«Los leoneses somos quejicosos»
l. El historiador Nacho Ares publica en marzo su nueva novela, ‘El sueño de los faraones’. a nacho ares siempre le fascinó howard carter, el descubridor de la tumba de Tutankhamón. Ahora, el historiador leonés se adentra en su nueva novela, ‘El sueño de los faraones’, en un escondite de momias en luxor

El historiador leonés Nacho Ares con un Ushebti en la mano
El historiador leonés Nacho Ares regresa a Egipto en su nueva novela, El sueño de los faraones, que llegará a las librerías en dos meses.
—¿De qué va ‘El sueño de los faraones’?
— El sueño de los faraones es una novela histórica que recoge, al igual que hice con La tumba perdida (Grijalbo, 2012) uno de los momentos más importantes de la historia de la arqueología en Egipto, el hallazgo de un escondite de momias de reyes en Luxor. La historia del tráfico de antigüedades, completamente real, se mezcla con la propia historia faraónica, la dinastía XXI, que, hacia el año 1000 a. de C. supuso un momento de convulsión social y política en el Egipto faraónico.
—¿Por qué fascina tanto la cultura del antiguo Egipto?
—De alguna forma es un viaje a nosotros mismos. La gente que ha visitado Egipto en muchas ocasiones repite ese viaje soñado. Muchas personas se reencuentran a sí mismas o a ese «algo» trascendental que les acompaña en la vida. Egipto no es un montón de piedras rotas. Es un mundo vivo en donde las siluetas, los colores, la orientación de los santuarios... todo tenía y tiene un sentido. Para nosotros dejar flores en un cementerio es un gesto de cortesía, para ellos, que fueron los primeros en hacerlo, era dar vida a los difuntos. Flor en egipcio se decía ankh, la misma palabra que se empleaba para el concepto vida. Hemos heredado infinidad de cosas de su cultura pero no el sentido. Todo eso es lo que nos hace que lo egipcio nos resulte familiar y atractivo.
—¿Cuál es su faraón favorito?
—Si tuviera que elegir uno, sin dudas elegiría a Tutankhamón, aunque más que con un rey me quedo con un período, la época de Amarna en donde se enclava la figura del Faraón Niño. Estamos hablando de mediados del siglo XIV a. de C. El reinado de Akhenatón, la herejía religiosa del disco solar Atón, y la sucesión en el trono con Tutankhamón, el hallazgo de su tumba, el descubrimiento de ese período histórico en el siglo XIX repleto de lagunas es una de las épocas más interesantes.
—Como profesor del Museo Bíblico de León, ¿por qué este museo que alberga grandes tesoros sigue siendo tan desconocido?
—Imagino que la promoción que se hace de él no es suficiente. Es una gran colección para una ciudad como León. Hay piezas que ya quisieran para sí grandes museos del mundo y en León no se valoran. Muchas veces nos molesta que ciudades vecinas «se lleven todo» y luego somos incapaces de promocionar o de valorar nuestros propios tesoros. Parece que los leoneses a veces somos un poco quejicosos. El Instituto cuenta con una buena colección y una mejor biblioteca que nadie usa. Una pena.
—¿León es una tierra de misterios?
—Por supuesto que sí. No hay más que echar un vistazo a lo que hay para rascar la superficie y sorprenderse con lo que podemos encontrar debajo. La historia de los petroglifos, las emparedadas de Astorga, el Valle del Silencio en el Bierzo, son sólo unos pocos ejemplos de los temas que hay y que he sacado en Cuarto Milenio. La mezcla entre tradición, leyenda y realidad tangible cobra fuerza cuando hablamos de León.
—Descubrió el año pasado una imagen de Santiago en la iglesia de Chana, ¿no le parece que aquí hay muchos filones para investigar?
—Desde luego. La figura de Santiago de Chana de Somoza viene a corroborar lo que decía. Me parece increíble que a nadie, hasta que llegué yo, se le ocurriera mirar detrás del retablo. Pero la pintura la descubrí yo como lo pudo haber hecho cualquier otro que hubiera sentido la más mínima inquietud por ir un poco más allá. No sé si es por celo de los parroquianos, ignorancia o dejadez. Recuerdo que cuando mostré a las mujeres del pueblo la imagen de Santiago en la pantalla de la cámara, el primer comentario que hicieron no fue «qué belleza» o «qué sensacional hallazgo», sino que manifestaron su preocupación porque alguien viniera a quitárselo. Y así no vamos a ningún sitio. Hay muchas cosas que se saben y se esconden por celo o rivalidades vecinales.
—¿Prefiere el trabajo de campo o el de la televisión?
—Si puedo compaginar las dos cosas, perfecto. Siempre que llevo a cabo una investigación sólo me mueve el interés de darlo a conocer. No sirve de nada trabajar en algo y luego no publicarlo o fomentarlo. El trabajo de campo es perfectamente compatible con la radio y la televisión. Cuando viajo con Cuarto Milenio llevo la grabadora para entrevistar a muchos protagonistas de temas históricos para mi programa SER Historia.
— ¿Cuál es la clave del éxito de ‘Cuarto Milenio’?
—Es difícil de decir, pero los datos están ahí. Todas las semanas rondamos el millón de espectadores en directo y estamos entre los diez programas más longevos de la historia de la televisión en España. Si rizamos el rizo, somos los quintos en duración sin que haya cambiado el presentador. Son ya nueve temporadas y esto tiene pinta de no acabar. No lo digo con resignación. Al contrario, son infinidad de temas y de historias las que hay que contar y que nos esperan ahí fuera a que vayamos a descubrirlas. El público que nos sigue es muy heterogéneo. Hay muchos jóvenes pero también hay gente de mediana edad y mayores.
—Que un aficionado haya sido el gran descubridor de los petroglifos de la Maragatería, ¿en qué lugar deja a los historiadores, arqueólogos e investigadores?
—Pues en muy mal lugar. El otro día lo comentaba con el propio Juan Carlos Campos. El delito que tiene él es no tener un título. En la actualidad el mundo académico español es deprimente. Los doctorados se consiguen casi sin esfuerzo y todo el mundo es licenciado y experto en algo. Yo estudié en la Universidad de Valladolid y en la de Manchester. Estamos a años luz de ellos. Los descubrimientos de la Maragatería, aún siendo realizados por un aficionado, que por cierto sabe más del tema que cualquier sesudo catedrático, tienen un valor muy grande y la Universidad de León, sea por lo que sea, ni se ha molestado en investigarlo. Y no solamente eso, sino que además no se ha dignado si quiera a darlo a conocer, no sea que un «aficionado» les haga sombra. Me parece indignante. Eso sí, luego se molestarán porque vienen «los de fuera» a llevárselo todo.
—¿Cree en el más allá de los egipcios?
—Me gustan las sorpresas y las emociones fuertes, así que prefiero no saberlo.
—¿En qué se reencarnaría?
—Si tuviera que elegir alguien del pasado no me hubiera importado ser alguna mujer, por conocer el otro lado del ser humano. Y si nos ponemos, pues alguien de alta cuna, hermosa y de vida plácida y asegurada. Prefiero no dar nombres que luego me encasillan...
—¿El gran problema de los historiadores es que no han sido buenos divulgadores?
—No han sido ni lo son. Tampoco me parece justo generalizar. Margarita Torres, de la Universidad de León, es un clarísimo ejemplo de lo que tiene que ser un profesor de Universidad. Un buen docente, buen comunicador y mejor divulgador. No se puede decir lo mismo de quien tiene en la puerta de al lado. La mayoría de los profesores están pegados a su silla y piensan como funcionarios. Su preocupación no es investigar o sacar adelante un proyecto científico para dar a conocer y revertir en la sociedad lo que ésta le está dando, que para eso están ahí. No, al contrario, se ciñen a sus congresos totalmente privativos y exclusivos en donde no sale nada claro, reunión de amiguetes, publicación de actas infumables con lenguaje pedante y repetitivo.
—¿Por qué ha habido tanto expolio del Patrimonio en León?
—Imagino que por la misma razón que en otros sitios. Los expolios en la mayoría de las ocasiones están propiciados por una oferta y una demanda que viene refrendada por la ignorancia de los vecinos. Nosotros vendimos en 1898 la Dama de Elche al Museo del Louvre por 5.000 pesetas y nos quedamos tan anchos. Lo mismo con las pinturas románicas o claustros medievales que podemos ver en EE.UU. Se pagaron y se los llevaron porque nadie los quería aquí. Nadie vino a punta de pistola a robar nada. Otra cosa, como es obvio, es el mercado ilegal o furtivo de arqueología. Pero ese problema no es exclusivo de León, sino que se puede encontrar en muchas otras provincias, y ya no es un problema de conciencia colectiva sino un delito perpetrado por terceros.
—¿Cuál es su monumento leonés favorito?
—Es difícil, pero me decantaría por las pinturas del panteón de los Reyes de San Isidoro. La Catedral es una verdadera joya y es una delicia pasear bajo sus bóvedas, bañarse en la luz de las vidrieras y disfrutar de un momento de recogimiento. Pero las pinturas de San Isidoro son únicas. Un verdadero viaje en el tiempo a una época de la historia de León en donde esta tierra fue la envidia de muchos pueblos.
—Los restos romanos siempre tienen más ‘tirón’ que los medievales o de otras épocas, ¿por qué?
—Creo que hay cierto vínculo afectivo con el mundo romano. No sé si será por las películas, la tradición o las novelas históricas, pero es algo que notamos en los programas de radio. Algunos de los más escuchados son los que tratan de temas de Roma. Sin duda, es una de las etapas más importantes de nuestra historia. Junto a Grecia construyeron en parte lo que hoy somos sobre cimientos de otras culturas más antiguas como la egipcia o la mesopotámica.
—¿Hacer un centro de interpretación en cada pueblo no es absurdo?
—Es un gasto innecesario que ha hecho mucho daño a algunas comarcas. El caso de las Médulas es un claro ejemplo. Todos tienen algo, se contenta a todo el mundo, pero no es práctico; y desde el punto de vista económico, un desastre. Grabando para televisión he encontrado por la geografía de España decenas de centros de interpretación construidos con todo el boato con dinero público y que hoy están cerrados porque no hay personal para mantenerlos. De nada sirve hacer un edificio con ordenadores y medios sofisticados si luego no se puede usar. Entiendo que cada pueblo quiera uno porque es una forma de reivindicar su propia identidad, pero a veces hay que tener mano izquierda. Ahora bien, esos problemas suelen ser de los políticos no de los ciudadanos.
—¿Cuando los museos son gratuitos el público los valora menos?
—En España tenemos una mentalidad un poco mezquina en todo lo relacionado con la cultura. La ley de mecenazgo no invita a que instituciones privadas inviertan en cultura porque no les compensa. Todo lo contrario sucede en Europa o Estados Unidos. El Museo Británico es gratuito, tiene ayudas estatales, donaciones privadas y muchos visitantes dejan una pequeña cantidad de dinero. Aquí estamos acostumbrados a que todo lo pague papá Estado. Es nuestra forma de pensar y será difícil de cambiar. En el lado contrario, recuerdo una vez en el Museo de Burgos que pedí el catálogo de la exposición. La mujer de la puerta me dio una fotocopia. Le insistí en un catálogo. Sorprendida, fue donde había una caja abandonada y sacó un libro. Su respuesta fue: «Tenemos esto, pero es que vale 6 euros». Como si se diera por sentado que todo es gratis en este mundo. Ahora bien, habría que replantearse el concepto museístico de muchos lugares que cobran un ojo de la cara por entrar.
—¿Le interesan más las leyendas egipcias que las leonesas?
—Cada leyenda y cada historia tiene su contexto. Muchas egipcias han llegado hasta nosotros a través del mundo judeocristiano. La separación de las aguas por Moisés en el Éxodo, por ejemplo, está inspirada en un viejo cuento egipcio. León cuenta con una ristra inmensa de leyendas muy interesantes. No en vano salió hace pocos meses un libro que las recopila y ofrece una visión muy amplia de la riqueza del folclore local de la provincia.
—¿De pequeño quería ser Howard Carter?
—Siempre ha sido mi álter ego. Es un personaje que siempre he admirado. Me inicié en el mundo de la egiptología enganchado con trece años a la historia del descubrimiento de la tumba de Tutankhamón por parte de este arqueólogo inglés; un tipo sin carrera universitaria ni estudios. El número uno de su época que lo demostró todo en donde hay que hacerlo, en el trabajo de campo. No como ahora, que los investigadores son de despacho, vídeo de youtube y libro en pdf.
—¿Entiende que los Principia descubiertos en León lleven años ‘abandonados’?
—Esto en otro sitio no pasaba. Lo tenemos ahí, delante de nuestras narices y nadie hace nada. Los políticos se tiran los trastos unos a otros. Sólo mueven un dedo si a cambio se les garantiza un puñado de votos. Recuerdo que en Berlín apareció hace cuatro años algo similar y todo se detuvo para sacar adelante un proyecto de revitalización del conjunto histórico en donde estaba el monumento. Aquí no. Llueve sobre mojado. Luego se perderá y se echará la culpa a un vecino, como se hace siempre.
—¿Escribe sólo de los personajes que le fascinan?
—Tengo que tener un vínculo casi afectivo con ellos. Es cierto que en muchas ocasiones tendemos a idealizar a la gente. Yo mismo creo que lo he hecho con la figura de Howard Carter. Tuvo que ser un hombre de un trato muy difícil. Pocos amigos, menos conocidos... pero a mí me entusiasma y he seguido su rastro allí por donde ha estado. Si no tuviera cierta simpatía con esos personajes me resultaría difícil darles vida.
—Si pudiera excavar en cualquier lugar ¿dónde le gustaría hacerlo?
—Tengo uno pensado que no puedo decir, pero como imagino que la pregunta está más encaminada a un sueño que a un objetivo real, yo creo que el Valle de los Reyes de Luxor, la antigua necrópolis de los faraones de Egipto, es el sitio en donde a todo el mundo le gustaría trabajar. Se mezcla la historia, el misterio, lo desconocido y el ser un enclave casi mágico, verdadera meca de muchos arqueólogos de la historia, como es el caso de mi admirado Carter.