y se resuelven en episodios de una memoria traviesa, que nos deleita con destellos de gracejo, a la vez que muestra la cartografía de sus afinidades y pasiones más íntimas. Hace unos meses, Todos los cuentos (2012) reunió su obra breve completa.

El caudal de la obra narrativa de Pereira no se limita a la brevedad de los relatos, aunque es cierto que País de los Losadas (1978), la mejor de sus novelas, tiene la trabazón y el ritmo oculto de los cuentos y se alza como referencia de una travesía modélica entre la propia voz, el clamor del noroeste y los tributos ambientales a la experimentación. Antes ya había publicado un par de novelas: Un sitio para Soledad (1969), que anduvo entre las finalistas del Nadal de Cunqueiro, junto a El Giocondo de Umbral, y La costa de los fuegos tardíos (1973). La primera es una narración costumbrista con moraleja final: la muchacha berciana que emigra a Francia y regresa al terruño para emprender una confusa huida con padrino. En cambio, La costa de los fuegos tardíos disfraza con envoltorio novelesco la mercancía de unos cuentos que entonces tenían difícil salida. Tampoco orilló las cavilaciones, de las que nos dejó leves apuntes en Reseñas y confidencias (1985) y en Crónicas de Villafranca (1997), suficientes para acrecentar la sensación de una deuda pendiente: la de sus memorias.

ACORDES DE VECINDAD

Meteoros (2006) reunió y puso en valor la poesía total de Pereira. El volumen añade al fluir de los versos la confidencia esclarecedora de un epílogo ricamente surtido de noticias y reflexiones. En los sesenta Pereira publicó sus tres primeros libros del género: El regreso (1964), Del monte y los caminos (1966) y Cancionero de Sagres (1969). Poesía de los oficios familiares, de las cosas menudas, de los viajes cercanos, de la amistad derramada, de la nostalgia y el entrañamiento. En 1972 vio la luz Dibujo de figura en El Bardo , con un tono crítico imprevisto: «Ya sabía que un muerto no es gran cosa/ en una edad de tapias y cunetas». La depuración expresiva, la cadencia narrativa y coloquial, la renuncia a la rima, parecen conducir al silencio del poeta. Luego reunirá los cuatro libros, con dos series de poemas inéditos, en el volumen antológico Contar y seguir (1972). Ahí aparece Memoria de Jean Moulin , héroe de la resistencia francesa. Sólo catorce años más tarde volverá a hacer acopio de su obra lírica, por el prurito de contar con un volumen en la colección Provincia. Antología de la seda y el hierro adelgaza la selección, que el autor considera revisión depurada de su poesía.

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