poesía

Amontonando sílabas de arena

gregor samsa frente a la ventana Francisco Álvarez Velasco Premio Jaén de Poesía, Hiperión, Madrid, 2015. 70 páginas.

Publicado por
josé enrique martínez
León

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N atural de Cimanes del Tejar y residente en Gijón desde hace bastantes años, Francisco Álvarez Velasco ha ido elaborando una relevante obra lírica, con poemarios como Noche (2005) o Memoria de la sombra (2010). El nuevo título, Gregor Samsa frente a la ventana , evoca al personaje kafkaiano de La metamorfosis. En el poema homónimo, Gregor Samsa, trasunto del poeta, se ve cerrado a la luz y el aire, y pide unas gotas de aceite para las bisagras oxidadas de esa simbólica ventana que deja asomar la claridad del alba. El aceite tiene las connotaciones positivas que expresó Vallejo en la cita que antecede al poemario: «La cólera del pobre / tiene un aceite contra dos vinagres». Se estableced así una corriente intertextual que en el primer poema del libro evoca la canción lírica tradicional: «Para el caballo blanco, / la hierba seca; / para la cabra pinta, / ramas de verde hiedra». Este poema pertenece a un hermoso tríptico dedicado a las manos, manos de ternura, de amor y también de lástima, porque las manos guiadas por el amor de la madre o la abuela no llegan a las «huérfanas manos niñas» que mendigan en cualquier esquina del mundo. El tríptico delata lo que es la poesía de Álvarez Velasco en este libro: emoción, afecto, entrega, en versos de nítida transparencia y de fina sensibilidad lírica que remiten, en parte, a una infancia rural entre los sauces del río Luna y los chopos del Órbigo, una infancia que representó un aprendizaje vital que ahora el poeta trae a la memoria. Rememora, en efecto, las formas de la crueldad y la ternura, las revelaciones que le hicieron descubrir el miedo y la piedad, la belleza y la dulzura. En las pequeñas acciones del niño contempla el adulto las formas de vida y, sobre todo, las de la muerte en la piedra lanzada contra el pájaro o en el ahogamiento de los gatos en el río.

En esta poesía, en la que alienta una suerte de piedad por los que sufren o malviven, hay en ella dos elementos compositivos que quiero destacar: primeramente el aire de canción tradicional o de romance, a veces con dramatismo lorquiano: «En la nave varada / la muerte está llamando / desde la orilla blanca»; en segundo lugar, los elementos intertextuales propios de un insistente lector de poesía. Un solo ejemplo: «la luz en tus cabellos / que el viento mueve y esparce / y desordena, / campesina sin nombre». Es una forma de revitalizar el gran libro de la tradición poética.

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