edmundo díaz-conde novelista
«El deseo lo es todo»
La obra narra la historia del pirata español Íñigo Santa Cruz y la expedición filibustera más audaz de la historia

El escritor gallego Edmundo Díaz-Conde, autor de ‘El príncipe de los piratas’
Estamos en la segunda mitad del siglo XVII. El fantástico tesoro de la Dama del Mar, en Panamá, atrae la atención de los piratas más famosos. Bajo el mando del legendario Morgan, se forma «la más grande expedición filibustera de la historia», con el fin de conseguir el tesoro. En ella participa el español Íñigo Santa Cruz, respetado y temido por los corsarios ingleses, que lo llaman Lefthand. Podríamos decir que la historia aquí narrada es su historia.
— ¿De qué trata ‘El príncipe de los piratas’?
—En 1670 Íñigo Santa Cruz, abocado a la piratería por la ingratitud de su propio país que no supo recompensar al héroe que fue su padre, está a punto de ser ahorcado. En el último momento, un misterioso personaje lo libera de la cárcel para participar en la expedición filibustera más audaz de la historia, el saqueo de Panamá bajo las órdenes del legendario Morgan; pero Santa Cruz, el único español al que respetan y temen los corsarios ingleses, no en vano lo apodan Lefthand, ha decidido abandonar su azaroso oficio para recuperar a su hija de nueve años. Será su hija, desgraciadamente, a quien Henry Morgan, que necesita a nuestro héroe mucho más de lo que éste se imagina, convertirá en objeto de chantaje para obligarle a participar en la expedición de castigo a España.
—¿Un libro de aventuras?
—Sí, se trata de una novela de aventuras, de una aventura sin concesiones, así que he procurado ser fiel al género inyectando las suficientes dosis de acción, intriga, humanidad y emoción. Sin ellas, una gran aventura se convierte en un gran aburrimiento.
—Según dice, el encanto de una novela, o de una película, es importante. ¿Qué es el encanto?
—Creo que es una magia sutil, una especie de embrujo que desprende la obra, se transmite al público y permite así que asista al espectáculo con un brillo especial en los ojos y una sonrisa en los labios.
—¿Su novela transmite el encanto que se espera de una epopeya de piratas en el Caribe?
—No soy un oráculo, pero puedo y debo desear, como hacen mis piratas. El deseo lo es todo. Y yo deseo que zambullirse en este libro sea para el lector algo así como volver a la juventud, soñar y embriagarse de vigor y esperanza. Deseo que los adultos que se aproximen a él conecten con el niño que llevan dentro, deseo que participen de las aventuras que el niño ama y que las revivan. Deseo, en fin, que rememoren con mi libro las películas y las novelas que en otro tiempo les hicieron viajar por mundos maravillosos.
—¿Qué tiene de histórica la novela?
—El desafío no era otro que integrar naturalmente lo histórico en la ficción. El ataque a Panamá en 1671 y toda la epopeya filibustera, la alianza entre los piratas e Inglaterra contra España, el Tratado de Madrid, vulnerado por Henry Morgan, aprovechando una vacatio legis de ocho meses, la peripecia en las selvas de Panamá, el ataque a la ciudad más rica de América… toda esa marquetería es rigurosamente histórica. Sin embargo, no escribí El príncipe de los piratas para que el lector aprendiese historia, sino para hacerle sentir, con la pasión a flor de piel.
—Las grutas del tesoro y las pruebas que debe sortear el protagonista no parece que tengan raíces históricas…
—Como se dice en la propia novela, cuando Morgan saqueó Campeche en 1661, descubrió que el subsuelo de la ciudad estaba lleno de cuevas y galerías subterráneas. Ahora bien, en el universo de la ficción, Morgan, que conoce la leyenda que persigue a nuestro héroe, cree que Santa Cruz es el elegido para superar las pruebas de las grutas y descubrir el tesoro. Por eso, y no por otra razón, se ha empeñado en que participe en la expedición a Panamá.
—¿Es verosímil un pirata español en el Caribe?
—La pura verdad es que, para bien y para mal, nosotros fuimos los protagonistas del Caribe, no ellos. Es más, el primer pirata del Caribe fue un español, Bernardino de Talavera. El caballero vivió un siglo y medio antes de la época en que se desarrolla la trama de la novela. Al parecer, llegó a América en el segundo viaje de Colón y, como era pertinente, resultó ser un hombre de apetitos voraces que murió ahorcado en la Española allá por 1511.
—¿Y la historia de amor?
—Tan solo nueve de cada diez escritores masculinos le dirán que sus novelas contienen una historia de amor. Y no deja de ser cierto que nueve de cada diez lo intentamos y que, en comparación con ellas, somos tan incompetentes diseñando historias de amor como protagonizándolas. Por eso me toca confesar humildemente esto: me he esforzado en escuchar a las mujeres, en ser testigo de su misterio, de su valor y su fuerza, de su abnegación y generosidad, y también de su sensibilidad a la belleza. Creo que no hay mujer que sobreviva sin una pizca de belleza a su alrededor, como, según parece, no hay hombre que pueda vivir sin una pizca de épica. Algo de todo eso es lo que he intentado poner en Elena Exquemelin, mi disfrazada heroína, que necesita a Santa Cruz y lo desprecia, hasta que el desprecio se convierte en amor.
—En la novela el sentimiento patriótico es importante…
—El amor al hogar, a la tierra propia, recorre las páginas como un leitmotiv; pero quiero subrayar que esa emoción no está al servicio de ningún punto de vista ideológico.
—¿No cree que pone más énfasis en el sentimiento patriótico que en el nacionalista?
—¿Es que hay una diferencia esencial entre ambos sentimientos? El amor a la tierra equivale a sentimiento nacionalista cuando no hay, legalmente, un estado; y es patriótico cuando sí lo hay. Desde el punto de vista narrativo, importa que la tripulación de circunstancias que recluta en Cádiz el capitán Santa Cruz está compuesta por valencianos, catalanes, gallegos, andaluces… Todos son marginales y, por si fuera poco, se llevan fatal entre sí. Tal vez tienen poco en común, o tal vez demasiado. Sea como fuere, el asunto es que han de hacer frente al reto que supone el viaje y la aventura. Todos ellos se verán obligados a sacar lo mejor de sí para luchar. La duda es si serán capaces, o bien cada uno hará la guerra por su cuenta.
—En esta historia, ¿dónde diría que reside la épica?
—Por ejemplo, en el orgullo, en el sentimiento que propicia la tierra que vio nacer y crecer a cada cual, la tierra que acogió a nuestros padres e hijos, nuestra infancia y juventud.
—Ser patriota, en este país, ¿es de izquierdas o de derechas?
—Por favor, no me obligue a dar respuestas simples. ¿No ve que estamos metidos en un bucle? A este país, o a lo que resulte de este país, habrá que tomarle el pulso de aquí a dos o tres generaciones, cuando ningún colectivo se apropie ya de símbolos y emblemas, las heridas de la memoria hayan cicatrizado de modo definitivo y quienes queden en el barco no están tentados de saltar por la borda, sino que traten de hacer causa común.