Diario de León

El laberinto de los 30.000 volúmenes

l. La Biblioteca del Instituto Bíblico y Oriental está revisando y catalogando sus sorprendentes fondos. aquí están algunos de los libros más antiguos del mundo: textos firmados por el rey nabucodonosor y por el emperador alejandro, versos sagrados de las primeras ciudades conocidas... son anaqueles que no paran de crecer

Mario Lozano despliega el inmenso ‘Description de L’Egypte’ (1809-1829), único original existente en España

Mario Lozano despliega el inmenso ‘Description de L’Egypte’ (1809-1829), único original existente en España

Publicado por
emilio gancedo
León

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Conocer es estar adornado con el saber exclusivo de Dios», decían los antiguos sumerios. Y en el dintel de una escuela esta otra clarificadora sentencia, también de hace más de 4.500 años, daba la bienvenida a los alumnos: «Ven, hazte plenamente hombre, no te quedes en la puerta». Son frases entresacadas de un espacio en el que el visitante tiene ocasión de presenciar cómo el vellón del mito se va, poco a poco, convirtiendo en la hebra de la historia, donde asistir al milagro de la aparición de la escritura, al big bang de la letra. Es el Museo e Instituto Bíblico y Oriental, un lugar dedicado a estudiar y enseñar las diferentes lenguas y culturas que acabarían por dar origen a la nuestra, un viaje extraordinario a las más antiguas raíces de la civilización judeocristiana. Un centro único en España que, para quien no lo sepa, tiene su sede principal en la capital leonesa, concretamente en el conjunto de la Real Colegiata de San Isidoro. Y una institución cuyo museo y sorprendente biblioteca —pocas pueden comparársele a nivel nacional o europeo— acogen, con mucho, los textos más antiguos depositados en esta tierra. «Yo soy Nabucodonosor, rey de Babilonia, proveedor de los templos de Esagila y Exida, primogénito de Nabopolasar...», es el legendario arranque de una de las tablillas custodiadas en las salas del museo, donde se alinean ejemplares de la primera escritura que conoció el mundo, los trazos y espigas que simbolizaban la capacidad de los graneros mesopotámicos, pasando por cartas babilónicas, cilindros-sello (especie de antiquísimo ‘DNI’), papiros egipcios, fragmentos de la ley hebrea, los primeros balbuceos bíblicos, libros siriacos, coptos y etiópicos, Coranes, Biblias procedentes de la recién inventada imprenta... un vistazo milenario a las vicisitudes de la palabra cotidiana y del verbo sagrado a base de piezas originales y contextualizadas.

En cuanto a la biblioteca del IBO, toda ella está consagrada al conocimiento de las culturas que nos precedieron. El total de libros ronda los 30.000 volúmenes, repartidos entre las sedes de León y la de la Montaña, con base en Cistierna. «Sin embargo, prácticamente cada mes crece en número, por lo que resulta difícil precisar la fecha exacta», explica Mario Lozano, historiador y secretario del Instituto. «La biblioteca se constituyó a partir del fondo inicial de los profesores J. J. A. Van Dijk y A. Finet. El primero de ellos fue un sumerólogo notabilísimo, profesor y editor de un buen número de textos cuneiformes de los museos de Bagdad, Pergamon (Berlín) y de la Universidad de Yale. Fue profesor en Copenhague y en el Pontificio Istituto Biblico de Roma. Finet, por su parte, ocupó la cátedra de Asiriología de la Universidad Libre de Bruselas y editó un buen número de textos de la ciudad de Mari, en Mesopotamia», detalla, y recuerda que en toda España «no existe una biblioteca de orientalismo notable que sea similar a ésta. Quizá en Madrid o en Barcelona podamos encontrar conjuntos algo semejantes, pero ya vinculadas a universidades».

Los más raros ‘inquilinos’

Bajo epígrafes como ‘asiriología’, ‘estudios anatólicos’ o ‘historia de Mesopotamia’ se agolpan en los estantes largas series de libros, diccionarios, revistas especializadas, boletines, láminas, descripciones... Lozano espiga aquí y allá rarezas y singularidades: despliega, por ejemplo, un volumen de enormes proporciones y explica: «Este es un original, el único existente en nuestro país, de la magna obra Déscription de L’Égypt e, que se culminó después de la campaña de Napoleón en Egipto, y que supuso el nacimiento de la egiptología como ciencia —anota—. Pero también contamos con un ejemplar de la célebre Biblia Políglota (en latín, hebreo, griego y siriaco, dialecto del arameo), del año 1572, de Benito Arias Montano, expuesta en el museo. Y eso por no hablar de la colección de textos cuneiformes sumerios y acadios que también se encuentran en el museo, destacando los textos de Uruk, del 3.500 a.C., que están entre los más antiguos de la humanidad».

Cierra Mario el inmenso libro napoleónico, en el que pacientes copistas trazaron, con increíble precisión, cada línea de los más señeros monumentos egipcios y cada jeroglífico de sus cámaras y templos para después ser reproducidos a grabado, y abre otro firmado por Max Mallowan. ¿Quién es este hombre? Lo aclara el experto: «Fue el segundo marido de la escritora Agatha Christie y el primer hombre que excavó la ciudad de Ur».

«Además de la colección de manuscritos clásicos, que van desde el sumerio y el acadio, pasando por el griego y el latín, hasta lenguas como el siriaco, el copto o el ge’ez, prácticamente todas las lenguas del mundo occidental tienen cabida en nuestras estanterías (inglés, francés, alemán, etc.)», aclara Lozano antes de recordar que la biblioteca se encuentra en pleno e intenso proceso de catalogación. «En el futuro se concretará el acceso, pero creemos que, como resulta lógico, se restringirá al alumnado del instituto y a los investigadores». Otras labores que actualmente ocupan a los trabajadores del centro dirigido por Jesús García Recio son la composición de la revista científica del IBO (sumará cerca de 600 páginas) y el proyecto de traslado de los libros de temas egipcios a Cistierna en el afán por impulsar culturalmente aquella zona.

Papiros del IV; libros litúrgicos coptos del VI; códices etiópicos del XVI, con tapas de madera de acacia y cosido a cuerda; un Corán del XIII... valiosos fondos bibliográficos que hacen del IBO un asombroso templo del conocimiento. «Precisamente tenemos una colección de textos cuneiformes procedentes de escuelas de la antigua Mesopotamia, del segundo milenio a.C. —indica Mario Lozamo—. Y es muy curioso ver cómo, para aprender a escribir, seguimos usando los mismos esquemas que los sumerios: ellos también escribían largas listas de árboles o de nombres propios, enfocado a que los niños adquiriesen destreza con el cálamo sobre la arcilla húmeda».

Llegados a este punto no puede uno por menos que hacer notar la enorme abundancia de información más o menos ‘ocultista’, relacionada con los sumerios, existente en Internet y fuera de él, según la cual esta primera civilización humana no tuvo cuna terrestre. «Es verdad que hoy en día vivimos una etapa de incertidumbre en la que el hombre busca respuestas en los lugares más inauditos. Lo bueno de este tema es que denota interés por lo antiguo, pero todo eso del origen extraterrestre de los sumerios se basa en interpretaciones erróneas de los documentos históricos. Es cierto que los ropajes con que aparecen representados algunos dioses pueden parecer un tanto extraños, pero desde luego no hay nada que nos indique que fuesen astronautas venidos de otros mundos».

Durante este año, el Instituto Bíblico y Oriental de León —paralelo al museo homónimo, que se puede visitar de martes a sábado—, ha impartido clases de sumerio, acadio, egipcio jeroglífico, copto, etiópico clásico, hebreo, árabe, griego, latín, armenio, georgiano, persa moderno y clásico, avéstico clásico, sánscrito y védico, pero sus responsables esperan poder anunciar más lenguas para el curso que viene. Y todo para hacer honor a otra sabia cita sumeria: «Una escuela es una casa fundada en los cielos. En ella entran los que vienen con los ojos cerrados... de ella se sale con los ojos abiertos».

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