¿Adónde van a morir los pájaros?
tierra violenta Luciano G. Egido Tusquets Editores, Barcelona, 2014. 348 páginas.

Adónde van a morir los pájaros?», se pregunta el narrador en la antepenúltima secuencia de esta novela, crónica de una tragedia humana de ecos bíblicos. Como el diluvio, una lluvia torrencial ahoga la ciudad de Salamanca, escenario habitual de la obra de Luciano G. Egido. Si en La piel del tiempo, una de sus novelas anteriores, «Salamanca había empezado a navegar», ahora será tarea imposible. El agua llega como un castigo, anegando esta tierra violenta, poblada por seres que hacen imposibles las relaciones humanas. Las docenas de personajes que desfilan por la obra, exceptuando a los ciclistas y las monjitas, mantienen un comportamiento agrio, torvo, cargado de odio y de violencia. En la primera parte la violencia es humana mientras que en la segunda forma parte de la naturaleza, con esa lluvia que asfixia a esos seres, haciendo de ellos criaturas indefensas y angustiadas. Todo culmina en una tercera parte más breve, pero más dramática. Salamanca es una ciudad a la deriva, poblada de cadáveres arracimados en torno a las torres o flotando en las aguas. De ahí la angustiosa pregunta del narrador al contemplar «aquella cigüeña, ingrávida y solemne, casi impúdica y desde luego ofensiva…».
Ese es el motivo a es la inquietud del misterio: «¿A dónde van a morir los pájaros»? (p. 340). Todo termina, pero queda un doble resquicio para esperanza, el humano y el natural. «El profesor emérito», refugiado en su casa del Alto del Rollo, lejos «del centro agobiante de la ciudad», parece salvarse con la Biblia en la mano. O acaso se trata sólo de un símbolo. En lo natural la montaña impone su ley: «Sólo Gredos, a lo lejos, imponente y solitario, erguido y desafiante (…) emergía sobre el agua, predestinado y agreste». Acaso como «el primer campamento inaugural de una nueva esperanza».
Es el final de una Salamanca de pecado, descrita con toda precisión en sus espacios urbanos, por los que pululan seres atrabiliarios que le sirven a Luciano G. Egido para hacer toda una toda exhibición de prodigiosa literatura.