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La Cabrera de Ramiro Pinilla

RAMIRO PINILLA HA ACREDITADO UNA TRAYECTORIA INDEPENDIENTE. EN EL CÉNIT DEL REALISMO, HIZO FÁBULAS FAULKNERIANAS, Y LANZÓ UN TESTIMONIO DEMOLEDOR. LA AVENTURA DE ANTONIO BAYO. divergente

El escritor Ramiro Pinilla en una imagen de archivo

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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Aunque parezca mentira, ahora que la literatura leonesa es asunto puntero, hubo un tiempo en que las letras provinciales no gozaban de tan buena salud. Especialmente en el campo narrativo, porque entre Panero, los relevos de Espadaña a Claraboya y Gamoneda mantuvieron siempre alto el estandarte poético. Pongo el retrovisor hacia 1970, que es la fecha en que uno cayó definitivamente en las redes de la lectura y cuando las cosas empezaban a cambiar. Estaba, sí, aquella magnífica novela de Cerulleda, en la montaña del Curueño, que se llama Los bravos, y en la segunda mitad de los sesenta habían irrumpido nuevos narradores, como Antonio Pereira y el joven Torbado. Precisamente en el setenta ganó el Nadal Jesús Fernández Santos con su novela sobre los protestantes de Jiménez de Jamuz, de Laguna de Negrillos y de Toral de los Guzmanes. Fernández Santos y Juan Benet fueron sin duda los pioneros en la conversión de la provincia en escenario novelesco. Este tipo de ajustes de memoria resultan inevitablemente caprichosos y enseguida saltan precedentes en la obra de Espina, de Crémer, de Laforet, de Carnicer o de Fernández Nicolás. Nombres, a veces, perdidos en la bruma del tiempo o situados en la segunda fila de los anaqueles.

UN TESTIMONIO ATROZ

Una de las tradiciones más potentes de nuestra literatura provincial es la viajera, que inició con fortuna y polémica Carnicer por la Cabrera. Luego, Torbado recorrió la Tierra de Campos, Aparicio y Merino siguieron el curso del Esla, Colinas el Órbigo y sus afluentes bañezanos, Aparicio la deriva del Hullero, Luis Mateo Díez regresó a Babia y Llamazares remontó el Curueño. Quedaba el antecedente luminoso de Gil y Carrasco y la deuda siempre pendiente del viaje babiano de Ignacio y Josefina Aldecoa. Una aventura que nunca encontró el remate de su edición. Más o menos este es el mapa de la literatura viajera provincial.

Recién estrenada la democracia, Ramiro Pinilla, un novelista vizcaíno recluido en Getxo que tenía el Nadal y había sido finalista del Planeta de Gironella, visitó la ciudad para presentar los dos volúmenes de Antonio B. El Rojo, ciudadano de tercera (1977). Pinilla es un escritor singular y de reconocimiento tardío, que después de una década de éxito abandonó el circuito editorial para poner en marcha Libropueblo, un sello que vendía los libros en la calle y a precio de coste. Antes había publicado novelas de género con seudónimo y obtenido algunos premios, que le servían para seguir adelante. Después de la decepción del Planeta, en 1972 grabó durante meses la confesión de Antonio Bayo, el paciente cabreirés, que acudió a él animado por el éxito de Papillón. Las grandes editoriales le rechazaron el libro, que consideraban impublicable en España.

EL PACIENTE CABREIRÉS

Por fin, vio la luz en Albia, un sello Bilbaíno de Espasa que se estrenó con El jardín de los frailes de Azaña. Eran 686 páginas repartidas en dos volúmenes de factura maleja que llevaban en portada el reclamo de su mano mutilada. En pocos meses, alcanzó la tercera edición. La muerte del protagonista y la desaparición de la editorial embarrancó el libro durante treinta años, hasta que el éxito de su magna epopeya vasca Verdes valles, colinas rojas (2004) lo recuperó en 2007, ya despojado de algunas de sus veladuras. En la nueva edición, su título es Antonio B. El Ruso, ciudadano de tercera y recupera datos y referencias de su atravesada biografía que en la primera versión aparecían disimuladas. El lugar cabreirés de Las Piedras recobra su nombre de La Baña.

En sus novelas, Ramiro Pinilla es dueño de una escritura muy personal, que cultiva la raíz mítica de su fabulación con un fraseo demorado, que articula racimos de historias vinculadas siempre a la zozobra. Sin embargo, en este relato cabreirés pone su estilo al servicio de la confesión, consiguiendo el que puede considerarse como el testimonio documental más impactante de nuestra literatura contemporánea. Un relato escrito con un estilo invisible, depurado de cualquier adorno decorativo o truculento. Ni peina la realidad ni la alborota.

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Antonio Bayo era conocido en La Baña como el Ruso por el color de su pelo, más zanahoria que trigueño. Allí padeció los guantazos de la extrema pobreza, pasó por unas cuantas prisiones y estuvo tres años recluido en el manicomio provincial, por acusar de incesto a su primera mujer. Al salir el libro, en octubre de 1977, acompañó a Pinilla en la gira promocional y con él vino a León. Para entonces, Antonio Bayo estaba colocado como guarda de una fábrica en el País Vasco. Pero las cosas que contaba alteraron a los alguaciles de nuestra comarca maltratada. Como ocurriera con el viaje de Carnicer, desataron el rencor hacia una víctima que se atrevía a revelar los episodios de brutalidad de aquella España irredenta. Sin concesiones tremendistas, a través de una prosa comedida, que concedía a su alegato la fuerza de un insoportable revulsivo. No quiero mencionar las vejaciones, pero recomiendo la lectura. Su historia nos concierne.