Diario de León

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El último trovador

NINGÚN RELEVO MENSUAL TAN LITERARIO COMO EL PASO DE OCTUBRE A NOVIEMBRE. EL DESASTRE DE LAS CAJAS LO DEJÓ SIN LOS AGUINALDOS NARRATIVOS DEL AHORRO, PERO MANTIENE EL MEMENTO TEATRAL DEL ‘TENORIO’. HACE UN AÑO, JUAN MAYORGA LE DIO UNA VUELTA A LA OBRA DE ZORRILLA, QUE SE SIGUE REPRESENTANDO CON ÉXITO Y NOCTURNIDAD EN LA HUERTA ARZOBISPAL DE ALCALÁ DE HENARES. divergente

José Zorrilla, en el jardínde su casa

José Zorrilla, en el jardínde su casa

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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J osé Zorrilla (1817-1893) nació en Valladolid y murió en Madrid. Representante del romanticismo tardío, medievalizante y legendario, aportó anticipaciones y atisbos de lo que iba a venir en literatura, como le reconocieron Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y los Machado. Según señaló el maestro Santiago de los Mozos, «Zorrilla fue un poeta retrospectivo: sus orientales, sus leyendas, los personajes y ambientes de su teatro, su evocación de Toledo, de Granada, la figura misma de su don Juan, toda la obra, en fin, con las salvedades que se quieran, más que en la exploración de su propia intimidad o en la expresión de sus experiencias más hondas, consiste en la resurrección de un tiempo histórico, el pretérito glorioso que el poeta recrea tal vez como refugio y retiro frente a la inclemencia de su propio siglo».

Su peripecia personal cargó con la pesadumbre de un padre implacable, que había sido jefe de la policía absolutista de Fernando VII. Esa huida lo llevó a un primer matrimonio en 1839 con una viuda que casi le doblaba la edad, de la que se libra viajando a Francia, donde conoce a Dumas padre, a George Sand, a Théophile Gautier y a Alfred de Musset, que dejaron en él una gran huella. También a una dama chilena, de la que se enamoró perdidamente y «por quien debía yo vivir, trabajar y volver de América rico». En 1855 marchó a México, donde permaneció desde 1854 a 1866, protegido por el emperador Maximiliano, que lo nombró director del Teatro Nacional. De regreso a España, en 1866, se casó con la actriz Juana Pacheco, viajó a Roma en 1867 e ingresó en la Real Academia en 1885. Elegido en 1848, había perdido el sillón por no leer en plazo su discurso de ingreso. En 1889 fue coronado como poeta nacional en el alcázar de Granada por el duque de Rivas, en representación de la reina regente.

Tras su revelación en el homenaje fúnebre a Larra, Zorrilla ocupó su puesto en la redacción de El Español, donde publicó la serie titulada Poesías (1837), primera de un conjunto de ocho volúmenes que culminó en 1840, con veintitrés años. Su éxito poético se renovaría en 1852 con un poema descriptivo, Granada, que quedó inacabado. El amplio mercado que logró para sus poemas le llevó a escribir alrededor de doscientos mil versos, cifra que sólo admite parangón con el precedente de Lope de Vega. Semejante profusión le llevó a mezclar versos ramplones con otros memorables. En general, se aprecia el gusto por los pasajes narrativos en su obra poética, cuyo brillo contrasta con la severa pudibundez en la expresión de sus sentimientos. En ese sentido, es el poeta más misterioso de su época. Sólo surge esa carga lírica como veta circunstancial en el relato grandilocuente de una leyenda. Como intérprete de la conciencia histórica de su pueblo, esconde y amortigua el pálpito íntimo de sus sentimientos. Zorrilla apreció las leyendas «como las únicas obras mías que me dan derecho a una modesta pero legítima reputación». Aunque él mismo sabe detectar sus defectos: la superficialidad y la abundancia. Están presentes ya en el segundo libro de sus Poesías iniciales (A buen juez, mejor testigo) y se reparten por los sucesivos libros que tratan de encauzar el caudal de sus versos.

LA MAGIA DEL MISTERIO

Los tres volúmenes de Cantos del trovador (1840-1841) reúnen seis leyendas, entre las que destaca Margarita la tornera. Su interés por los asuntos arábigo españoles fue permanente y sus poesías orientales representan los momentos más felices de la expresión romántica. Por ese flanco incorpora elementos fantásticos, como ocurre en Los encantos de Merlín (1868) y en Los gnomos de la Alhambra (1886). También en Apuntaciones para un sermón sobre los Novísimos, que narra la agonía del alcalde Ronquillo, atribulado por el recuerdo de la ejecución del obispo comunero Acuña. Más convencional es su Leyenda del Cid (1882), que dedica a Burgos o Rincones de Valladolid, donde el flujo memorial discurre con rebuscado prosaísmo.

El teatro de Zorrilla también se resiente de idéntica precipitación en su escritura, aunque en sus obras más populares y menos efímeras los especialistas destacan su innata y esencial teatralidad. Sus personajes apenas ofrecen matices, porque a Zorrilla le interesa más la peripecia que su intimidad, pero de nuevo descuella, con sus virtudes y defectos, el tejido singular de los versos. La combinación de su inventiva colorista y capaz de captar el flanco misterioso de las historias se combina con el destello de unos versos que fluyen ágiles y a menudo deslumbrantes. Sus éxitos mayores se resumen en El zapatero y el rey (1840), El puñal del godo (1843), Don Juan Tenorio (1844) El alcalde Ronquillo o El diablo en Valladolid (1845) y Traidor, inconfeso y mártir (1849).

A raíz del centenario, el novelista Eduardo Mendoza preparó una edición de Recuerdos del tiempo viejo (1880-1883), las memorias de Zorrilla, a las que califica como lo mejor de su género en el diecinueve español y uno de los relatos más fascinantes y modernos de aquel siglo. La edición más reciente y disponible la hizo Espasa en 2012. Este toque de atención sobre su interés como narrador se extendió hacia sus relatos góticos, a menudo disfrazados de artículos, que recoge el volumen La mujer negra y otros cuentos de aparecidos (1999), que nos ofrecen el disfrute y valoración del Zorrilla narrador.

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