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La madrina del milagro
MERCEDES SALISACHS (1916-2014) SE DESPIDIÓ HACE UNOS DÍAS COMO DECANA DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS CON MÁS DE TREINTA NOVELAS PUBLICADAS. LOS ÚLTIMOS AÑOS DE ÉXITO NO OCULTAN LA DIFICULTAD DE SUS PRIMEROS PASOS, QUE TROPEZARON CON EL REPROCHE DE LOS SUYOS Y EL DESDÉN DE LOS CRÍTICOS. divergente
La escritora catalana Mercedes Salisachs
Hace medio siglo, en aquellos interminables meses de la infancia, la revista El Santo de los franciscanos repartía por los hogares leoneses el entusiasmo visionario del padre Eusebio García de Pesquera con los éxtasis y apariciones de la Virgen en la aldea santanderina de San Sebastián de Garabandal. Cuarenta años después del fiasco de los dardos amorosos de Limpias, que alentó con su respaldo el obispo, ahora la mitra ya no quería saber nada de estas apariciones junto al Nansa. Y bien que tuvo que aguantar el tirón. Porque además del empuje franciscano y de unos cuantos clérigos propagandistas, Garabandal contó con el fervor de la familia campurriana de los Valle, que llevaban a Arias Navarro como mascarón, de los galleteros Fontaneda, del jerezano Domeq o de los catalanes Samaranch y Salisachs. Aunque Mercedes Salisachs no llegó nunca a dedicar una novela a aquellos fervores, como hiciera Ricardo León con los de Limpias («El amor de los amores»), sí se implicó a tope en su promoción.
ÉXTASIS EN GARABANDAL
En una de las primeras excursiones, compró un pajar que habilitó como residencia de muchas habitaciones y luego fue adquiriendo tierras hasta reunir trece hectáreas en aquel promontorio pindio y quebrado. Pulió casi un millón de la época y se hizo asidua del lugar. Todavía tenía tierna la herida de la muerte (el 31 de octubre de 1958) de su hijo Miguel, mientras su matrimonio acusaba las primeras desavenencias. Miguel Juncadella falleció a los 21 años, en un viaje en coche con colegas del arte hasta Plan d’Orgon, para conocer a Picasso. Ya entonces era un pintor rodeado de inmejorables expectativas. Como nos cuenta Torbado en su reportaje ¡Milagro, milagro! (2000), en aquellos terrenos de Salisachs en Garabandal se plantó la capilla de las apariciones y más arriba, en los Pinos, se colocó una cruz luminosa traída de Portugal.
También donó a las monjas salesas de la Visitación otro terreno para construir un convento. Y recogió en su casa de Barcelona a Loli y a Conchita, dos de las niñas de las visiones. A Conchita le dio trabajo en su tienda de regalos y decoración, pero los hurtos continuados la obligaron al despido. Aquella decepción la llevó a desprenderse de sus posesiones en el pueblo de los milagros. El traspaso a una devota venezolana lo hizo por 35 millones a finales de los noventa. También los Fontaneda habían convertido una dependencia de su fábrica de Aguilar de Campoo en centro de documentación de las apariciones, a cargo del jesuita Ramón María Andreu. Hace medio siglo, los presagios parecían indicar que en aquel escenario serrano podía consolidarse un lugar de peregrinaciones similar a Fátima o Lourdes.
DECEPCIÓN Y APRENDIZAJE
A Mercedes Salisachs, los infortunios familiares le hacían aún más costosa su travesía literaria, iniciada en los cuarenta con muy graves tropiezos. Entonces publicó varias novelas torpes y disparatadas, con elogios a los nazis e improperios al resto de países que pararon su atropello. También su mentalidad de la época resultaba estrafalaria: «lo único que hace vibrar a una mujer es estar loca por un hombre». Aquellos fracasos la obligan a un período de aprendizaje, acudiendo a pulir sus textos con Julia Abril, mujer de un editor barcelonés, y la llevan a publicar su tercera novela bajo el seudónimo de María Ecín: Primera mañana, última mañana (1955). Es la época en que empieza a arrastrar la leyenda de disponer de un ‘negro’ lorquino (Castillo Navarro), que le afina las novelas. Si esta tenía un halo huxleyriano, Carretera intermedia (1956) se sitúa en Niza y adopta técnicas faulknerianas, quizá para toser alto en medio de aquel runrún de descrédito.
Su alrededor, en la alta burguesía catalana, recela de esa vocación de escritora, mientras la crítica se muestra reticente a valorar una obra que de momento avanza a tumbos. Con Una mujer llega al pueblo (1956), obtiene el premio Ciudad de Barcelona y refleja un lugar costero animado por los primeros turistas pero en el que pervive el inmovilismo más recalcitrante. También la estructura de esta novela es más compleja que los relatos realistas de la época. Pero su desarrollo argumental oscila entre el folletín y la moraleja. La chica embarazada que regresa al pueblo en busca de cobijo acaba muriendo en el desamparo. Cogido el brío, todavía factura un libro de relatos y un par de novelas más en los cincuenta.
LA ESCALA DEL ÉXITO
La década siguiente aparece marcada por la muerte del hijo y sus problemas conyugales y se resuelve con tres novelas endebles, que intentan huir de la trivialidad adoptando formatos de novela católica ( Vendimia interrumpida ; El declive ; y La cuesta ), de memoria parcial ( La estación de las hojas amarillas ) o testimonio de conflictos de pareja: La última aventura . Los setenta son la época en que su sobrino Samaranch preside la diputación de Barcelona, patrocinadora de los Premios de la Crítica que se concedían en Sitges, e intenta sin éxito que el jurado consagre alguna de sus novelas: Adagio confidencial (1973), La gangrena (Premio Planeta 1975), Viaje a Sodoma (1977) y La presencia (1979). Una década más tarde, Samaranch preside la Caixa y «compra miles de ejemplares de sus libros para obsequiar a los impositores», según recuerda en sus memorias el editor Rafael Borrás. Con estos alientos, su obra fue creciendo sin respiro, acumulando títulos y cosechando premios: El volumen de la ausencia (Ateneo de Sevilla 1983), El último laberinto (Fernando Lara 2004, de quien había sido madrina). Una trayectoria que repasa en Derribos: crónicas íntimas de un tiempo saldado (1981).