Diario de León

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Las galas del difunto

HOY SE CUMPLE EL ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN (1866-1936), CASADO CON LA ACTRIZ LEONESA JOSEFINA BLANCO TEJERINA (1878-1957). A LOS CINCO AÑOS DE LA BODA, JOSEFINA DEJÓ LA ESCENA, DESPUÉS DE SER CONSIDERADA POR MARÍA GUERRERO COMO «LA GRAN PROMESA DEL TEATRO ESPAÑOL». divergente

Josefina y Valle-Inclán, con su hija mayor

Josefina y Valle-Inclán, con su hija mayor

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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Aunque la relación acabó en divorcio, durante los casi 22 años que Josefina sobrevivió a Valle se convirtió en tutora de sus derechos e impulsora de las ediciones de sus libros. Sólo mostró reparo a la recuperación del teatro, donde había tenido lugar su encuentro y posterior distancia. Se habían conocido en las tablas, actuando en una obra de Benavente, cuando Josefina tenía veinte años. Luego compartieron giras por España y América, antes de casarse a finales de agosto de 1907, en Madrid. Después del retiro, intentó el regreso a la escena, compartiendo con la Xirgu en 1918 una obra de Galdós. Pero aquel ya no era su tiempo. Quedaban lejos los elogios de almanaque publicados diez años antes: «Genial, viva, inteligente, / no hay cual la Blanquito, dos. / Con su arte, modestamente, dio / triunfos a Benavente / y laureles a Galdós».

LUCES DE BOHEMIA

Recluida en Galicia, cuida de sus hijos, mientras Valle viaja a Madrid, recorre Francia y Bélgica como cronista de la Gran Guerra y cruza de nuevo el océano hasta México. En Madrid trajina madrugadas de bullanga y excesos, interviene en la promoción de Anita Delgado ante el maharajá de Kapurthala o se derrite durante meses de «desbocamiento amoroso y marihuano» con la bellísima, atormentada y suicida poeta chilena Teresa Wilms. De aquel deslumbramiento surge La pipa de kif (1919), donde muestra su aspiración a la conquista de un lenguaje total.

El «primer fablistán de España», como lo etiquetó Juan Ramón (por hablar lo que no debía), se estaba convirtiendo en uno de los más grandes escritores del siglo, con una obra de radical modernidad, que rompe el viejo canon de los géneros. Una obra mal entendida por sus contemporáneos, que lo sitúa en el núcleo de la gran literatura europea y universal. No podemos olvidar que incluso un lector tan perspicaz como Salinas, traductor además de Proust, interpretó el esperpento como prueba de que Valle era «una oveja modernista descarriada». Pero ese ajuste de cuentas necesario no es tarea para hoy, así que volvamos a casa. Su mujer era sobrina del poeta leonés Benito Blanco, flor natural en las justas poéticas de 1912, cuyo mantenedor fue Unamuno.

UN SONETO LEONÉs

Cansada de su alejamiento en Galicia, Josefina se traslada a la capital con sus hijos y enseguida se incorpora al Lyceum Club, que agrupa a «las modernas de Madrid». También redobla su labor como secretaria, amanuense y correctora de los textos de su marido. En una entrevista con Margarita Nelken, se muestra muy ufana de lo conseguido por el escritor, hasta entonces, según ella, un figurón de escasa obra. Valle dedica a la ciudad de su mujer el soneto Rosa del caminante , sobrio boceto iluminado por lujosos vitrales: «Álamos fríos en un claro cielo / azul, con timideces de cristal. / Sobre el río, la bruma como un velo, / y las dos torres de la catedral. / Los hombres, secos y reconcentrados; / las mujeres, deshechas de parir. / Rostros oscuros llenos de cuidados, / todas las bocas clásico el decir. / La fuente, seca; en torno, el vocerío; / los odres, a la puerta del mesón, / y las recuas, que bajan hacia el río… / Y las niñas, que acuden al sermón. / ¡Mejillas sonrosadas por el frío, / de Astorga, de Zamora, de León!».

LA VIUDA TENAZ

A raíz del divorcio, en 1932, la pareja reparte los hijos (la pequeña con la madre y los otros tres con el padre; la mayor ya estaba casada) y Josefina extrema las exigencias económicas, así como los arrebatos de despecho hacia quien califica de «tenorio averiado». El juez había fijado una pensión de 2.500 pesetas mensuales, que Valle irá recurriendo sin éxito hasta el fin de sus días. Entretanto, la República los fue agasajando con sucesivas regalías para que no se excedieran en el alboroto. En octubre de 1932, Josefina recibe el nombramiento como profesora de Declamación en el Conservatorio de Madrid, a la vez que un empleo en el Teatro de la Comedia. Por su parte, Valle será primero Conservador General del Patrimonio Artístico y más tarde, director de la Academia de España en Roma. Azaña siempre supo valorar su talento.

Fallecido Valle, el 5 de enero de 1936, Josefina se transforma en una viuda ejemplar, que ejerce sus derechos sobre los hijos dispersos y un control estricto de la obra del escritor. Inmediatamente, corrige y da a la imprenta El trueno dorado , su novela póstuma (que publica el diario Ahora los jueves de marzo y abril de 1936), mientras bloquea el estreno del teatro, que no autorizará nunca. En 1937, el gobierno de la República aprueba una asignación anual de 12.000 pesetas para la doliente del eximio escritor, que gestiona en Barcelona la edición de sus obras. Al acabar la guerra, recoge la casa de Madrid y se traslada a Pontevedra, donde creó la editorial Rúa Nueva para publicar la obra de Valle, a la vez que autorizaba a Sopena, Plaza, Austral o Aguilar la edición de los títulos que iba permitiendo la censura.

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