poesía
Un decir habitable
ser sin sitio Álvaro García Vandalia, Sevilla, 2014. 72 páginas.

U no de los poetas de más denso pensamiento y mayor desnudez de palabra, a la vez que con un sentido rítmico preciso y pautado, es Álvaro García, de quien en 2012 reseñamos Canción en blanco , que forma un ciclo de poemas largos con Caída (2002) y El río del agua (2005). El nuevo libro, Ser sin sitio , es diferente, sin abdicar de la palabra escueta y el aire reflexivo. Formalmente consta de tres silvas y un intermedio de sonetos. ¿Qué es ese Ser sin sitio que propone el título? En su indefinición está acaso su virtud. Es el hombre, sin duda, pero también el tiempo y el no tiempo, la vida y la no vida..., porque el poeta atrae lo positivo y su negación, aproxima lo que contrasta, acerca realidades diversas. Una palabra parece clave por su reiteración: «desajuste», acaso el desajuste de vivir en el tiempo hacia el no tiempo. La poesía de Álvaro García madura, como se ve, en pensamientos de inquisición metafísica; pero a la vez ofrece imágenes muy plásticas: «La leve arboladura de una grúa / que apenas se movía, como moviendo nubes».
Los diecisiete sonetos son precisos y exactos. ¿Cabe la perfección en una forma tan manoseada? Asombra que tras la inmersión de los cásicos en dicha forma, y tras Juan Ramón o Alberti, Lorca o Diego, Morales y Otero, aún se pueda alimentar con nueva savia la vida del soneto. Los de Álvaro García unen de nuevo lo abstracto y lo concreto, esencia y existencia y el «sitio sin lugar», oxímoron que da título al conjunto de los sonetos. Nos hablan del tiempo que une y desune, del amor, acaso sólo sueño y voz sin eco, de «nuestras vidas que no están y están», del «no sitio», otra vez difícil de definir, del amor, porque son sonetos de entrega mental, verbal y pasional a otro ser: «Amar nos reconcilia con la muerte», dice el poeta en sonetos en los que el presente parece desvaírse en un pasado inhabitado, inexistente o en un tiempo intemporal.
Tras los sonetos, una elegía ante la tumba de Jane Bowles, ante el mármol «que le interrumpe el tiempo y nos lo abre». El libro termina con El viaje que, partiendo de una realidad palpable (el tren, la cabina, los viajeros) aboca a sus significados existenciales y metafóricos. Al igual que en el resto del poemario, se van sucediendo contrastes, que oponen lo material a lo mental, el tiempo al no tiempo, «los viajeros que he sido y los que no». Reflexión y plasmación en imágenes es característica de esta poesía, de modo que el ámbito del pensamiento ancla de partida en la materia.